martes, 18 de agosto de 2009

Al séptimo, gracias



No somos ángeles. Nuestras relaciones, aún en lo que tienen de más espiritual, están traspasadas por nuestra corporeidad: es la expulsión repentina de aire en forma de bufido la que nos da a entender que no debemos seguir preguntando; es el arqueo de la boca en forma ascendente la que nos muestra que nuestro comentario fue oportuno; es en la yuxtaposición de la mano con la baja espalda de una mujer como comunicamos a otra persona que nos atrae físicamente; es en una nueva expulsión de aire (esta vez en forma de grito agudo) como nos dice que no es mutuo; físico y tangible es el puño cerrado del mastodonte que impacta contra nuestro no menos físico tabique nasal informándonos que además esa otra persona estaba de novia con el hooker de Los Matreros. Nuestra comodidad o incomodidad frente a una conversación se deja ver en diferentes temperaturas, colores y -en algunos casos lamentables- olores; se refleja en la tensión de músculos faciales; en los movimientos iterantes de dedos, manos e incluso brazos; se trasluce en posiciones corporales y toda otra gama de cosas que dificilmente sean atribuibles a un espíritu incorpóreo.

Como si esto fuera poco, tenemos enfrente a una persona portadora de su propio arsenal de reacciones. Y entre los dos entendemos (o no, lo que es peor) una serie de supuestos como que comunicamos también cuando no hacemos contacto visual y que estar a 15 centímetros afecta nuestra atención (los famosos close talkers) casi tanto como ese pedazo de espinaca que sobresale nítidamente de entre los dientes. Llegado este punto, uno se pregunta si no se necesita una maestría en proxemia para charlar, o si directamente no es en vano emprender cualquier intentona de comunicar algo con claridad a otro ser vivo y lo mejor y más sensato es refugiarse en un pausado y continuo soliloquio interior en la cómoda habitación de un hospital psiquiátrico.

Pero no. Resulta que el señorito quiere vivir en sociedad y -todavía más- hablar con los que lo rodean. Bueno, hágalo. Vaya al almacén y exclame que es una barbaridad lo que está el pan, tómese un taxi y trate de meter bocado, júntese con sus amigos y critique las incorporaciones de este año de los clubes de primera división (sobre todo teniendo en cuenta que el pan está a una barbaridad) Pero no diga que yo no lo advertí. Es más, sepa que todavía no lo terminé de advertir. Y le recomiendo que se prepare porque después no va a querer ni ir al almacén.

En el conjunto de los encuentros que uno puede tener con otros homo sapiens, nada desnaturaliza más el intercambio que el transporte vertical de pasajeros que los hombres han dado llamar "ascensor". Imagine que lo encierran con un desconocido en una letrina por 20 o 30 segundos. Los dos saben que no es tiempo suficiente para generar una conversación real sobre nada. Pero saben también que es un tiempo infinito para, simplemente, quedarse callados. Muy bien, ahora quite el inodoro. Ya ni siquiera puede sacar el tema de qué corno están haciendo los dos en una letrina. Ese infierno es el ascensor. Si creyó que evitar la escalera era una comodidad, sepa que ese beneficio se esfuma cuando alguien más comparte el trayecto. La sonrisa protocolar de entrada da lugar a un primer paso mentiroso, que parece augurar un viaje tranquilo: "¿A qué piso va?". Y después... el vacío. El más espectacular y vertiginosos de los vacíos. Le advierto, si la respuesta va más allá de 4 pisos, bájese de ese ascensor inmediatamente. Lo que viene después no es para nada agradable.

La cercanía pesa. Se echa mano a temas inverosímiles ("Qué calor ¿no?", "El tráfico está terrible. Claro, con los piquetes...", "Que loco esto de los ascensores. Cerrás la puerta, la volvés a abrir y estás en otro lado", "¿Por qué casi todos los ascensores tendrán espejos? ¿para levantar el autoestima? Ja, ja, j...deje"*) Se tose para evitar asumir que no se tiene nada que decir. Se agarra la manija 4 pisos antes de llegar. Una tortura.

Por supuesto, yo -miccionado por los canes destinales**- estoy a la vanguardia en experiencias desoladoras de incomodidad ascensoril. Recuerdo que hace algunos años bajaba yo del piso 29 del edificio de mi amigo Christián en su lento y diminuto ascensor. Era un caluroso día de verano y yo llevaba una caja que ya había ocupado la mitad del ascensor (siendo tan sólo una caja de resma de hojas) En el piso 24 el ascensor se paró. ¿Me había quedado encerrado? Ojalá. Una chica sube al reducto infernal dejándonos en una cercanía que implicaba una intimidad no solicitada. Llegado este punto, me veo en la obligación de recordarle al lector que esto es la vida real y no una propaganda de Axe o Gancia, así que no se haga la imagen de Megan Fox o de su vecina ninfómana en el habitáculo, sino más bien de Vicente Fox o la de su vecino el motoquero.

A la altura del piso 20 quise hacer un comentario, pero me arrepentí y todo lo que salió fue un vergonzoso sonido agudo.

A la altura del piso 17 traté de ir un poco más para atrás. En el ya inestable equilibrio del momento, casi me voy de espaldas sobre la caja.

A la altura del piso 14 me pareció escuchar el silencio. Por suerte lo interrumpió el sonido de mi bombeo aórtico (del latido del corazón, degenerado)

A la altura del piso 12 me pareció escuchar la voz de Norma Bates diciéndome que la mate.

A la altura del piso 10 estuve a punto de tirarme desde el ascensor, pero ella me obstruía el paso a la puerta.

A la altura del piso 7 pensé que nadie había experimentado tanta cercanía a la muerte en una ascensor desde Bruce Willis en Duro de matar.

A la altura del piso 3 me puse a llorar.

Llegué a planta baja exhausto. Patié la caja. Cuando me disponía a salir me dí cuenta que había dejado la billetera arriba. Desde ese día ando sin billetera.

*Exagero. El único tema es el climático. Todo el resto es un invento para justificar haber escrito "temas" en plural.

** meado por los perros

12 comentarios:

Ludmila dijo...

excelente entrada. Lo peor es jugarla de ingenioso y utilizar los espejos combinados del elevador para oficiar de "observador neutro, tercero imparcial" en función de analizar las actitudes de los otros pasajeros dentro del mentado infierno... y ser sorprendido!!! Realmente uno no sabe donde metense.

Anavril dijo...

Yo estoy igual pero en el subte D a las 19hs...y tal vez yo sea medio degeneradita, pero siempre creo que el que tengo en frente me va a pegar un chupon!!

Ah! aclaro, ya no lo tomo más, ...digo, no vaya a ser que alguno empiece a chuponear a las chicas por los subtes!!

Bugman dijo...

Pero, caramba, hay muchas estrategias para hacer interesante un viaje en ascensor.
Una que me gusta mucho es sacar un paquete de pastillas y convidarle a todos los pasajeros menos a uno. Y no decir nada.
Yo nunca la utilicé porque siempre me acuerdo tarde de las pastillas y repartir pelusas encontradas en un bolsillo no es lo mismo.
Pero si usted quiere, adelante, después me cuenta.

Ouchurus dijo...

Cuando era chica (9 o 10) viví un tiempo en un "edificio pajarera", esos con miles de departamentos y de muchos pisos.Yo vivía en el 12 "88" (para que se de una idea de la cantidad de habitantes). Cada vez que me bajaba del ascensor, tenía la terrible costumbre de apretar de un manotón toooooodos los botones del tablero. No era con maldad...simplemente no era conciente de que el que venía atrás podía pasarse 30 minutos en el ascensor gracias a mi!!No me lo puedo imaginar a usted si le tocaba en suerte uno de esos viajecitos...

A lo mejor le vendría bien hacerse amigo del silencio, va a ver que está bueno...no pasa nada, aunque sea con un extraño...bué, ya me puse seria, me voy a dormir.
saludos

Pecé dijo...

A Norma Bates no la juno. ¿es la hermana de Norman Bates? No, no puede ser, porque era hijo único ¿Será la mujer?

Pablo dijo...

Ludmila, es por eso que hay que dejar esas cosas para cuando viaja sólo con los millones de uno mismo de los espejos combinados.

Anavril, a esa hora, yo tengo la misma impresión. El problema no sería sólo que le diesen un chupón, sino que el apelotonamiento hace imposible responder con un cachetazo.

Bugman, la anoto dentro de las cosas que me imagino hacer y nunca haré (en los tiempos que corren empiece a considerar hacerlo con pelusita)

Ouchurus, ¿como dices, Norma? Sí, sí, se lo merece...

Pecé, Norma era -según entiendo- Norman cuando se posicionaba como su madre (a la que había matado). La personalidad múltiple hacía que costara identificar si el tipo era narcisista o tenía un Edipo mal resuelto.

Ludmila dijo...

El tema es que cuando viajo solo en el ascensor... me la pasa buscando la cámara de seguridad.

Yoni Bigud dijo...

Yo soy de los que no largan prenda. Es más... si alguien me habla, directamente no le contesto.

Estoy igual que usté: Desearía tener el valor para proceder de la forma en que lo hace el Señor Bugman.

Un saludo.

Natalia-Natalia dijo...

intenté inutilmente entablar un dialogo ascensoristico, de puro compromiso, desde ya, pero descubrí que soy una "Low talker", nadie me oye, o escuchan cualquier cosa y derivamos en temas bizarros y escabrosos, o 10 pisos mas arriba
asi que MUTISMO, y todos felices

Pablo dijo...

Ludmila, arriba, a la derecha. No, a la otra derecha. Ahí.

Yoni, si tiene el valor para no contestarle a alguien que le habla directamente, lo de las pastillas debería ser para usted moco de pav...deje.

Natalia-Natalia, quizás no era que no la oían. Quizás era Yoni que no contesta. Además, no me diga que "me pasé de piso" no es una buena anécdota para un ascensor.

Yoni Bigud dijo...

Oiga, le mandé un correo al mail que figura en su perfil. Se lo aviso acá porque no sé si tiene la costumbre de revisar.

Un saludo.

Anónimo dijo...

No es para hacerme el canchero, yo hice un viaje de dos horas de Santiago a Viña del Mar con otra persona en perfecto silencio.
Aclaro, el del silencio era yo.
La otra persona era una tia suya (de usted) que no cree en los silencios ni siquiera en la musica!
A ver si me supera eso...

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