miércoles, 17 de noviembre de 2010

Sobreviviente


Es un lugar común, ampliamente difundido, que hay que enfrentar los miedos. Psicólogos, educadores, consejeros y guionistas de películas de Disney nos lo repiten incesantemente. Solo accederá a una vida mejor cuando haya pasado por el mal trance hasta el punto de dejarlo atrás. Pero uno se siente cómodo de este lado del tunel y se hace el distraído. Incluso cuando se trata de un hecho puntual, lo va relegando mentalmente, como si no dedicarle el pensamiento le quitase toda entidad, todo peso real.

No puedo negarlo: yo lo sabía. Lo supe con bastante anticipación, pero no quise enfrentarlo. El tiempo siguió avanzando (sospecho que -por maldad pura- de hecho lo hacía más rápidamente) hasta que el momento temido se presentó a mi puerta, impiadoso: mi mujer se iba todo el fin de semana y yo me quedaba solo con las dos chicas.

No me malinterprete, amo profundamente a mis hijas. Y es precisamente por eso que temía ese momento. Yo paso tiempo con ellas y colaboro en los menesteres logístico-afectivos, pero justamente eso es lo que me hace valorar que seamos dos. Para que pueda intuir de qué estoy hablando, le pido que recuerde la escena de Rocky II en la que Rocky persigue a la gallina. ¿La tiene? La imagen, no la gallina. Ahora imagine que hay no una sino dos gallinas. Imagine además que esas dos gallinas se bajaron un pack de 6 latas de Red Bull. Por otro lado, no sé si usted lo sabe, pero hay eremitas que duermen 4 horas por día. Ahora imagine al actor Colin Farrell volver de una noche de excesos y descontrol y...no, ese es Colin Flirth. Colin Farrell, el de Swat ¿no? El de DareDevil. El malo. No, no el morocho enorme, el irlandés loco. Sí, sí, mala película. Bueno, imagínese que cuando vuelve de la jarana se entera que solo podrá dormir 4 horas. Imaginemos, por último, que Colin Farrell es narcoléptico. Pues bien, así pintaba el fin de semana: como un actor hollywoodense mal dormido vestido de monje eremita persiguiendo 2 gallinas alteradas por una bebida energizante. Dígame si no hubiese tenido miedo.

Largar el sábado a las 7 de la mañana no fue prometedor, pero si Rocky llegó a hacer 4 películas más, yo llegaría al domingo. Durante un día completo fui a la vez la ley y el consuelo al infractor; fui chef y mozo; animador y guía televisiva; asistente de vestuario y recolector de residuos; médico y mago amateur. Como sólo una de las pequeñas (la que amaneció a las 7 am) duerme siesta, la noche encontró una versión bastante desmejorada de Pablo Benegas. Los pormenores poco importan aquí. Ellas habían sobrevivido comiendo 4 comidas y yo también.


Lo bueno es que desde el principio existía un horizonte. Como eramos varios amigos que nos encontrábamos en una situación análoga, uno había realizado un análisis lúcido y realista: "El sábado vamos a aguantar, pero el domingo puede llegar a ser terrible". El plan era claro: nos íbamos a juntar todos a comer un asado en una casa con jardín y pileta donde los niños pudiesen correr (lamentablemente la pileta estaba llena así que tuvimos que dejarlos correr por el jardín nomás). Combinando cierta autogestión con una mayor oferta, las últimas horas serían una papa. La hora pactada para el reencuentro con nuestra mujeres era clara: 17:30 hs. así que, hasta entonces, seguíamos por las nuestras.

Señores, lo que vi en ese encuentro todavía no ha abandonado mi alma: ánimos vencidos, convicciones horadadas, fuerzas vitales extintas; vi muecas que fusionaban asombro y pavor con un secreto reconocimiento y escuché a varones insultar contra la linealidad del tiempo; ojos inexpresivos de shock traumático se entrelazaban con ojos vidriosos de llanto contenido. Una generación pletórica de energía proclamaba su victoria contra un grupo de ex-jóvenes.

Pero como lo saben quienes juegan el futbol, cuando no da el físico hay que recurrir al oficio. "Oficio" puede querer decir dos cosas: que uno sabe donde pararse para regular y así optimizar la capacidad física o, también, entrar a dar murras a diestra y siniestra amparado en la mayor afinidad generacional con el árbitro.

Empezamos por lo primero. Advertidos de la compulsión a la repetición de los infantes, se trataba de encontrar una actividad congregante. Uno ensayó un juego de caza de aves con un palo y una canasta. Duró hasta que el bloque infantil se dividió entre los que proponían una espera estratégica para que los pájaros se acercasen a la trampa y los que preferían un ataque frontal a los gritos. El intento de congregarlos bajo "la Era del Hielo 3" sólo consiguió aumentar el fastidio de los padres que no habían visto "la Era del Hielo 3" y que no conseguían hacerlo merced del desbande generalizado. "¡Murra!" gritaba la tribuna. "¡Y pegue, y pegue, y pegue Pablo pegue!". Pero no conseguíamos alcanzarlos.

A las 17:29 hs, exhaustos y superados numéricamente, nos apersonamos en el lugar para encontramos con las profesionales de la materia: las madres. Alivio y alegría.

No me importa lo que digan: que no es para tanto, que los roles son meras contrucciones culturales perfectamente intercambiables, que soy un inútil y estoy rodeado de inútiles, pero mi conclusión es que madre hay una sola.


Sólo espero que no encuentre la llave de la puerta de salida que escondí.


jueves, 4 de noviembre de 2010

Fumar puede ser perjudicial para el ego


Nunca fumé. No quiero decir que nunca haya pitado un cigarrillo, sino que -si alguna vez terminé uno- nunca adquirí el hábito. Desde el principio no me gustó. Gustativamente, por así decirlo, no me gustó. No me gustó el olor que dejaba en la ropa; tampoco el que impregna en los lugares donde está (que suele ser muuuy similar); no me gustó el resabio que deja en la boca ni el color amarillento mortecino con que tiñe los dedos. ¿Cómo decirlo? No me gustó un carajo.


"Es un gusto adquirido" me dijeron alguna vez, dándome a entender que, si me esforzaba un poquito, algo que desde el principio sabía que me hacía mal podía llegar a gustarme. Y yo, en mi condición de niño asmático con intenciones de futbolear libremente, sabía que me hacía mal. Decliné el generoso ofrecimiento.


Podrá parecerle extraño, pero este artículo en realidad quiere realizar un elogio del fumar. No porque desee hacerlo, sino porque mi condición de no fumador me ha patentizado, varias veces, las grandes ventajas que trae en distintos terrenos.


En primer lugar, quizás tributando al ochentoso Don Johnson de Marlboro, el cigarrillo apareja un halo de profundidad; conlleva una cierta mística. Recuerdo estar a orillas de un lago en el cerro Frei contemplando la luna más grande que haya visto en mi vida. 8 personas contemplábamos extasiados el imponente paisaje. 7 de ellos con un cigarrillo en la mano... y yo. "¡Qué buen momento para fumarse un pucho!" comentaban entre sí los miembros de la secta. Su momento parecía, por razones que desconozco, más místico que el mío. Lo mismo se replicaba al terminar de comer, al salir a tomar algo, al compartir un café...



Quizás sea fruto de la influencia de la publicidad o de las películas, como dice el personaje de Aaron Eckhart en "Thank you for smoking", pero por lo pronto parece ser que la ceremonia de clausura de un acto sexual satisfactorio implica un cigarrillo. ¿Qué dice de nuestro desempeño leer una revista, prender la televisión o hacer palabras cruzadas? Además, las diferencias se marcan mucho más en el terreno social.


Si en una fiesta y/o reunión social usted queda sólo, la diferencia entre ser un fumador y no serlo pasa a ser dramática. Alguien que fuma parece -mientras inspira con los ojos entrecerrados- estar pensando en algo importante; abstraído por un instante del bullicio para trascender hacia planteos metafísicos. Por otro lado, si simplemente está ahí sólo, parecerá que usted se coló. Quién vive esa situación no sabe qué diablos hacer con las manos: si las pone en los bolsillos parecerá que está esperando a que lo busque su madre; si cruza los brazos parecerá que está esperando porque vino a buscar a su hija... Y, desde ya, no se le ocurra entrecerrar los ojos, porque más que abstraído en elucubraciones metafísicas parecerá que está tratando de leer la cuarta línea en el oftalmólogo.


La diferencia, esa inconmovible línea divisoria, parece situarse entre estar realizando una actividad y no hacerlo. Piénselo bien: cuando alguien deja la oficina para charlar en otro lado bajo la égida del cilindro tubular vicioso, la explicación de su ausencia es suficiente: "salió a fumar". No son igualmente aceptados "salió a hacer palabras cruzadas", "salió a echarse en el pasto", "salió a dormir 15 minutos" ni "salió a leer blogs". Entiendo que uno no "sale" a leer blogs sino que las más de las veces "se queda" para eso, pero el punto es que el corte no está igualmente justificado. Los fumadores son mártires perseguidos mientras los demás son ladrones del tiempo organizacional. Y después se sienten discriminados.


Recuerdo cuando entré a trabajar en una oficina. Dentro de un piso de 50 a 60 personas, uno se las arregla para ir conociendo a la gente. Un saludo tímido; un reconocimiento mutuo de rostro; un código interno por más pedorro que sea ("nos volvemos a encontrar en el ascensor"; "¿así que también comés en la panchería de la esquina?"; "nos volvemos a encontrar almorzando panchos en el ascensor") hacen que de a poco uno logre aproximarse a una conversación sobre fútbol, desde donde puede proyectarse hacia otros tópicos. Luego se accede al radiopasillo, los after office y ese tipo de cosas. Digo, de cosas. Ahora bien, un amigo, que había entrado unos dos meses después que yo, a las pocas semanas ya dominaba la inside information de la empresa, y se abrazaba con todos por los pasillos. "¿Cómo hiciste? ¿cómo sabés esas cosas?". "Es que con esos pibes nos juntamos a fumar en la kitchenette".


¡La kitchenette! ¡hijo de mil putas! ¿cómo poder acceder a ese recinto? Uno no puede servirse agua durante 15 minutos. Hay que justificar la permanencia en la kitchenette, por lo menos hasta lograr una confianza mínima. Y eso era el cigarrillo: un pasaporte; una tarjeta de invitación a una conversación informal; una credencial; una membresía para el club de la kitchenette.


Pero quizás lo que más me molesta; aquello que no termino de comprender por más que le doy vueltas y vueltas sea lo siguiente: ¿dónde está mi plata?
Un fumador promedio fuma, pongámosle, unos 7 u 8 cigarrillos por día. O sea que un atado le dura -redondeando- unos 3 días. En un mes tipo estaríamos hablando de unos 10 atados. A $5 cada uno son $50 mensuales en cigarrillos. hablamos de $600 anuales solamente en el vicio. Y he sido generosos en mis estimaciones (que en este caso quiere decir que he sido tacaño) O sea que una persona de mi edad ha gastado, si comenzó haciéndose el pistola a los 15, alrededor de $9000. Pues bien, ¿donde están mis $9000? ¿por qué los fumadores de ingresos similares tienen una economía similar? ¿quién se ha llevado mis $9000?


Mi conclusión es que los socialmente indefensos; los vitalmente postrados; los parias no son los fumadores sino que lo somos los no fumadores. Todo nos cuesta más; todo parece menos espontáneo; todo es un poco menos cool.



Creo que ya me he extendido lo suficiente. Le doy gracias por haberse fumado este artículo. Lo único que me interesa remarcar es que fumar puede ser perjudicial para el ego... de los no fumadores.


Que lo disfruten con un faso.



martes, 2 de noviembre de 2010

Historias mínimas VI


Como se habrá dado cuenta, últimamente mi participación virtual ha descendido. Porque se dio cuenta ¿no? Diga la verdad, algo olfateaba. ¿No se sintió raro en los días más recientes? ¿y en los anteriores? ¿tampoco? Que se yo, la sensación de que se había olvidado algo o de que algo no estaba en su lugar. A veces se puede somatizar, quizás un poquito de acidez... ¿no estornudó en la últimas dos semanas? ¿Ve? ¡Ahí está! Es porque inconcientemente se dio cuenta del descenso de mi actividad bloggeril. Y tal cosa se debió a la vorágine que nos fragmenta y despedaza hasta que sólo quedan retazos separados de vida que uno va uniendo como puede.

Pues desde el fondo de esa nostalgia por la unidad perdida, desde esa caterva de momentos inconexos, emerge orgullosamente lo único que puede surgir: una nueva entrega de las historias mínimas.


Señales inequívocas de que el mundo se está yendo a la mierda:

- Jason Priestly actúa de duro.

- Leonel Messi es modelo de Dolce & Gabanna.

- Noel Gallagher quiere cantar con Carlos Tevez.

- Según la Revista Esquire, Cristina Fernandez es una de las 195 mujeres más bellas y sexies.

- Que me guste una canción de Lady Gaga.
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Realmente pensé que no viviría para verlo. Y, sin embargo, pasó. Y sentí que en ese sencillo hecho no reposaba sólo una satisfacción individual sino también la de todos aquellos que pasan por lo mismo; aquellos cuyas vidas basculan entre la inteligencia de un plan y la humillación de nunca verlo concretado; entre el anhelo y el escarnio; entre la pureza de los deseos y el dolor de la realidad esquiva. Quizás haya quienes mirarán el hecho y pasarán de lado sin advertirlo, pero yo puedo dimensionar sus cósmicas consecuencias.

El otro día vi un capítulo en el que al final Tom le ganaba a Jerry.

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Grandes errores de la historia de la humanidad:

- Chequear con la otra mano que la luz que da calor efectivamente quema.

- Invadir Rusia en invierno.

- Ir demasiado rápido en una zona donde hay icebergs.

- Aliñar la ensalada con aceto balsámico teniendo puesto un buzo color crema.

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- Che, hoy me enteré que Robert en realidad no nació en Estados Unidos como pensábamos sino en Tokio, cuando su viejo estaba de embajador.


- ¡No te puedo creer que Bob es ponja!
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Cosas que nos han enseñado los cuentos de hadas:

- Que una persona puede entrar en una propiedad privada, robar en reiteradas ocasiones, provocar la muerte del dueño de casa y ser el bueno de la historia (Jack y la habichuelas mágicas)

- Que está bien abalanzarse sobre una mujer que está inconciente (Blancanieves)

- Que el amor de nuestra vida es cualquiera que calce 36 (La Cenicienta)

- Que, si la facha no ayuda, puede encerrarse a alguien hasta lograr conquistarlo (La Bella y la Bestia)

- Que no importa si uno hace las cosas a medias, lo importante es estar contactado con alguien que las haga bien y sacar provecho de ello (Los 3 chanchitos)

- Que mejor que hacerle mal a una persona es engañarlo antes de hacerle ese mismo mal (Caperucita Roja)


Que las disfruten con salú.

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