lunes, 23 de febrero de 2009

Para la elaboración de una película argentina


Que quiere que le diga. Es así. No lo voy a cambiar yo. Empecemos por el principio: a la mayoría de la gente le gusta ir al cine. Ahora, cuando se da cuenta que tiene que pagar 1/3 de su sueldo por un entrada, empieza a pensar "¿Una superproducción hollywoodense con un presupuesto mayor que el PBI argentino o una película nacional costumbrista?". Y mucho no lo piensa. Si bien de la boca para afuera todos dicen que hay que apoyar lo nacional, la verdad es que lo único nacional que apoyan es a la selección de fútbol. Y cuando no juega Riquelme. Porque las películas y los electrodomésticos son de afuera. Bah, por ahí los calefones no, de esos hay nacionales. Pero ¿por qué me salta con calefones cuando estamos hablando de cine? No, no me interesa si Riquelme tiene un calefón nacional, no es el tema. Focalicese.


La cuestión es que no hay noción del trabajo detrás de cada una de las películas que tienen actores nacionales. No se sabe nada de los titánicos esfuerzos para lograr convertirlas en una coproducción con algún país europeo como España o Francia que ponga la plata mientras nosotros ponemos los actores. Es por eso que -en un desinteresado esfuerzo reivindicatorio- me filtré en al oficinas del INCAA para encontrar algún testimonio de los citados esfuerzos titánicos para conseguir el sponsoreo de los citados países europeos para lograr realizar las citadas películas argentinas. Pido, eso sí, cierta discreción con los resultados conseguidos, porque donde yo veo un esfuerzo reivindicatorio, el INCAA podría llegar a ver allanamiento ilegal de propiedad y otras pequeñeces del estilo.


El resultado: conseguí el FORMULARIO PARA LA REALIZACIÓN DE UNA PELÍCULA ARGENTINA.


¿Cómo que sólo eso? ¿cómo que solo eso? No sabe hasta que punto este formulario refleja lo más profundo de la idiosincrasia fílmica nacional. Y no sabe hasta que punto la presencia de unos violentos mastines propiedad del cuidador han convertido este hallazgo en lo más profundo que pude encontrar. Y lo único. En fin, a las cosas.


FORMULARIO PARA LA ELABORACIÓN DE UNA PELÍCULA ARGENTINA

Nombre del director:

Nombre del país europeo que coproducirá la película:

1) Marque el género de la película

a. Comedia

b. Drama

c. Otro

Si contestó "a" pase a la pregunta siguiente. Si contestó "b" pase a la pregunta n°5. ¿"C"? No sé nada de una opción "c".

COMEDIA

2) Elija una de las siguientes palabras para el título de la película*:

a. Loco/locuras/más locos del mundo.

b. Enredos.

c. Genial.

3) Seleccione los actores:

a. Guillermo Francella

b. Emilio Disi

c. Gino Renni

d. Vedette de turno

e. Luchador mediático (opcional)

f. Otro**

4) Seleccione el argumento:

a. Gente sin preparación aparente se enfrenta a un malvado y su banda de secuaces mafiosos/ninjas/piratas.

b. Gente con preparación aparente se enfrenta a un malvado y su banda de secuaces mafiosos/ninjas/piratas.

5) Seleccione la mascota que aparecerá en la película:

a. Perro

b. Perro

c. Perro

DRAMA

5) Seleccione los actores:

a. Federico Luppi

b. Héctor Alterio

c. Ricardo Darín

d. Todas las anteriores

e. Otro (en realidad puede ser Norma Aleandro o Darío Grandinetti)

6) La película trata sobre:

a. Una persona en decadencia

b. Una institución en decadencia

c. una pareja en decadencia

d. Una persona en decadencia cuya pareja está en decadencia y trabaja en una institución en decadencia (el protagonista, no su pareja)

* los títulos de comedia van invariablemente en letras rojas.

** Si bien la ley nos obliga a poner esta opción, en la realidad no existe otro. Excepto que quiera resucitar a Tristán (no recomendable)


¿Qué puedo agregar que no haya sido dicho ya? ¿qué duda puede quedar en pie? Si después de ver esto todavía quiere ver Matrix 4 es porque no tiene alma. O porque es norteamericano. O porque es Keanu Reeves. No, deje, si es Keanu Reeves ya entraba en la categoría de norteamericano (o en la de personas que no tienen alma, lo mismo da) La cuestión es que tiene que ir a ver una película argentina. Eso es claro. Y si no le gusta...cómprese un calefón.

martes, 17 de febrero de 2009

No me va a comparar


"Las comparaciones son odiosas". Esa es la frase oficial del Partido. Sin embargo, nuestras acciones y dichos cotidianos erosionan -cuando no niegan- estas palabras. Desde la madre que exalta las virtudes del primo Ernestito ("¿por qué no podés ser más como él?") hasta el exaltado que destaca las virtudes de la madre de Ernestito ("su vieja está mucho mejor que la tuya") pasando por el mismo Ernestito cuando hesita entre dos marcas de cerveza (sí, porque mucho Ernestito, mucho Ernestito, pero si lo vieran...), todo el tiempo estamos comparando. Y no está mal. Después de todo, una medida es siempre un punto...de comparación. "Sos alto". ¿Comparado con quién? ¿con la "altura media"? La altura media es una idea platónica.

Lo bueno de todo esto es que uno siempre puede cambiar el punto de referencia, para transformar una comparación desventajosa en una que nos venga mejor.

Cocina de la familia Fernandez. 12:53 hs.

Madre: - ¿No comés? Pensar que hay gente en África que no come, y vos dejás la comida. (comparación desventajosa)

Hijo: - Y vos pensá en las bacanales romanas, en las que después de comer por el campeonato del mundo iban al vomitorium a largar los chivos. ¿Te da asco? ¿no podés comer? Yo tampoco. (comparación ventajosa)

Comedor de la familia Fernandez. 21:05 hs

Laura: - ¿Seguís comiendo? Estás gordo.

Tito: - ¿Comparado con quién?

Laura: - con los seres humanos (comparación desventajosa)

Tito: - Pero ¿y comparado con un lobo marino de Mar del Plata sobrealimentado por niños que le arrojan hamburguesas de McDonalds como si fuese una bacanal romana? (comparación ventajosa)

Laura: - También (comparación fulminante)

Así, salvo deshonrosas excepciones, siempre habrá un Néstor Fabbri para convencernos que somos habilidosos con la pelota, un Ted Kaczinsky* para mostrarnos nuestra sociabilidad, una Belén Francese para convencernos que merecemos el nobel de literatura o un Toti Ciliberto para reconciliarnos con nuestra belleza exterior. Y esto puede ser interpretado casi como un servicio público, ya que la acción de compararse es inevitable. Yo mismo, antes de publicar esto, me fijé en las últimas entradas de un par de blogs. Las comparaciones son odiosas.

*el Unabomber

lunes, 9 de febrero de 2009

Frases históricas


Se dice que la historia la escriben los vencedores. Cuando escucho esto piens...¿cómo que quienes lo dicen? Lo dicen...por ahí. Que sé yo. Algún griego, un romano. ¿Nunca lo escuchó? No, no es que a mí me lo haya dicho un griego o un romano. Lo dijeron y la gente lo repite. Sí, la gente. No, no se me ocurre nadie en particular ahora. La cuestión es que...¡mi tío Alberto! Mi tío Alberto lo dijo una vez hablando de no me acuerdo qué cosa. No, es de la Paternal. En fin, la cosa es que me parece muy injusto que la historia la escriban los vencedores. Ya que ganaron podrían cuanto menos dictársela a los vencidos. Que el esfuerzo lo haga el otro, que para eso ganaron. Es verdad que los vencidos tienen en general un poquito de resentimiento, por lo que copian de mala gana y con faltas de ortografía a propósito, y es verdad también que a veces los vencidos perdían un brazo en la batalla y con la otra mano no se daban tanta maña (después no se entendía un corno que habían escrito) pero también es verdad que por lo menos serían un buen filtro para que no pase lo que pasa siempre: que los vencedores escriban lo que se les canta.

Muchas frases que han logrado sobreponerse al paso del tiempo están sospechosamente logradas para contextos que a veces no permitían tales formulaciones. Nos propondremos aquí, respaldados en un serio y minucioso estudio histórico, reponer varias frases que los vencedores han cambiado, para que lo que llegue a nosotros sea la verdad, y no los arranques poéticos posteriores de un griego, un romano o de mi tío Alberto de la Paternal.

Tomemos como un primer ejemplo la famosa frase que pronunció Julio Cesar después de ver que su hijo Bruto empuñaba un puñal con el resto de los conjurados. La frase que se le atribuye es "Tu quoque, Brute, fili mei!" ("¿tú también, Bruto, hijo mío?") cuando en realidad la frase fue algo más parecido a "Filius prostitutae!", cuya traducción es incierta. Algunos incluso dicen que lo único que alcanzó a decir fue "Arghhh!", que sería la palabra griega para "yo creía que tenía la vaca atada y resulta que son todos unos traidores merecedores de que se les marchiten las vergüenzas viriles". ¿Sorprendidos? Esto es nada más que la punta del ovillo.

Como segundo caso quiero proponer la frase que se le atribuye a Hegel cuando Napoleón entró en la ciudad de Jena. Dicen que, alelado, el bueno de Jorge Guillermo Federico habría dicho algo así como que era "el espíritu universal a caballo". Algo así. Hegel no contaba con el oído de Johann Franz Rumenigge, quién pudo escuchar claramente la frase original, que parece distar de tan románticas palabras. Rumenigge asegura que la sentencia textual fue "¿qué tendrá el petiso?". Ahora, entre una frase de fanatismo adolescente por un individuo de corta estatura y la inclusión de un personaje histórico en el propio sistema filosófico, no había donde perderse. Jena derecho, dos cuadras.

Winston Churchill era un tipo honesto y trabajador. Vendía embutidos en el Parlamento para poder completar su sueldo de primer ministro. Eran tiempos difíciles para todos. Incluso prominentes ministros regateaban el precio de sus productos como mercaderes callejeros. Así, cuando Lord Munchinson trató de sacarle un producto por 35 chelines, Churchill explotó: "no sabe lo que tuve que chivar* para poder ofrecerle esta morcilla, así que no me llore". Palabras quizás indignas para un alto funcionario en un momento crucial. Resultado: "Sólo puedo ofrecerles sangre, sudor y lágrimas".

Un ejemplo más reciente podemos encontrar en el aclamado discurso de Martin Luther King en el Lincoln Memorial. Al parecer, Luther King había llegado esa mañana a Washington en bus desde Georgia. Antes de empezar el discurso se estaba quedando dormido. Cuando estaba por empezar, le comentó a su asistente "che, tengo un sueño...". Fueron los vítores de la multitud los que lo hicieron percatarse de que el micrófono estaba abierto. Un buen agente de prensa hizo un sueño profético donde había un estado soporífero. ¿No me cree? ¿dice que hay documentos fílmicos? Bueno, sepa que Forrest Gump nunca estuvo con Kennedy. ¡Todo tengo que explicar!

Si con este escrito he logrado introducir una sospecha sobre la historia oficial, habré logrado mi objetivo. Si alimenté su delirio paranoico, me habré pasado un poquito. Y si la más profunda indiferencia se ha apoderado de usted, me remitiré a la palabras del César.

Que lo disfruten con salú (o -como pasará a la historia- "que la ventura se cierna sobre vuestras pujantes humanidades conduciéndoos a un futuro priomisorio pletórico en deleite físico y espiritual")

* Chivar: argentinismo. Transpirar, sudar. Churchill era un tipo de mundo.

martes, 3 de febrero de 2009

Cosas que pasan por la cabeza


Que los hombres y las mujeres son distintos es cosa sabida. Las diferencias físicas son patentes*, y sobre las diferencias psicológicas tenemos abundante testimonio; pero lo que no siempre alcanzamos a ver es que tales diferencias se encarnan en cuestiones que parecerían ser muy semejantes, casi idénticas, a veces sólo diferenciables...por un pelo.

Sí mi agudeza literaria no hizo que lo viera venir, acá va el tema con toda claridad: la ida a la peluquería de los distintos sexos. En sustancia, uno pensaría que el fin que se persigue en ambos casos es el mismo, pero de hecho uno estaría equivocado si así lo pensase. Es más, eso le podría hacer pasar un mal momento a uno. Sobre todo a uno, porque en estos casos una sabe perfectamente lo que quiere. Pero uno no siempre está al tanto ¿por qué habría de estarlo? A uno le parece tan fácil, pero no. ¡Siempre hay que complicarlo! ¡UNO NO PUEDE SABER TODO! Disculpen, a veces se entusiasma uno.

¿De qué hablábamos? ¡Ah, sí! El fin. La mujer va a la peluquería principalmente por motivos estéticos: un casamiento, una fiesta importante, un cumpleaños... Hay ocasiones que exigen el emperifollamiento capilar. El hombre, en general, va más bien por motivos prácticos: la ceguera temporal que puede provocar el exceso de flequillo, los reproches laborales por las recurrentes llegadas tarde ocasionadas por el tiempo tratando de controlar el felino que retosa en nuestras cabezas y otros problemas semejantes acucian al hombre que se acerca a la peluquería.

Esta diferencia en los fines ha provocado, como una suerte de reflejo atávico, que los hombres vayan al peluquero mientras las mujeres visiten al coiffeur. Uno podría intentar un reproche por la diferencia abismal de tarifas por hacer "lo mismo", pero estaría jugando con laca. Una mujer, incluso aquella que no sabía bien que quería hacerse, tiene claro cuando el corte le quedó mal. El estado de enajenación que adquieren justifica con creces las tarifas de un trabajo que es claramente de riesgo. Un huracán de improperios sigue a la constatación empírica de esta desavenencia. Yo he escuchado putear a mi mujer como si tuviese síndrome de tourette por un flequillo que no llegaba a guardarse detrás de la oreja. Mi intento de animarla diciéndole que estaba linda duró el tiempo que tardé en darme cuenta que buscaba un elemento que fuera pesado y filoso a la vez.

De cualquier forma, este escrito pretende mostrar que son los hombres los que pasan por las peores cosas cuando deciden liberarse de excedentes capilares. Y no me vengan con el tema de la depilación. Eso es una elección libre. Si no quieren depilarse búsquense un hombre ciego y friolento y cásense con él. Es el hombre que se corta el pelo quién queda irremediablemente mal por 2 o 3 días. No importa cuan bueno haya sido el corte, los primeros días uno queda necesariamente con cara de nabo. Los profesionales dicen que son días de "acomodamiento". Para el mortal de a pie, son simplemente días de soportar comentarios vejatorios ("¿qué te hiciste?", "¿te cortaste el pelo o te creció la cabeza?", "a tu peluquero le dicen paloma, porque te caga la cabeza", etc...) que se repiten cíclicamente cada 3 meses.

Según entiendo, los peluqueros masculinos se pueden dividir en 3 grupos, cada uno con sus pros y sus contras.

El primero grupo lo forman los peluqueros que daremos en llamar "coherentes": hacen un sólo corte de pelo. Por un tiempo, yo me cortaba en un club cuyo peluquero ostentaba esta constancia en el estilo. Vez tras vez, la similitud del corte era sorprendente. Ahora, ese corte único puede quedarle bien o no. No es problema del peluquero.

Pro: si le queda, se asegura poder repetir el corte durante toda la vida (suya o del peluquero, la que termine primero)
Contra: generalmente no le queda.

El segundo grupo es el de los "incipientes": gente que está empezando en el negocio. Recuerdo cuando -escandalizado porque el corte había subido a $15 en donde me cortaba- dí con las "Academias de peluquería Oly", donde estudiantes bienintencionados cortaban por sólo $3. Recuerdo también la cara de horror del instructor al ver el producto final del esforzado imbécil que me había tocado.

Pro: como están haciendo sus primeras armas, ponen empeño y cobran barato.
Contra: la impericia hace que a veces sean, efectivamente, sus primeras armas.

Por último, encontramos el grupo de los "capos": hombres que llevan años desarrollando su técnica y que por su sillón han pasado más cabezas que en la Revolución Francesa. Eso sí, las indicaciones que uno les pueda dar son tomadas como simples consejos, pequeñas sugerencias desde las cuales armar su desafío.

Pro: saben lo que hacen.
Contra: hacen lo que quieren.

Mi amplia experiencia depositando sobrantes de cabello en pisos de peluquería, me permitió lograr un corte acorde a lo que pido: "A mi mujer no le gusta muy corto". O ha hablado con coiffeurs, o ha escuchado a mi mujer putear, pero los últimos cortes son razonablemente buenos.

*si tiene dudas al respecto, podrá apreciar las diferencias en el educativo video "Colegialas salvajes VI: tontas y exhuberantes" que puede adquirir en el kiosko más cercano.
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