Entre la cantidad abismal de cosas que escapan a mi comprensión, algunas lo hacen por la profundidad de su materia; otras porque la finitud del tiempo y la corrupción de la materia las sitúan en la frontera de lo que nunca alcanzaré a conocer. Un tercer tipo son aquellas que se presentan delante mío y sufren la afrenta de mi desprecio o la gelidez de mi indiferencia. Estas últimas pergeñan su venganza minuciosamente, y me atacan en momentos de indefensión. Para que se vea más claramente, me referiré a aquella cuestión que parece llevar el estandarte de la cosas ignoradas: el conocimiento tecnológico.
No es que lo rechace, de ninguna manera, sólo que disfruto de sus productos en un estado análogo a la papilla. O sea, procesados, más fáciles de digerir y con la colaboración de un adulto. Nunca aprovecharé todas las utilidades de un celular ni pasaré de las páginas más elementales de un manual de instrucciones. Gente cercana me ha reprochado con acritud esta dejadez 2.1. La cuestión se pone urticante cuando uno de esos conocimientos me vendría bien: cuando quiero mandar un mensajito a más de una persona sin escribirlo cada vez, quiero bajar una canción que me gusta o quiero que los cartelitos de actualización de Windows dejen de perseguirme. Y es ahí, con el rabo entre las patas, que recurro a los hermanos mayores en la tecnología para pedirles que subsanen aquellas cuestiones que se me aparecen como misteriosas.
Una de esas cosas, por ejemplo, tiene que ver con este blog. Desde hace un tiempo, en una de las entradas (siempre en la misma) aparece un comentario de un Anónimo promocionando algo, o vendiendo o quién sabe haciendo qué. Fui y borre como 10 comentarios, pero seguían volviendo. Entonces eché mano a mis conocimientos. No, no de computación, de mi mismo. Me dije que no faltaba mucho para que me dejase de importar. Y así fue. Pero hoy me encuentro con que uno de estos mensajes apareció en otra entrada, como si se tratase de una metástasis
spamica. No sé qué hacer. No sé qué respuesta original darle al comentario. Estoy perdido.

Es por eso que, si en mi indolencia virtual este blog llegase a convertirse en un portal publicitario y yo pereciese entre ofertas de descarga gratis, algo deberá quedar para proteger mi memoria. Por eso puse unas fichas en un lugar seguro, donde gente competente se reune para burlarse de quienes sufrimos por estas cosas. En el día de la fecha he dejado un texto en Men in Blog para que pueda recordarme con una sonrisa mientras disfruta del Ab-abdominazer que adquirió gracias a un portal de compras que supo en algún tiempo remoto ser un blog de humor.
En serio, que lo disfrute con salú.
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ACTUALIZACIÓN
Aunque parezca paradójico, este mismo blog ha sido una muestra constante de mi impericia tecnológica. En el camino, varios son los que me han apuntalado haciéndome notar que podía desactivar la verificación de la palabra, indicándome cómo se ponían la negrita y la itálica en los comentarios y otras tantas cosas. Pero si hay alguien a quién debo mucho en este aspecto es a Mariano, quién no sólo logró cambiar la planilla para que mi blog no tuviese el ancho de la factura de compra del Coto, sino que me ha pemitido cambiar el engendro pixelado en mala hora nacido de un powerpoint que hacía las veces de banner* por esta maravillosa versión surgida de su talento que pueden apreciar arriba. Sólo me queda cambiar el empapelado del fondo y estoy hecho.
Por esa generosidad mayúscula y su criterio estético, vaya mi reconocimiento a Mariano.
* La verdad sea dicha, le guardo cariño por la cuestión artesanal. Es como el cenicero de plastilina o el collar de fideos. O sea, inservible, pero con valor sentimental.