miércoles, 16 de enero de 2013

Los olvidados de Terpsícore (o sobre mi primera fiesta)


Cuando pensamos en aquellas cosas que nos diferencian de los animales, en general podemos pensar en acciones como la observación microscópica, la elaboración de una tesis metafísica o el accionamiento de la cadena del inodoro. Pero hay una acción alejada del terreno de lo racional y aun totalmente paralela a ella que también pertenece a la órbita de lo que nos distingue como seres humanos: bailar.

Piénselo bien: no satisface ninguna necesidad vital, visto desde fuera se presenta como ridículo: adultos moviéndose frenéticamente en grupos siguiendo una serie de sonidos... Y, sin embargo, ni el mismísimo Jean Paul Sartre resistiría el catártico ejercicio de contorsionarse gritando "Oh, L´Amour" a voz en cuello.

Pero, así como no nacemos haciendo regla de tres (y aun algunos no la aprenden en toda su vida), así tampoco nacemos habiendo bailado. Siempre hay una primera vez. Una primera fiesta.

Es decir, los hombres tenemos una primera fiesta. Un momento y un lugar en que nos vemos obligados por primera vez a bailar. Las mujeres no pasan por eso. Llegan ya con las horas de vuelo que les dan las coreografías de piyama party, lo que además las pone en posición de juzgar. Y como en general son menos cantidad, el asunto adquiere un dramático ribete darwinista.

Así, por un lado tenemos un grupo de niñas con mayor grado de madurez física y mental y que dominan los rudimentos de la danza; por otro, a un grupo de preadolescentes a los que les arrancaron los muñequitos de He-Man una semana antes y para quienes "baile" implica demostrar superioridad futbolística. Y lo más sádico del asunto es que son estos últimos quienes deben sacar a bailar a las primeras. Sí, porque (lo voy a decir ¿y qué?), en mi época se sacaba a bailar. Uno a uno. La exposición más cruel y absoluta.

En este ambiente se desarrolló mi primera fiesta. No hace falta aclarar que se trataba de un ambiente de gran vulnerabilidad para todos. Bastaría decir a modo de ejemplo que, mientras esperaba juntar coraje para invitar a bailar a alguna chica riéndome por un chiste que me había hecho un amigo, de la nada me encuentro con el Gordo Carbonell apostrofando y desafiándome a que lo haga mejor que él, que se estaba matando en la pista.

En fin, la cosa es que yo llegaba al lugar de los hechos con algunos conceptos que, con el tiempo, se mostraron como exigencia parentales que ya estaban en desuso desde hacía 20 años antes:

a) "Hay que sacar a bailar a la dueña de casa". En general uno no conocía a la dueña de casa, así que suponía primero un trabajo de inteligencia para identificarla, seguido por un posterior trabajo de justificación ante la dueña de casa de nuestro inexplicable accionar al sacarla a bailar de la nada.

b) "Siempre debe ser la mujer la que diga hasta cuando se baila". En otra fiesta, esto me implicó una maratónica sesión de baile de una hora y media, seguida por otra hora y media de justificación ante mis amigos por mi inexplicable actitud.

Pues bien, me hallaba entonces en ese álgido instante en que uno se siente compelido a pasar a la acción. Lo que me llevó a darme cuenta de que no tenía puta idea de cómo se pasaba a la acción. ¿Debía extender una invitación en términos formales o bastaba una pregunta abierta del tipo "¿querés..?" o "¿te gustaría...?" seguida de un gesto? Lo debo haber resuelto rápido, porque enseguida me encontré con otro escollo más dífícil: la dama elegida para que se entretenga con mi autoestima antes de responder si quería bailar se encontraba ubicada necesariamente dentro de algún subgrupo inseparable de féminas, féminas que tendrían la oportunidad única de contemplar en primera fila mi humanidad sudando como acomodador de baño finlandés intentando articular lo que fuese que había resuelto sobre el primer problema. Pero lo cierto es que estas incomodidades sólo velaban el acceso al gran y único problema real: ¿cómo mierda se baila?

sin ningún tipo de conocimiento, miré alrededor en busca de algún imput y vi rutinas todas muy distintas entre sí; descarté las que no podía o no quería realizar y me concentré en las que se veían factibles. Entonces (¡ay!) cometí el error de confiar en el criterio danzarín de mi amigo Andrés.

Andrés tenía la virtud de mantener su paso sin importar que sonase U2, Twisted Sister, UB-40, Cheyenne o Vangelis: saltaba de un pie hacia el otro con ritmo dispar. Eso mantenía ocupado el tracto inferior. Por su parte, el tronco mantenía la rigidez de una actuación cómica de Stallone, quizás para no ceder antes los embates gimnásticos de una y otra pierna. Los brazos -desatendidos del plan original- se veían obligados a improvisar por su cuenta. La cabeza fluctuaba entre supervisar lo que hacía el resto del cuerpo y acompañar con un leve meneo de costado. El resultado era, por así decirlo, estéticamente cuestionable. 

Mirándolo en retrospectiva, tendría que haber sospechado que algo no andaba bien luego de que le contestó a la tercer persona que no tenía epilepsia. Pero para los que cuestionan mi referencia, en mi favor debo decir que la cara de abrumación y la de admiración en una púber pueden llegar a confundirse.

Así, mis primeros pasos fueron la imitación de una serie de movimientos que a  uno le parecerían más propios de las artes marciales. En personas con Parkinson. A las que les están aplicando una descarga eléctrica. Y que no saben artes marciales. 

Así, si es cierto que la primera impresión es lo que cuenta, la mía no llegaba a contar hasta tres antes de darse a la fuga. Pero hay que reconocer por otro lado que me quitó toda presión de hacerlo peor la vez siguiente. Es más, por poco la de que haya una vez siguiente.

Por suerte la dueña de casa no logró identificarme. Que lo parió.


16 comentarios:

Nefertiti dijo...

Se me cae un lagrimón recordando los "asaltos" y bailes de sexto y séptimo grado. Y esos lentos, durante los cuales una comenzaba con el brazo completamente extendido hacia los hombros del adolescente en cuestión, y los iba plegando a medida que avanzaba el tema. Epocas inocentes...

Carugo dijo...

Mientras recuerdo mis primeros bailes en el club de mi barrio, revoleando irracionalmente mi melena, enfundado en una camisa entallada, con pantalones piel de durazno pata de elefante y calzando unos zapatos de falso charol que no chispeaban al rayo del sol pero que sí tenían plataforma (y no estoy exagerando ni un ápice) usted me arroja al abismo más profundo de mis cavilaciones metafísicas.
Por qué y para qué merda la gente baila?
Es evidente que hay una relación directa con la sexualidad.
Parecería ser que si uno baila bien indiscutiblemente garcha bien (se puede decir garchar aquí?)pero no hay material científico que lo ratifique.
Y voy un paso más allá:
Por qué, en una protesta social, la gente baila, toca el redoblante y el bombo al ritmo de la murga?
No deberían andar como penitentes entonando letanías?
Y hablando de letanías, por qué tengo que sufrir tanto con mi querido Independiente?
Por qué Dorlan Pabón no se convierte de una buena vez en el segundo refuerzo que nos garantice romper el arco de los contrarios?
Y ya que hablamos de refuerzos, me acuerdo que esos zapatos con plataforma también me hacían sufrir bastante porque tenían un refuerzo en el arco para que no me generaran pie plano.
Y ya que nombro el arco y el pie plano, me acuerdo de la madre de algunos jugadores de Independiente que no le hacen un gol ni al arco iris y que permiten que los contrarios nos den un baile y que....
Déjelo ahí, me estoy yendo a la B con las asociaciones...

Renegado dijo...

Yo no bailo. Carezco completamente del sentido del ritmo. Y de simpatia.

Aunque últimamente sospecho que si hiciera el paso del "robot" me saldría bastante bien.

Viejex dijo...

Creo que a diferencia de Nefertiti a mi me pone una sonrisa recordar los asaltos y los bailes y saber que esas torturas quedaron allá lejos y hace tiempo.
Abrazos, licenciado.

Pablo dijo...

Nefertiti, pensé en referirme a los lentos pero me pareció demasiado. Yo recuerdo como una proeza contar que me había llegado a juntar mis manos.

Y ahora hay una generación entera que nunca bailó lentos. Pienseló.

Carugo, la imagen que dibuja me dificultó seguir el resto de su comentario.

Por lo de Independiente... hablemos de cosas más felices: la malaria, la desnutrición infantil o las relaciones sexuales de los padres. (Entre nosotros, me parece más fácil que vuelva Albeiro Usuriaga a que venga Pabón)

Renegado, el ritmo está sobrevalorado. Peguése un par de imanes al pecho y será el alma de la fiesta. O de la comida posterior.

Viejex, en su caso lo que debe ponerle una sonrisa es alcanzar a recordarlos.

Shimmy dijo...

Que post re-copado!
Le juro don Pablo que me hizo acordar de esos nervios previos a sacar a bailar. Que goma, por favor!

Recuerdo que una vez fui a Buenos Aires, de paseo, y terminamos en la casa de una familia amiga de mis padres que casualmente tenían una hija de mi edad, y mas casualmente esa tarde hacia un asalto. Bueno, la cosa es que hasta que junte coraje para sacar a bailar a la rubia ya había pasado medio asalto, y cuando finalmente la saco, en el primer tema lento, me vengo a enterar que en Lanus Oeste los lentos duraban una sola canción. Aquí, en Bahía Blanca, la cosa era distinta, mecacho!

Pablo dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
Ouchurus dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
Ouchurus dijo...

Qué vuelvan los lentos!!!





Quiero dejar constancia escrita y firmada por escribano, de que el autor se acordará de cuando no sabía bailar..pero en la actualidad...no, mentira, en la actualidad ya no...porque le falta práctica. Cuando lo conocí, una de las cualidades con las que me enamoró perdidamente fue su destreza para bailar...don, que si se me permite decir, no presentan demasiados sujetos.


Si, si...la otra cosa fue su humor...



No...de nada.

Pablo dijo...

Shimmy, ¿cómo una canción? ¡¿cómo una canción?! ¡Con lo que costaba! La perla negra es para vos, DJ-de-Lanús-de-hace-como-20-años.

Y gomas son ahora, que bailan con su grupo de amigos.

Ouchurus, (psss....negra...esta gente nos está mirand...sí, sí, gracias, por supuesto. No, no te lo voy a decir acá enfrent...bueno, bueno. A mí también me gustaba como bailabas. Si, los hombros...eso...)

No, escribano, no voy a tirar ningún paso acá. No insista.

Dany dijo...

Hay videos? En mi época de "asaltos" lo único que había eran daguerrotipos.

Fui, soy y seré de madera. Cuando me masturbaba me prendía fuego...( eso estuvo fuera de lugar)

Lo que me sucede ahora es que como aquel que iba al psicoanalista porque se meaba en la cama......YA NO ME IMPORTA.

uhhh alguna vez me vestí como Carugo.......que imagen patética
jajaj

Le mando un gran abrazo, Pablo.

Dany dijo...

ahhh......un placer leerlo......

Federucho dijo...

Simplemente genial, es la tercera vez que leo esto y no puedo parar de reírme imaginando un montón de gente bailando espásticamente...

Está a la altura del chiste de los japoneses, las puertas corredizas de bambú (?) y la estática (para que vea que soy un seguidor de la primera hora).

Un abrazo, y tenga a bien mejorar la frecuencia de este tipo de entradas!

Pablo dijo...

Dany, hemos visto daguerrotipos de usted con pantalones Oxford (dicho sea de paso, el mejor pantalón que ha existido) Señor, usted ha conseguido, de alguna manera que evidentemente excluye la danza, emparejarse. Podríamos decir que el asalto se perpetró.

Y gracias.

Federucho, ¿sabe que una amiga siempre me recuerda ese chiste? Al parecer fue mi mejor momento.

Usted no sólo es de la primera hora, sino que ha crecido exponencialmente. Pensar que entró aquí siendo Caruso Lombardi y ahora...bueno, es alguien que no es Caruso Lombardi.

Abrazo y haremos lo que se pueda. O lo que alguien más pueda y logremos copiar.

Anónimo dijo...

Enrique Castrillo es un médico juzgado por robo y condenado judicialmente.

Guillermo Altayrac dijo...

¡Este texto es muy cómico!

Y esto me encantó:

b) "Siempre debe ser la mujer la que diga hasta cuando se baila". En otra fiesta, esto me implicó una maratónica sesión de baile de una hora y media, seguida por otra hora y media de justificación ante mis amigos por mi inexplicable actitud.

¡Saludos!

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