lunes, 16 de abril de 2012

Número 2 Parte 1



No son tiempos fáciles. Nunca lo son. Siempre las cosas fueron más reposadas en el pasado. Ya los hombres de las cavernas se quejaban, añorando los tiempos sencillos en que no debían estresarse chocando rocas para conseguir fuego. Al parecer, los seres humanos intentamos evolucionar tanto como para tener la plácida vida de un organismo unicelular. No, no 'un celular', 'unicelular'. No, no. Le digo que Motorola no tiene nada que ver. No sé qué ha entendido. No dije 'Nokia', dije 'no sé qué'. No, que yo si sé qué dije, lo que digo es que dije 'no sé que'. ¿Qué? Deje. Sí, el celular deje.



Decía, estos son nuestros tiempos. Y una de las cosas que debemos aceptar de nuestros tiempos es que no son reposados. Nunca lo son. ¿Como? ¿ya lo dije? Disculpen, es la vorágine. Lo que se desprende de lo planteado es que nuestro estilo de vida es el menos reposado de los que se han conocido hasta ahora, y esto se muestra en que ya no resistimos los tiempos vacíos. Ya sea mientras viajamos al trabajo o cuando llegamos a nuestra casa y no hay nadie, experimentamos la necesidad de llenar esos minutos con alguna actividad: leer un libro, ponernos los auriculares para escuchar música o ver el diario en la Blackberry por ejemp...sí, sí, no dudo de que su Nokia también puede hacer eso. ¿Le pagan comisión a usted? La cuestión es que no hay momento alguno en que quedemos solos con nuestros pensamientos. Había uno, sagrado e intocable, pero cuya frontera ya ha sido cruzada por este irrespetuoso presente: el momento de ir al baño.



No, no se ría, que estamos hablando de cosas serias. Ir al baño suponía un momento a la vez de contemplación y de concentración; de esfuerzo y de relajo; de intimidad y -lamentablemente para el resto- de irradiación. Y si tal límite ha sido cruzado, lo menos que podemos hacer el dar una guía para moverse en este territorio inexplorado.



Imagine que usted está en uno de esos baños antiguos de techos altos y en los que el inodoro está a una distancia sideral de la puerta, puerta que en su esplendor supo tener llave pero que carece de ella desde 1963. Allí, en el medio de la Pampa sanitaria, usted se debate entre dos posibilidades de ampliar su experiencia estético-gástrica: un mp4 o el diario de ayer.



Detengámonos aquí por un minuto.



Opta usted por los auriculares. Se sumerge en un mundo de rítmicos sonidos que lo circunda y envuelve. Tocan la puerta. "¿Hay alguien ahí?" El único sonido que podría percibirse suavemente es la de un confuso golpeteo de su pie contra el suelo. Tocan la puerta nuevamente. Mientras se abre la puerta se escucha "¿No hay nad...?". Allí, majestuoso, cual pensador de Rodin contemporáneo, en toda su desnudez (o por lo menos en una desnudez particular) usted tararea "I saw the sign, and it opened up my eyes I saw the sign no one's gonna drag you up...".



Ha cometido la terrible y temible equivocación de aislarse demasiado. Ahora existe una persona en el mundo a la que no podrá volver a mirar a los ojos porque lo ha visto en la más humillante de todas las situaciones: tarareando Ace of Base.



Si en cambio hubiese optado por el diario, no sólo hubiese visto que no le había dedicado suficiente tiempo en la primera lectura, sino que ante la eventual invasión, se hubiese podido parapetar detrás de algo.



Ahora, en principio no cualquier lectura es apta para el toilette. Y esto por diversos motivos. Por ejemplo, no sé qué dirá la gente de los yogures al respecto, pero debe ser una lectura liviana. No tanto porque uno asume que la lectura de la Divina Comedia merece un mejor marco que una analogía chusca, sino sobre todo porque hay gente que, aunque haya terminado de hacer lo que fue a hacer, no se levanta hasta haber terminado de leer lo que llevó. Todos recuerdan aquél trístemente célebre episodio del joven que se enganchó con El Señor de los Anillos es el único baño de la familia. Familia que, lejos de ver la ironía del libro elegido en tal situación, intentó sacarlo con pedidos gentiles (capítulo 3), protestas airadas (capítulo 7), órdenes tajantes (capítulo 11), llantos desesperados (capítulo 23) e incluso arrojando gas dentro del baño. Como ven, las ironías se sucedían una tras otra. Sólo lograron sacarlo cuando a uno de los hermanos se le ocurrió gritar que a Gandalf lo mataban unos neonazis y Frodo se iba a vivir a Ibiza. El ingenuo se lo creyó.



Todos saben que eso es lo que pasa en Harry Potter.



Pero decía que hay otros motivos. Si uno se encuentra en el baño del trabajo, no sólo tiene que llevar algo liviano sino también descartable. ¿Por qué? Una vez preparaba un examen contra reloj y me llevé un paper al baño. Al salir del cubículo inodoril me encuentro con mi jefe lavándose las manos. No puedo disimular mi procedencia ni la posesión de un documento por el que, si alguna vez tuvo curiosidad, la ha perdido ahora (remitirse al tema de la procedencia) por lo que supondrá que es una pavada que me aleja de mis tareas habituales.



Por último, está el tema de los jueguitos en el celular. Yo creo que son una buena salida si se sabe manejarlos. De lo contrario, podría ser fatal. Es decir, un Sudoku puede ser una buena inversión de tiempo, pero empezar a exasperarse con el Angry Birds y que los ocasionales transeúntes escuchen desde el baño como usted maldice a "este pájaro que no emboca una" puede llevar a confusiones por demás embarazosas.



Bien. Espero que me haya podido acompañar por los meandrosos caminos de este tema sin desbarrancar. Ahora lo dejo porque tengo otra reunión. ¿De casualidad no vio donde quedó la revista del diario del domingo?



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