lunes, 20 de diciembre de 2010

No me pidan que cabecée (parte II)


Que nos ayudan a elaborar cosas; que la vida es uno; que son imposibles de distinguir de la vigilia; que son hermanos de la muerte; que están regidos por el principio del placer y no por el de realidad; que serán ellos mismos pero que aquí se hacen realidad; que se alcanzan si uno los desea con suficiente fuerza...

Muchas cosas se dicen sobre los sueños. Pero lo que ni Freud, ni Descartes, ni los griegos, ni Berugo Carámbula ni los cantautores romanticones nos dicen es cómo lidiar con ellos cuando nos acechan en momentos no destinados para la actividad onírica. Cuando irrumpen, arrogantes, en medio de nuestra jornada; sin preguntar si el momento es apropiado; sin importarles que nos estén mirando o incluso dirigiendo la palabra. Y nosotros peleamos, a brazo partido, por conservar los párpados plegados sobre nuestros globos oculares, luchamos por no poner los ojos en blanco; por no sucumbir ante un ciclo REM que no hemos invocado; por no babearnos. Condenados a la derrota, vencidos antes de presentar batalla, vamos deformando nuestra mejilla contra la palma que intenta sostenerla.

Señores, este artículo es una reparación histórica. Hace ya mucho tiempo volqué en este blog mis elucubraciones al respecto. Y prometí una segunda entrega que tardó más en llegar que Volver al Futuro II. Bueno, no tanto, pero bastante. Y en este caso no tiene un nivel similar a la anterior. En ese sentido, esto sería más como Volver al Futuro III, Sí, la del Viejo Oeste (o del Viejo Este, como lo llaman los japoneses)

La cosa es que me gustaría bajar de la teoría a la práctica. Por eso, y simplemente para colorear lo ya sostenido, mostraré cómo (me) afecta el sueño en la rutina diaria cuando he dormido menos de 8 horas (que, desde hace 3 años y medio, eso implica los últimos 3 años y medio).

Caso 1: llegando al Nirvana en el laburo (o "¿te sentís bien, flaco?")

Mi rutina laboral se divide entre momentos de dictado de clases y otros de oficina. Estos últimos se desarrollan en una suerte de cubículo de paredes bajas conectado a otra serie de cubículos de paredes bajas. O sea, nos vemos todos.

Me encontraba yo en un momento de estudio y después...bueno, recuerdo que miraba fijamente un libro cuando el libro dejo de tener sentido. Las oraciones se sucedían sin que significasen nada, reproduciéndose en mi cabeza de la misma manera que lo hace el sonido de la heladera, que uno no percibe hasta que se corta. Poco después, las letras mismas dejaron de serlo para transformarse en extraños signos más propios de la piedra Rosetta que de una fotocopia de $6,50. Eso es lo último que recuerdo. Hasta que, después de vagar quién sabe por donde, mi alma volvió a mi cuerpo sacudiéndolo como quién se despierta luego de haber soñado que se caía. O quizás así haya sido. Lo cierto es que en todo momento yo estuve en la misma posición. Sentado y con la cabeza mirando hacia abajo.

Rato después hablaba con una profesora sobre otra cosa y me preguntó: "¿te sentís bien? No, porque te ví medio...cansado" (se ve que decir "dormido" le debe haber parecido muy fuerte). "No, estoy bien, sólo meditaba unas ideas".

Ideas que meditaba en esos momentos:

- ¿Como es posible que esté jugando a los tazos, si estoy en 1720?

- Si nado hasta Ushuaia, no paso por ningún supermercado.

- ¿Qué diablos hace aquí Graciela Borges, de nuevo?


Caso 2: los apuntes (o "¿qué quería poner cuando puse lo que puse o cuando no puse lo que debería haber puesto para que se entienda qué quería poner?")

Parte de la culpa de mi estado de constante ensoñamiento la tienen los dos años de cursada de una maestría. Terminada la cursada, repaso los apuntes en busca de pistas para trabajos que debo presentar. Las pistas son inequívocas: viví en un estado de constante ensoñamiento.

Si las líneas sismográficas que reemplazan a mi letra en determinados momentos no fuese suficiente indicio, los infinitos baches argumentales de mis apuntes son justificados eventualmente por autonotas del tipo "aquí me quedé dormido", "y aquí", "y aquí también", "definitivamente no fue una buena noche" o "¿por qué no me despertaron cuando terminó la clase?".


Lo que es importante que retenga es que he sobrevivido a esta protonarcolepsia y que eso nunca se ha interpuesto en la finalización de una actividad. Más bien todo lo contrario: me ha obligado a finalizarlas.


Ahora les dejo algo para que puedan disfrutar con sa...



jueves, 9 de diciembre de 2010

Física, metafísica y educación física


Para un observador neutral se trató simplemente de un hecho físico. O varios. Estaba en reposo cuando -súbitamente- empezó a moverse a gran velocidad. Todavía confundida, al girar sobre sí logró descubrir la causa agente que le permitía ahora moverse a más de 80 kilómetros por hora. Mientras la inercia hacía su trabajo, calculó que su trayectoria debía estar en un ángulo de 25°. "Pensar que con 20° o con 30° el destino sería totalmente otro". Y sonrió pensando que el equívoco de la palabra "destino" no hacía mella en su afirmación. Pero no alcanzó a pensar mucho más porque se topó con un obstáculo, obstáculo suave al principio pero a la postre inquebrantable. Entonces -como guiada por la conciencia de quién ha alcanzado su fin- se dejó caer, entregándose a la aceleración de 9,8 metros sobre segundos cuadrados hacia el centro de la tierra; hacia el movimiento que la devolvería al reposo absoluto.



Hasta aquí, un hecho físico. O varios.




Pero existe aquí también un hecho que bien podríamos clasificar como metafísico.









¡SOMOS CAMPEONES OTRA VEZ, CARAJO!




Que lo disfruten...como yo.

martes, 7 de diciembre de 2010

Ludópata


En general, en los relatos en primera persona que uno hace, nunca queda mal parado. Con las ventajas que da la narración omnisapiente, uno puede justificar su accionar merced de la referencia a una necesidad profundísima, un recuerdo nefasto o un odio suficientemente visceral; siempre hay un interés ulterior que explica, cuando no la invitación a compartir la detallada mecánica del razonamiento que me llevó a hacer X, pensar Y o a sacarle a W todos sus Z.

Pero no será este el caso. Ya en ocasiones anteriores he tratado el tema de la mirada sobre uno mismo, y también he ventilado algunas acciones de las que no estoy particularmente orgulloso. Incluso he llegado a publicar fotos mías sumamente comprometedoras que nunca debieron ver la luz. Pero siempre hubo un freno de mano, un intento de justificación, una búsqueda de comprensión. Hoy no busco nada de eso. Hoy presentaré un aspecto que sólo da lugar al juicio negativo. Bueno, ahí va...

Hola, soy Pablo, y en lo que respecta a los juegos, soy extremadamente competitivo.


(Insertar aquí el "Hooolaaaaa Paablooo")


Es así. Siempre me han gustado los juegos. Y me parece una parte constitutiva de ellos que se esté jugando por algo. Plata, fósforos, porotos o el mero reconocimiento del triunfo. Algo.

Plaza. Circa 1983.

Niño inocente: -¿querés que juguemos a los camiones?

Pablo: - Dale, juguemos a ver quién llega primero hasta aquél árb...¡YA! (sale corriendo hacia el árbol)


Actitudes similares recorren mi historia. Este amor por la competencia me parece común al sexo masculino. ¿No me cree? Agarre 4 amigos de toda la vida, cuya inquebrantable amistad sea un ejemplo para el resto de los mortales. Ahora siéntelos en una mesa y póngalos a jugar al TEG. A la hora y media tendrá acusaciones mutuas de homosexualidad por hacer pactos para atacar a uno, pseudo-declaraciones de amor a las hermanas del resto y bailes de la victoria para acrecentar la humillación del que no pudo conquistar Vancouver, que tenía sólo 3 fichas, a pesar de atacar con 15 fichas azules. No digo que no haya mujeres infectadas con este virus, sólo digo que estadísticamente no son tantas. O por lo menos no son todas.

Es más, este mismo instinto lúdico es el que hace que una persona sea fanático de algún equipo en cualquier deporte. Es tomar parte a los solos fines de hacer propio un logro ajeno y enrostrárselo a alguien que debe ahora hacer propia una derrota ajena. Y creo que es más esto que el fervor patriótico lo que me lleva a alentar a la selección argentina de canicas.

Pero lo que hace especial mi caso es la baja tolerancia a la frustración que acompaña al instinto y que se plasma, entre otras cosas, en la severidad frente a las pretensiones de violar las reglas establecidas. Paradigmático fue el caso de aquél Trivial Persuit del 2006 en el que una prima mía le soplaba la respuesta a otra ¡estando en diferentes equipos! ¡¿De qué creen que se trata esto?! !¿creen que venimos a divertirnos, acaso?! ¿Ah, sí? ¿y los puntos no importan? Caramba. Hay de todo en la viña del Señor.

Lo cierto es que no soporto los anarquistas lúdicos. Aquellos que sienten que "es más divertido" si cambiamos completamente las reglas a mitad del río, o si las flexibilizamos para atender una situación que nos da pena o nos conviene más. Como Hugo en aquél fin de semana de póquer del 2002.

Con otros 4 amigos, a lo largo de todo un fin de semana jugamos póquer por porotos. Para el domingo, yo ya era el rey de los porotos. Era Poroto Cubero. Mi ventaja era ya irremontable para el resto de los perded...de mis amigos. Hasta que Hugo enunció aquellas fatídicas palabras que todavía no le perdono: "Última vuelta. Jugamos todo". ¿Eh? ¿donde está la lógica? ¿donde la racionalidad?


Yo les diré donde está la lógica; dónde la racionalidad. En aquél árb...¡YA!



jueves, 2 de diciembre de 2010

Breves e inconexas IV


Las filiaciones evidentemente son importantes. No podemos escapar a ser hijos de quienes somos y eso nos determinaría en la vida. Así, si se hace algo de mala fe, la culpa no parece ser de uno sino que tendría que ver con actividades prostibularias de nuestra madre. En Córdoba, si uno gasta más de lo que tiene, la explicación no es que uno no sabe controlar sus gastos, sino que en realidad es más plausible que haya un impulso genético que viene de ser descendiente de un importante empresario local: "¿Qué sos? ¿hijo de Minetti?". Incluso turbas enteras de fanáticos de un equipo de fútbol, si comprueban inductivamente que suelen vencer a un contrario, lo atribuyen al respeto hacia los padres que se prodiga en algunas culturas: "¡Hijos nuestros! ¡hijos nuestros!". Pues bien, yo he logrado descifrar esa paternidad que me determina: soy un hijo del rigor.

Noviembre fue un mes movido. Lejos de una disminución de la carga laboral que estuviese más acorde con el clima veraniego, correcciones, preparación de trabajos y finales se agolparon como moscas a la miel. ¿Qué digo moscas? cómo osos a la miel. O sea, lo mismo pero mucho más grande y pesado. Y el primero que sufrió por ese trajín fue este blog. Bah, el primero fui yo, pero ahí nomás pegadito está el blog. Ahora, resulta que en Men in Blog tengo deadlines. Y esto redundó en que en la última semana escribiese no uno sino dos artículos. ¿Cómo se explica? Tres palabras: hijo (1) del (2) rigor (3).

Pero lo cierto es que no me gusta descuidar este espacio. Y sinceramente ya no me banco más la cara de Arturo Puig apenas abro la página, por lo que decidí escribir...bueno, esto.

1) No me gusta hablar sobre lo que se ha hablado demasiado, por la saturación que genera, pero la referencia me parece casi inevitable. Todo este asunto de Wikileaks y sus consecuencias, en realidad me parece en realidad terriblemente fácil de entender a través de un ejemplo.

Cena familiar en lo de Mangiaterra. 20:44 hs.

Sobrino nerd: - no saben, encontré abierto el mail del tío Raúl y me imprimí los mails que le mandó a la tía Patty. En uno dice que la tía Edna es una gorda insoportable, en otro que los hijos de Carlos y Pepa son unos "pendejos insoportables", que hablar con el tío Heriberto es más aburrido que chupar un clavo y que la tía Gaby es... mamá ¿qué significa ser más puta que las gallinas?

Lo único que tienen que hacer para entenderlo es cambiar "tío Raúl" por "tío Sam". O sea, se trata de algo que todos saben pero es incómodo que se sepa que se sabe.

Y el sobrino nerd se va a comer un soplamocos del tío Raúl que ni les cuento.

2) Si estuviésemos hablando de cine y nos preguntásemos ¿cuál es la película que más te ha gustado? Quizás alguno hablaría de Citizen Kane, por la revolución que significó; otro de Casablanca, por la inmortal historia de amor; un tercero acotaría que no se puede dejar afuera Lo que el viento se llevó; alguno diría que le cuesta definirse entre una de las de Woody Allen y otro elogiará la obra de Fellini. Pero cuando me miren a mí, les diré que se trata de una trilogía que considero inseparable. "¿Bleu, Blanc y Rouge de Krzysztof Kieslowski?" se apuraría en preguntar uno de mis interlocutores. "No" le respondería yo lacónicamente, porque me molesta que me interrumpan. "La pistola desnuda".


Gracias por tanto, Leslie Nielsen.

3) Ya es tarde. El año pasado también lo pensó, y se le volvió a ir. "¿Y si compro los regalos de Navidad fuera de temporada para que después no me salgan más caros y no tenga que lidiar con otros 44.000.000 de compradores?". Pero no. El año tiene sus necesidades y va a terminar en 'la noche de los shoppings' peleándose con una señora por una prenda de ropa o con una chica de 13 años por un ejemplar de Harry Potter.

Es paradójico que el momento del año en el que uno se desea paz venga precedido justamente por los momentos más artificialmente estresantes de él. El deseo de paz parece ser una ceremonia de clausura del raid por los regalos. Volvamos a las fuentes, no sólo por el sentido trascendente que originalmente tiene esta fiesta, sino por las innegables ventajas prácticas que presenta.

A mis seres cercanos, espero que les guste el dibujo que les hice para este año. Es una Benegas original.

4) Existe la idea de que si a uno le gusta una canción, nada mejor que ponerla como ringtone. Error. En primer lugar, porque si a uno le gusta lo que quiere es escucharla, y no interrumpirla para atender a alguien. Segundo, porque probablemente sea la manera de pasar a odiarla. Y, tercero, porque las introducciones suelen hacer que ni siquiera llegue a empezar. Por ejemplo, a mi me gusta el tema "Hells Bells" de AC/DC. Ahora, les aseguro que no terminan de sonar las campanas del principio que el que llama ya cortó.

¿Quiere mejorar la efectividad de sus comunicaciones? Ponga de ringtone el "Mbop" de los Hanson.


Bien, es lo que hay por ahora, pero por lo menos hemos vuelto. Y lo hice porque me debo a mi público.

Ah, no. He vuelto porque le debo a mi público. Tome, aquí está lo de este semestre. ¡¿Qué?! ¿tanto por los comentarios? No fueron gran cosa, cerremos en un 10% menos. Y aquí no se paga aguinaldo.


Lo que faltaba, que me dejen sin plata para los regalos. Bueno, para el papel para hacer los dibujos.


miércoles, 17 de noviembre de 2010

Sobreviviente


Es un lugar común, ampliamente difundido, que hay que enfrentar los miedos. Psicólogos, educadores, consejeros y guionistas de películas de Disney nos lo repiten incesantemente. Solo accederá a una vida mejor cuando haya pasado por el mal trance hasta el punto de dejarlo atrás. Pero uno se siente cómodo de este lado del tunel y se hace el distraído. Incluso cuando se trata de un hecho puntual, lo va relegando mentalmente, como si no dedicarle el pensamiento le quitase toda entidad, todo peso real.

No puedo negarlo: yo lo sabía. Lo supe con bastante anticipación, pero no quise enfrentarlo. El tiempo siguió avanzando (sospecho que -por maldad pura- de hecho lo hacía más rápidamente) hasta que el momento temido se presentó a mi puerta, impiadoso: mi mujer se iba todo el fin de semana y yo me quedaba solo con las dos chicas.

No me malinterprete, amo profundamente a mis hijas. Y es precisamente por eso que temía ese momento. Yo paso tiempo con ellas y colaboro en los menesteres logístico-afectivos, pero justamente eso es lo que me hace valorar que seamos dos. Para que pueda intuir de qué estoy hablando, le pido que recuerde la escena de Rocky II en la que Rocky persigue a la gallina. ¿La tiene? La imagen, no la gallina. Ahora imagine que hay no una sino dos gallinas. Imagine además que esas dos gallinas se bajaron un pack de 6 latas de Red Bull. Por otro lado, no sé si usted lo sabe, pero hay eremitas que duermen 4 horas por día. Ahora imagine al actor Colin Farrell volver de una noche de excesos y descontrol y...no, ese es Colin Flirth. Colin Farrell, el de Swat ¿no? El de DareDevil. El malo. No, no el morocho enorme, el irlandés loco. Sí, sí, mala película. Bueno, imagínese que cuando vuelve de la jarana se entera que solo podrá dormir 4 horas. Imaginemos, por último, que Colin Farrell es narcoléptico. Pues bien, así pintaba el fin de semana: como un actor hollywoodense mal dormido vestido de monje eremita persiguiendo 2 gallinas alteradas por una bebida energizante. Dígame si no hubiese tenido miedo.

Largar el sábado a las 7 de la mañana no fue prometedor, pero si Rocky llegó a hacer 4 películas más, yo llegaría al domingo. Durante un día completo fui a la vez la ley y el consuelo al infractor; fui chef y mozo; animador y guía televisiva; asistente de vestuario y recolector de residuos; médico y mago amateur. Como sólo una de las pequeñas (la que amaneció a las 7 am) duerme siesta, la noche encontró una versión bastante desmejorada de Pablo Benegas. Los pormenores poco importan aquí. Ellas habían sobrevivido comiendo 4 comidas y yo también.


Lo bueno es que desde el principio existía un horizonte. Como eramos varios amigos que nos encontrábamos en una situación análoga, uno había realizado un análisis lúcido y realista: "El sábado vamos a aguantar, pero el domingo puede llegar a ser terrible". El plan era claro: nos íbamos a juntar todos a comer un asado en una casa con jardín y pileta donde los niños pudiesen correr (lamentablemente la pileta estaba llena así que tuvimos que dejarlos correr por el jardín nomás). Combinando cierta autogestión con una mayor oferta, las últimas horas serían una papa. La hora pactada para el reencuentro con nuestra mujeres era clara: 17:30 hs. así que, hasta entonces, seguíamos por las nuestras.

Señores, lo que vi en ese encuentro todavía no ha abandonado mi alma: ánimos vencidos, convicciones horadadas, fuerzas vitales extintas; vi muecas que fusionaban asombro y pavor con un secreto reconocimiento y escuché a varones insultar contra la linealidad del tiempo; ojos inexpresivos de shock traumático se entrelazaban con ojos vidriosos de llanto contenido. Una generación pletórica de energía proclamaba su victoria contra un grupo de ex-jóvenes.

Pero como lo saben quienes juegan el futbol, cuando no da el físico hay que recurrir al oficio. "Oficio" puede querer decir dos cosas: que uno sabe donde pararse para regular y así optimizar la capacidad física o, también, entrar a dar murras a diestra y siniestra amparado en la mayor afinidad generacional con el árbitro.

Empezamos por lo primero. Advertidos de la compulsión a la repetición de los infantes, se trataba de encontrar una actividad congregante. Uno ensayó un juego de caza de aves con un palo y una canasta. Duró hasta que el bloque infantil se dividió entre los que proponían una espera estratégica para que los pájaros se acercasen a la trampa y los que preferían un ataque frontal a los gritos. El intento de congregarlos bajo "la Era del Hielo 3" sólo consiguió aumentar el fastidio de los padres que no habían visto "la Era del Hielo 3" y que no conseguían hacerlo merced del desbande generalizado. "¡Murra!" gritaba la tribuna. "¡Y pegue, y pegue, y pegue Pablo pegue!". Pero no conseguíamos alcanzarlos.

A las 17:29 hs, exhaustos y superados numéricamente, nos apersonamos en el lugar para encontramos con las profesionales de la materia: las madres. Alivio y alegría.

No me importa lo que digan: que no es para tanto, que los roles son meras contrucciones culturales perfectamente intercambiables, que soy un inútil y estoy rodeado de inútiles, pero mi conclusión es que madre hay una sola.


Sólo espero que no encuentre la llave de la puerta de salida que escondí.


jueves, 4 de noviembre de 2010

Fumar puede ser perjudicial para el ego


Nunca fumé. No quiero decir que nunca haya pitado un cigarrillo, sino que -si alguna vez terminé uno- nunca adquirí el hábito. Desde el principio no me gustó. Gustativamente, por así decirlo, no me gustó. No me gustó el olor que dejaba en la ropa; tampoco el que impregna en los lugares donde está (que suele ser muuuy similar); no me gustó el resabio que deja en la boca ni el color amarillento mortecino con que tiñe los dedos. ¿Cómo decirlo? No me gustó un carajo.


"Es un gusto adquirido" me dijeron alguna vez, dándome a entender que, si me esforzaba un poquito, algo que desde el principio sabía que me hacía mal podía llegar a gustarme. Y yo, en mi condición de niño asmático con intenciones de futbolear libremente, sabía que me hacía mal. Decliné el generoso ofrecimiento.


Podrá parecerle extraño, pero este artículo en realidad quiere realizar un elogio del fumar. No porque desee hacerlo, sino porque mi condición de no fumador me ha patentizado, varias veces, las grandes ventajas que trae en distintos terrenos.


En primer lugar, quizás tributando al ochentoso Don Johnson de Marlboro, el cigarrillo apareja un halo de profundidad; conlleva una cierta mística. Recuerdo estar a orillas de un lago en el cerro Frei contemplando la luna más grande que haya visto en mi vida. 8 personas contemplábamos extasiados el imponente paisaje. 7 de ellos con un cigarrillo en la mano... y yo. "¡Qué buen momento para fumarse un pucho!" comentaban entre sí los miembros de la secta. Su momento parecía, por razones que desconozco, más místico que el mío. Lo mismo se replicaba al terminar de comer, al salir a tomar algo, al compartir un café...



Quizás sea fruto de la influencia de la publicidad o de las películas, como dice el personaje de Aaron Eckhart en "Thank you for smoking", pero por lo pronto parece ser que la ceremonia de clausura de un acto sexual satisfactorio implica un cigarrillo. ¿Qué dice de nuestro desempeño leer una revista, prender la televisión o hacer palabras cruzadas? Además, las diferencias se marcan mucho más en el terreno social.


Si en una fiesta y/o reunión social usted queda sólo, la diferencia entre ser un fumador y no serlo pasa a ser dramática. Alguien que fuma parece -mientras inspira con los ojos entrecerrados- estar pensando en algo importante; abstraído por un instante del bullicio para trascender hacia planteos metafísicos. Por otro lado, si simplemente está ahí sólo, parecerá que usted se coló. Quién vive esa situación no sabe qué diablos hacer con las manos: si las pone en los bolsillos parecerá que está esperando a que lo busque su madre; si cruza los brazos parecerá que está esperando porque vino a buscar a su hija... Y, desde ya, no se le ocurra entrecerrar los ojos, porque más que abstraído en elucubraciones metafísicas parecerá que está tratando de leer la cuarta línea en el oftalmólogo.


La diferencia, esa inconmovible línea divisoria, parece situarse entre estar realizando una actividad y no hacerlo. Piénselo bien: cuando alguien deja la oficina para charlar en otro lado bajo la égida del cilindro tubular vicioso, la explicación de su ausencia es suficiente: "salió a fumar". No son igualmente aceptados "salió a hacer palabras cruzadas", "salió a echarse en el pasto", "salió a dormir 15 minutos" ni "salió a leer blogs". Entiendo que uno no "sale" a leer blogs sino que las más de las veces "se queda" para eso, pero el punto es que el corte no está igualmente justificado. Los fumadores son mártires perseguidos mientras los demás son ladrones del tiempo organizacional. Y después se sienten discriminados.


Recuerdo cuando entré a trabajar en una oficina. Dentro de un piso de 50 a 60 personas, uno se las arregla para ir conociendo a la gente. Un saludo tímido; un reconocimiento mutuo de rostro; un código interno por más pedorro que sea ("nos volvemos a encontrar en el ascensor"; "¿así que también comés en la panchería de la esquina?"; "nos volvemos a encontrar almorzando panchos en el ascensor") hacen que de a poco uno logre aproximarse a una conversación sobre fútbol, desde donde puede proyectarse hacia otros tópicos. Luego se accede al radiopasillo, los after office y ese tipo de cosas. Digo, de cosas. Ahora bien, un amigo, que había entrado unos dos meses después que yo, a las pocas semanas ya dominaba la inside information de la empresa, y se abrazaba con todos por los pasillos. "¿Cómo hiciste? ¿cómo sabés esas cosas?". "Es que con esos pibes nos juntamos a fumar en la kitchenette".


¡La kitchenette! ¡hijo de mil putas! ¿cómo poder acceder a ese recinto? Uno no puede servirse agua durante 15 minutos. Hay que justificar la permanencia en la kitchenette, por lo menos hasta lograr una confianza mínima. Y eso era el cigarrillo: un pasaporte; una tarjeta de invitación a una conversación informal; una credencial; una membresía para el club de la kitchenette.


Pero quizás lo que más me molesta; aquello que no termino de comprender por más que le doy vueltas y vueltas sea lo siguiente: ¿dónde está mi plata?
Un fumador promedio fuma, pongámosle, unos 7 u 8 cigarrillos por día. O sea que un atado le dura -redondeando- unos 3 días. En un mes tipo estaríamos hablando de unos 10 atados. A $5 cada uno son $50 mensuales en cigarrillos. hablamos de $600 anuales solamente en el vicio. Y he sido generosos en mis estimaciones (que en este caso quiere decir que he sido tacaño) O sea que una persona de mi edad ha gastado, si comenzó haciéndose el pistola a los 15, alrededor de $9000. Pues bien, ¿donde están mis $9000? ¿por qué los fumadores de ingresos similares tienen una economía similar? ¿quién se ha llevado mis $9000?


Mi conclusión es que los socialmente indefensos; los vitalmente postrados; los parias no son los fumadores sino que lo somos los no fumadores. Todo nos cuesta más; todo parece menos espontáneo; todo es un poco menos cool.



Creo que ya me he extendido lo suficiente. Le doy gracias por haberse fumado este artículo. Lo único que me interesa remarcar es que fumar puede ser perjudicial para el ego... de los no fumadores.


Que lo disfruten con un faso.



martes, 2 de noviembre de 2010

Historias mínimas VI


Como se habrá dado cuenta, últimamente mi participación virtual ha descendido. Porque se dio cuenta ¿no? Diga la verdad, algo olfateaba. ¿No se sintió raro en los días más recientes? ¿y en los anteriores? ¿tampoco? Que se yo, la sensación de que se había olvidado algo o de que algo no estaba en su lugar. A veces se puede somatizar, quizás un poquito de acidez... ¿no estornudó en la últimas dos semanas? ¿Ve? ¡Ahí está! Es porque inconcientemente se dio cuenta del descenso de mi actividad bloggeril. Y tal cosa se debió a la vorágine que nos fragmenta y despedaza hasta que sólo quedan retazos separados de vida que uno va uniendo como puede.

Pues desde el fondo de esa nostalgia por la unidad perdida, desde esa caterva de momentos inconexos, emerge orgullosamente lo único que puede surgir: una nueva entrega de las historias mínimas.


Señales inequívocas de que el mundo se está yendo a la mierda:

- Jason Priestly actúa de duro.

- Leonel Messi es modelo de Dolce & Gabanna.

- Noel Gallagher quiere cantar con Carlos Tevez.

- Según la Revista Esquire, Cristina Fernandez es una de las 195 mujeres más bellas y sexies.

- Que me guste una canción de Lady Gaga.
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Realmente pensé que no viviría para verlo. Y, sin embargo, pasó. Y sentí que en ese sencillo hecho no reposaba sólo una satisfacción individual sino también la de todos aquellos que pasan por lo mismo; aquellos cuyas vidas basculan entre la inteligencia de un plan y la humillación de nunca verlo concretado; entre el anhelo y el escarnio; entre la pureza de los deseos y el dolor de la realidad esquiva. Quizás haya quienes mirarán el hecho y pasarán de lado sin advertirlo, pero yo puedo dimensionar sus cósmicas consecuencias.

El otro día vi un capítulo en el que al final Tom le ganaba a Jerry.

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Grandes errores de la historia de la humanidad:

- Chequear con la otra mano que la luz que da calor efectivamente quema.

- Invadir Rusia en invierno.

- Ir demasiado rápido en una zona donde hay icebergs.

- Aliñar la ensalada con aceto balsámico teniendo puesto un buzo color crema.

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- Che, hoy me enteré que Robert en realidad no nació en Estados Unidos como pensábamos sino en Tokio, cuando su viejo estaba de embajador.


- ¡No te puedo creer que Bob es ponja!
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Cosas que nos han enseñado los cuentos de hadas:

- Que una persona puede entrar en una propiedad privada, robar en reiteradas ocasiones, provocar la muerte del dueño de casa y ser el bueno de la historia (Jack y la habichuelas mágicas)

- Que está bien abalanzarse sobre una mujer que está inconciente (Blancanieves)

- Que el amor de nuestra vida es cualquiera que calce 36 (La Cenicienta)

- Que, si la facha no ayuda, puede encerrarse a alguien hasta lograr conquistarlo (La Bella y la Bestia)

- Que no importa si uno hace las cosas a medias, lo importante es estar contactado con alguien que las haga bien y sacar provecho de ello (Los 3 chanchitos)

- Que mejor que hacerle mal a una persona es engañarlo antes de hacerle ese mismo mal (Caperucita Roja)


Que las disfruten con salú.

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