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jueves, 23 de febrero de 2012

En el amor y en la guerra...


Pasar desapercibido. Entrar. Salir. Pim pam pum. No hacer contacto visual, no mostrar mucho el rostro. Ser un fantasma; un espejismo que se insinúa por el rabillo del ojo; una imagen difusa que a uno le cuesta recordar si fue real. Movimiento continuo y cabeza gacha, movimiento continuo y cabeza gacha, movimiento continuo y cabeza gacha. Allá vamos...

Entró con las manos en los bolsillos y los brazos pegados al cuerpo. El corazón le palpitaba traicioneramente y la tensión del rostro transformaba esa sonrisa protocolar en una mueca de muñeco de cera. "No lo voy a lograr" pensó cuando una pequeña niña miró su cara de payaso poseído y se puso a llorar. Entonces cerró los ojos y pensó en ella; pensó en su dolor y en su pedido desesperado. "No puedo volver. Si no lo consigo no puedo volver".

Si los astros nos dicen algo, si sus movimientos intentan comunicarnos un mensaje vital, esa noche en aquél lugar ese algo sonaba como "¡Cuidado que vas a pisar mier...! Nada, nada. Dejá".

A los 20 minutos, después de dar varias vueltas, entendió que no iba a conseguirlo sin recurrir a alguien. Maldijo para sus adentros, apretó el puño y se dirigió a ese mostrador que tanto había querido evitar. Deslizó el papel mientras miraba disimuladamente hacia otro lado.

La voz del otro lado sonó cortante.

"¿Sí?".

Tragó saliva e intentó mostrar compostura.

"Estaba buscando vsmlnmnhan".

La voz volvió, ahora meliflua, como si hubiese entendido lo que pasaba y lo disfrutara enormemente. El poder corrompe.

"Disculpe. No alcancé a entender. ¿Qué quiere?".

Perdido por perdido... "Estoy buscando... Vagisan".

"CACHO, EL SEÑOR ESTÁ BUSCANDO CREMA PARA LOS HONGOS VAGINALES. ¿NOS QUEDÓ ALGO?"


¿Qué qué aprendió ese día? Que las humillaciones vienen en pomos de 125, 250 y 500 cm2.










nota del autor: mi mujer y el objeto puntiagudo que tiene en su mano me piden que aclare que he tomado de base para este relato una anécdota ajena. Ningún matrimonio ha sido lastimado para la realización de este post.


lunes, 7 de noviembre de 2011

Enfermo



Todo empezó con un ataque de alergia a la tarde seguida de un dolor de garganta durante la noche. A la mañana siguiente, un dolor estomacal vino a darle la bienvenida a la recién estrenada gripe. Como venía la mano, el pronóstico para el mediodía era un ACV o el desprendimiento repentino de un brazo. Contra todo, cargué mi propia humanidad al hombro y me dispuse a llevar a mi hija mayor al jardín. El heroísmo duró una cuadra y media. "Nos volvemos". "¿Por qué?". "Porque a Papá se le rompió el pantalón".


"Lo que se va a romper es tu infancia si no llegamos a casa en 2 minutos" pensé.


"Estás enfermo" reflexionó mi mujer. "Está enfermo" sentenció el médico. Resultado: dos días de reposo. Ahora, la perspectiva de estar echado dos días en la cama con tiempo libre se hace idílica a los ojos de quién lee esto desde una oficina frenética o en su BlackBerry a los empujones en plena peatonal pero, para ser honestos, debe tratar de quitarse esa imagen de John Lennon y Yoko Ono boludeando en pijama y en su lugar imaginarse al caballo de El Padrino. Apaleado, como si un camión con reses me hubiese pasado por encima mientras las vacas hacían sus necesidades, ciertamente no estaba para leer sobre la Escuela de Franckfurt o el nacionalismo en la Argentina de 1930. No, no.


Pero no dejaría que un virus me destruyese, así que tomé coraje y pensé: "si alguien aquí va a destruirme, seré yo mismo". Y entonces me clavé una maratón de películas sobre superhéroes.


Seamos claros, no puedo decir que no lo sabía. Con la excepción de Batman, las últimas películas sobre superhéroes suelen ser malas, previsibles y plagadas de clichés. Ahora, ¿y? ¿Se cagan a tiros? ¿vuelan cosas por todos lados? ¿hacen cosas inverosímiles y visualmente llamativas? Listo. Lo demás es como quejarse del valor nutricional de las golosinas. No tiene sentido.


Los elegidos para transitar este camino de autodestrucción sináptica fueron el Capitán América, Thor y Linterna Verde.


Ya del otro lado del Rubicón, algunas conclusiones parciales y comentarios aislados:


1) Los productores se resisten a hacer una sola película de cualquier cosa. El final siempre tiene que ser abierto. Ya hemos hablado de esto con respecto a las películas de terror, pero veo que es una cuestión general. Antes un Rambo o un Chuck Norris mataban a todos los soviéticos en una película, a todos los coreanos en otra y a todos los galeses (?) en otra. Pero eran operaciones separadas, completas. Paquetes cerrados en sí mismos. Ahora el bueno no termina de festejar que salvó el mundo que el director tiene que enfocar algún objeto que nos dé a entender que lo salvó, pero hasta ahí nomás.


2) No contentos con el final abierto, quieren dejar absolutamente establecido que se viene una secuela, por si algún gil todavía no entendió las indirectas. Señores, basta de agregar escenas después de los títulos finales. La primera vez que se hizo fue revolucionario, pero ahora simplemente hacen que uno no pueda dejar el cine en paz. Aunque haya ido a ver "La arena se escurre de los dedos como la vida de un filatelista en un país de gente sin baba" del realizador ucraniano Zvlatij Kajhvilshjivgómez y se esté orinando encima (uno, no el realizador ucraniano), no puede evitar quedarse para ver si después de todos los títulos aparece una escena de dos minutos donde entran agentes de la CIA a decirle que han encontrado una persona que babea (¡acá! ¡en la segunda fila del cine hay uno!) y que debe ir con ellos inmediatamente.


3) Los malos antes eran más maduros. Un tipo antes te destruía el mundo porque sí; o lo quería dominar porque se le cantaba la gana y tenía plata para bancarse su propia organización. Ahora quieren tener todo el poder, dominar el mundo... pero por una cuestión de celos, de envidia. Antes querían 100.000 millones de dólares y se cagaban de risa mientras lo decían, ahora en el fondo quieren que el padre los reconozca y lo dicen con ojos vidriosos.


4) Miren, yo entiendo que "super" tiene que dar la sensación de destacarse sobre el resto. Incluso comprendo que intenten atrapar a la reacia platea femenina, pero -¡por la memoria de Adam West!- dejen de mostrar el torso desnudo del protagonista. Innecesario por donde se lo mire. O lo dejan de hacer o equiparan y muestran también el de la coprotagonista. Si no, se trata de una flagrante discriminación hacia los hombres de torso flácido.


5) Todas estas películas tienen una frase que actúa de nexo entre los protagonistas que se dice al pasar en un momento de la película y que vuelve a repetirse (encajando perfectamente) en el momento de la resolución del conflicto. Siempre. Ahora, esa frase-guiño puede tener dos funciones: pegarle al malo o crear un momento romanticón en medio de los tiros y las explosiones.


Ejemplo de frase-guiño que funciona para pegarle al malo: imagine que los protagonistas están almorzando y uno no quiere comer cerdo. "El cerdo cae pesado" define. Ponemos fast forward y, en plena pelea final en un galpón enorme, el malvado está por consumar su victoria cuando el protagonista activa una palanca, se abre un container y 200 cerdos caen sobre la cabeza de la encarnación del mal con acento extranjero. Entonces, mientras levanta a su compañera, el galán le dice con una sonrisa "¿Ves? te dije que el cerdo caía pesado". Así funciona.



Orgulloso, le presenté estas reflexiones fruto de una ardua investigación a mi mujer. "Sos un enfermo" reflexionó.

Quiero una segunda opinión de mi médico.


viernes, 16 de septiembre de 2011

Fermín


Son las siete y media de la tarde. Un vagón de subte que ya no está atiborrado, pero cuyos pasillos todavía albergan gente parada. Y una persona que sube con un parlante, un micrófono y una guitarra. Es Fermín.

Ya conocemos a Fermín; lo hemos visto en dos o tres ocasiones. En el mundo de los títulos autoimpuestos -allí donde Atlanta es el capo de la "B" y yo soy un crack- Fermín es músico. No sólo lo atestiguan su guitarra y su micrófono sino también su pelo desaliñado, su remera gastada, su pañuelo al cuello y sus pantalones chupines. Sabiendo que cuenta con esos testimonios irrefutables, Fermín toma la palabra frente a los que ha impuesto que serán su público. Nos explica que -para el que no se dio cuenta- él es músico. No un músico de subte, no. Él tiene una banda. Pero los meandrosos caminos de la vida lo obligan a llegarse hasta el subte (un Hades tan simbólico como literal) para obsequiarnos con su talento a cambio de lo que nuestra generosidad (¿generosidad? ¡justicia más bien!) quiera retribuir.

El problema es, desde el primer momento, que los viandantes no retribuyen nada -ni siquiera una mirada- al bueno de Fermín. Los auriculares que se vislumbran aquí y allá nos permiten presumir que la gente escucha otra música o se pone algo para no escuchar la de nuestro héroe; los ojos que se posan en el libro/diario/fotocopia/etiqueta con información nutricional que cada uno lleva o -a falta de un texto propio- en el de al lado nos indican que existe una resistencia.

Y Fermín lo nota. "Parece que no hay onda" reflexiona en voz alta. El didascálico valor de sus palabras no permite escapar a la invitación: un ruego espontáneo del público, una súplica conjunta, un pedido popular de rectificación o la explicación justificante de un malentendido se imponen naturalmente. Pero parece ser que nos encontramos entre una multitud contra natura, porque no pasa nada de eso. Sólo textos y auriculares.

Fermín sigue buscando una mirada cómplice. Incómodo, a 70 centímetros del Maestro,el que escribe parece desafiar al primer párrafo del libro que tiene entre manos a ver quién pestañea primero. No puedo quitar la mirada de esa hoja. Fermín está muy cerca y me interroga con la mirada. Lo siento. Siento sus ojos escrutadores cuando pasan una y otra vez por el lugar donde me acodo. Ya conocemos a Fermín. Se impacienta facilmente Fermín.

"Yo a veces no sé qué hago acá" brama. ¡Silencio! ¡que nadie se atreva a sumarse a la pregunta! El Maestro se encuentra en un debate consigo mismo. Se pone en duda y se reafirma. El tiempo parece detenerse, dejando a los ocasionales habitantes del vagón suspendidos en un momento infinito, del que sólo nos puede rescatar el arribo de Fermín a una conclusión.

"Yo suspendo" anuncia. No debería quitar la vista de mi párrafo, pero no puedo evitarlo. Aunque haga contacto visual y me transforme en una estatua de piedra, debo ver la reacción de Fermín. Pero él, magnánimo, ya se ha dado vuelta contra la puerta y canturrea algo mientras toca la guitarra desapasionadamente.

Detrás de él: el vacío. Sólo un tendal de textos y auriculares; algún remordimiento quizás, probablemente varios alivios; un párrafo fijo y una frase. Una frase que brota de lo más hondo del corazón, a apenas 70 centímetros de ese portento del ritmo:


"Fermín, dejá de hincharnos las pelotas".




Que lo disfruten con salú.



lunes, 13 de junio de 2011

Fantasía




Sabía que al traspasar esa puerta, ya no serían más compañeros de oficina. Aunque no quisiera admitirlo, estaría exponiendo una parte de sí a la que un compañero de oficina claramente no accede. La miró por última vez antes de cruzar la puerta -ese hito visible de una frontera invisible- y le dijo: 'Vamos'.


Ella miraba para abajo, se la notaba tímida. Y él la entendía, por supuesto, él mismo abrigaba sus dudas. Pensaba en la cara de su mujer si se enteraba de lo que iba a hacer, pensaba en sus hijos. Pero necesitaba este momento, y no podía mostrarse titubeante.


'Un turno, por favor'. Al decir esas palabras, la inminencia se le vino encima; él trató de escapar racionalizando todo el asunto. 'En el fondo también es por ellos. Si estoy más contento voy a tratarlos mejor, a ser más paciente...'. Pero la excitación y la ansiedad que sentía lo delataban. No era por ellos, era por él. Además, estaba arrastrando a otra persona en su caída. Lo cierto es que, si uno va a ser egoísta, lo mejor es no pensar demasiado. Si uno quiere satisfacer deseos físicos, no hay que darle demasiado espacio a la razón.


Y así entraron a la habitación. Todo estaba en un estado de semi penumbra que expresaba bien sus deseos, que desnudaba sus planes, que reflejaba su estado interior. Enceguecido, presa de una pasión que nublaba cualquier escarceo de prudencia, se metió rápidamente entre las sábanas y -con una sonrisa en la cara- pregustó el placer por venir. Entonces la miró. Ella sabía que estaba allí para cumplir una función, pero se sorprendió por la impulsividad de los movimientos. Tomó coraje y le preguntó lo que quería preguntarle desde el momento de aquella sorpresiva proposición: 'Vos sabés que hay aparatos que podrían hacer esto ¿no?'. 'No es lo mismo' respondió él '...y, en mi estado actual, no puedo confiar en una máquina'. Dicho esto le clavó una mirada entre suplicante y admonitoria, como mostrando que no podía echarse atrás. Ella sostuvo esa mirada un rato hasta que, finalmente, asintió brevemente con la cabeza. Entonces él, no pudiendo contener su sonrisa, le dijo:



"¿Me despertás en una hora?"



Y, dándose media vuelta, se dispuso a dormir.



lunes, 9 de mayo de 2011

La guerra del Golf


La vista al frente, hacia el horizonte, donde se vislumbra el fin, la meta, la realización del deseo. Un hombre que ya no es más un hombre sino una pieza estética; una mezcla de potencia y gracia; de soltura y cálculo milimétrico; todo en movimiento; todo fluyendo hacia la consecusión de la perfección.


Mi primo estuvo de visita. Hermanados en la infancia por una amistad en la que el lazo de sangre no era sino un dato más que se agregaba a una larga lista de acuerdos, intereses comunes y códigos propios, el espacio y el tiempo quisieron atentar contra ese vínculo multiplicándose el uno y fragmentándose el otro. Yo me convertí en profesor de Filosofía y él en Ingeniero Civil; él me acusa de construir castillos en el aire y yo le recuerdo que construye castillos en la tierra. Así, a 1400 kilómetros de distancia y con una creciente cantidad de compromisos, sólo podemos reavivar esos momentos muy de vez en cuando. La semana pasada fue muy de vez en cuando.


Cuando uno se ve muy de vez en cuando, se da cuenta de que lo esencial no cambia. Uno es el que es y hace las cosas que hace. Pero, debajo de las grandes estructuras, hay una infinidad de detalles menores que sí van cambiando: hobbies que uno comienza, personas que va conociendo, rituales que incorpora, cosas que adquiere y una larga lista de etcéteras. La anterior vez que nos habíamos visto, mi primo me comentó que dentro de ese listado había un nuevo ítem incorporado precariamente: el golf. Y me invitó a hacer la prueba de incursionar en él. Nuevamente, la linealidad del tiempo impidió que tal incursión se realizase, pero quedó como pendiente. Hasta la semana pasada.


Antes de ir al hecho bruto, quisiera dar mi apreciación del golf en ese momento. Entendía que se trata de un deporte que uno debiera comenzar a practicar cuando se arruina las rodillas jugando al fútbol. Sobre su dificultad, no desconocía el mérito de dirigir esa pelotita hacia donde el jugador lo desea, pero entendía que dar un palazo para que la pelota salga despedida -como se requería en la práctica propuesta de ir al Driving-, no debía revestir demasiada dificultad. Pensaba.


Si bien la idea era, como acabo de decir, simplemente ir a pegarle a un canasto de pelotas*, consideré que era mi oportunidad para disfrazarme de golfista. Me puse una linda chomba y desenterré mi cap ("gorrito", si usted no frecuenta los courts) del fondo de mi tercer cajón. Al mirarme pensé que destilaba un aura golfística que no podía traer aparejada sino buenos golpes. Al llegar al lugar, la conversación entre mi primo y el señor del Driving me devolvió a mi lugar de neófito.




- ¿Así que tienen Green Fee?


- Sí, pero corto, no más de 50 yardas.


- O sea que no salen con todos los palos.


- No, con el pitch, el sand wedge y la snitch** se las arregla.


- Bueno, igual nosotros venimos sólo al driving, así que vamos a alquilar sólo dos palos.


- Bien, ¿cuales prefiere? (a esa altura, yo había dejado de ser un interlocutor válido)


- A mí dame un hierro 6 y... -me miró de arriba a abajo- ...un número 9.




Al parecer yo era un 9, sin que tuviese en claro que decía eso de mí. Fuimos a los boxes desde donde uno tira -él a uno, yo al de al lado- y empezamos.


Primer tiro: rastrón miserable que consigue avanzar unas 20 yardas (no, no, los 'metros' dejélos en casa, acá nos manejamos con yardas. Y no me discuta porque le tiro esta pinta de cerveza por la cabeza)


Segundo tiro: pif. La pelota avanza unos humillantes 15 centímetros.


Momento de asesoramiento técnico por parte de mi primo: "pies simétricos, flexioná las rodillas, levantá el mentón, el culo más para afuera, los brazos rígidos, no muevas la cabeza, todavía no muevas la cadera y no hagas fuerza con los brazos. Pero, sobre todo, estate suelto y relajado". Estas últimas palabras contrastaban con -básicamente- todas las anteriores, así que no supe si debía abandonar la posición de górgola en la que me encontraba o intentar usufructuar las posibilidades que me brindaba la recién presentada técnica.


Tercer tiro: swishhh. Aire. La pelotita sigue en el mismo lugar. Impertérrita.


Cuarto a décimo tiro: swishhhh. No logro pegarle a la pelotita. La frustración aumenta.


Para ahorrarle tiempo, los siguientes 10 a 15 tiros transcurrieron entre 'piffs' y 'swishhhs'. Hasta que, de repente...







La vista al frente, hacia el horizonte, donde se vislumbra el fin, la meta, la realización del deseo. Un hombre que ya no es más un hombre sino una pieza estética; una mezcla de potencia y gracia; de soltura y cálculo milimétrico; todo en movimiento; todo fluyendo hacia la consecusión de la perfección.


¿Cómo dice? ¿cuantas yardas? ¿es eso importante? Vea la plasticidad; observe a las leyes de la física juguetear alegremente; escrute a la naturaleza que parece usarme aquí para mostrar sus posibilidades; deleitese con las contorsiones de ese rígido palo número 9 que aquí parece plastilina en las manos de un artesano del golf. ¿Qué dirían los antigüos escoceses si pudiesen acceder a esta impresionante imagen? ¿qué palabras podrían expresar sus sentimientos frente a este punto que parece concentrar la trayectoria de aquello a lo que dieron comienzo? Me atrevo a pensar que dirían algo así como...








"¡¡¡SWISHHHHHHHH!!!"





Muchachos, el martes vuelvo al fútbol. Que lo parió.




* Aunque hablo de las pelotas que están dentro del canasto, hubo un momento en que pegarle al canasto contenedor no estaba fuera de las probabilidades.


** sé que no se trata de un elemento golfístico sino de una pelota de quiddich (juego de Harry Potter) pero bueno, no puedo acordarme de todos los nombres.






miércoles, 17 de noviembre de 2010

Sobreviviente


Es un lugar común, ampliamente difundido, que hay que enfrentar los miedos. Psicólogos, educadores, consejeros y guionistas de películas de Disney nos lo repiten incesantemente. Solo accederá a una vida mejor cuando haya pasado por el mal trance hasta el punto de dejarlo atrás. Pero uno se siente cómodo de este lado del tunel y se hace el distraído. Incluso cuando se trata de un hecho puntual, lo va relegando mentalmente, como si no dedicarle el pensamiento le quitase toda entidad, todo peso real.

No puedo negarlo: yo lo sabía. Lo supe con bastante anticipación, pero no quise enfrentarlo. El tiempo siguió avanzando (sospecho que -por maldad pura- de hecho lo hacía más rápidamente) hasta que el momento temido se presentó a mi puerta, impiadoso: mi mujer se iba todo el fin de semana y yo me quedaba solo con las dos chicas.

No me malinterprete, amo profundamente a mis hijas. Y es precisamente por eso que temía ese momento. Yo paso tiempo con ellas y colaboro en los menesteres logístico-afectivos, pero justamente eso es lo que me hace valorar que seamos dos. Para que pueda intuir de qué estoy hablando, le pido que recuerde la escena de Rocky II en la que Rocky persigue a la gallina. ¿La tiene? La imagen, no la gallina. Ahora imagine que hay no una sino dos gallinas. Imagine además que esas dos gallinas se bajaron un pack de 6 latas de Red Bull. Por otro lado, no sé si usted lo sabe, pero hay eremitas que duermen 4 horas por día. Ahora imagine al actor Colin Farrell volver de una noche de excesos y descontrol y...no, ese es Colin Flirth. Colin Farrell, el de Swat ¿no? El de DareDevil. El malo. No, no el morocho enorme, el irlandés loco. Sí, sí, mala película. Bueno, imagínese que cuando vuelve de la jarana se entera que solo podrá dormir 4 horas. Imaginemos, por último, que Colin Farrell es narcoléptico. Pues bien, así pintaba el fin de semana: como un actor hollywoodense mal dormido vestido de monje eremita persiguiendo 2 gallinas alteradas por una bebida energizante. Dígame si no hubiese tenido miedo.

Largar el sábado a las 7 de la mañana no fue prometedor, pero si Rocky llegó a hacer 4 películas más, yo llegaría al domingo. Durante un día completo fui a la vez la ley y el consuelo al infractor; fui chef y mozo; animador y guía televisiva; asistente de vestuario y recolector de residuos; médico y mago amateur. Como sólo una de las pequeñas (la que amaneció a las 7 am) duerme siesta, la noche encontró una versión bastante desmejorada de Pablo Benegas. Los pormenores poco importan aquí. Ellas habían sobrevivido comiendo 4 comidas y yo también.


Lo bueno es que desde el principio existía un horizonte. Como eramos varios amigos que nos encontrábamos en una situación análoga, uno había realizado un análisis lúcido y realista: "El sábado vamos a aguantar, pero el domingo puede llegar a ser terrible". El plan era claro: nos íbamos a juntar todos a comer un asado en una casa con jardín y pileta donde los niños pudiesen correr (lamentablemente la pileta estaba llena así que tuvimos que dejarlos correr por el jardín nomás). Combinando cierta autogestión con una mayor oferta, las últimas horas serían una papa. La hora pactada para el reencuentro con nuestra mujeres era clara: 17:30 hs. así que, hasta entonces, seguíamos por las nuestras.

Señores, lo que vi en ese encuentro todavía no ha abandonado mi alma: ánimos vencidos, convicciones horadadas, fuerzas vitales extintas; vi muecas que fusionaban asombro y pavor con un secreto reconocimiento y escuché a varones insultar contra la linealidad del tiempo; ojos inexpresivos de shock traumático se entrelazaban con ojos vidriosos de llanto contenido. Una generación pletórica de energía proclamaba su victoria contra un grupo de ex-jóvenes.

Pero como lo saben quienes juegan el futbol, cuando no da el físico hay que recurrir al oficio. "Oficio" puede querer decir dos cosas: que uno sabe donde pararse para regular y así optimizar la capacidad física o, también, entrar a dar murras a diestra y siniestra amparado en la mayor afinidad generacional con el árbitro.

Empezamos por lo primero. Advertidos de la compulsión a la repetición de los infantes, se trataba de encontrar una actividad congregante. Uno ensayó un juego de caza de aves con un palo y una canasta. Duró hasta que el bloque infantil se dividió entre los que proponían una espera estratégica para que los pájaros se acercasen a la trampa y los que preferían un ataque frontal a los gritos. El intento de congregarlos bajo "la Era del Hielo 3" sólo consiguió aumentar el fastidio de los padres que no habían visto "la Era del Hielo 3" y que no conseguían hacerlo merced del desbande generalizado. "¡Murra!" gritaba la tribuna. "¡Y pegue, y pegue, y pegue Pablo pegue!". Pero no conseguíamos alcanzarlos.

A las 17:29 hs, exhaustos y superados numéricamente, nos apersonamos en el lugar para encontramos con las profesionales de la materia: las madres. Alivio y alegría.

No me importa lo que digan: que no es para tanto, que los roles son meras contrucciones culturales perfectamente intercambiables, que soy un inútil y estoy rodeado de inútiles, pero mi conclusión es que madre hay una sola.


Sólo espero que no encuentre la llave de la puerta de salida que escondí.


viernes, 15 de octubre de 2010

Procrastinación


Me miran. Lo puedo sentir. Si bien un observador neutral sostendría que sólo yacen apaciblemente sin hacer movimiento alguno, yo sé que me están mirando. Y se sonríen, y se burlan de mí. Saben que cuentan con la ventaja que da la necesidad. Saben que tarde o temprano la victoria será suya.

Una pila de finales (5 preguntas, todas de desarrollo) me espera en el escritorio. Hojas y hojas que hablan exactamente de lo mismo. Bueno, eran dos temas, pero aún así. A pocos centímetros, otra pila de trabajos prácticos parece saludarme con sorna. "Y después yo" parecen decirme socarronamente, concientes de que no me interesa lo que tengan para decir. Y eso sin contar que ya corregí un curso entero (cerca de 60 alumnos, 5 preguntas, todas de desarrollo) lo que ha mermado si no aniquilado la motivación que pude haber tenido. Empezar a corregir y ver que mientras la pila de corregidos se mantiene constantemente al ras, la pila de los por corregir parecen aparearse y reproducirse mientras tanto hace que uno reconsidere el valor de la cultura.

Ya no me acuerdo si fue el año pasado o a principios de este mismo año, pero en cualquier caso fue la palabra del año. Un descubrimiento. La palabra procrastinación venía a llenar un vacío léxico en mi vida. Cuando uno le puede poner nombre a las cosas entonces se tranquiliza. Y ese es el nombre perfecto para describir lo que hago mientras escribo este artículo. En este punto ya son 3 los exámenes que no corregí por hacer...que se yo...esto. Así que vamos a procrastinar como se debe, y les contaré como llegué aquí (a este momento, a este estado) aportándoles algunos datos que no les aportarán nada y preguntándoles cosas que quizás nunca se preguntaron (y no por profundas)

Todo comienza esta mañana en la oscuridad de mis aposentos, donde con mi mujer nos enredamos en una competencia de quién lograba postergar más el despertador. Entre snooze y snooze parecía que había un flipper en el cuarto.


No, no este.


Este.


Finalmente gané y -como la competencia me dejó extenuado- festejé quedándome 5 minutos más en la cama.

¿Cuál es su estrategia con el despertador?

a) ponerlo lo más tarde posible y salir a las corridas. ¿Quién necesita desayunar, bañarse o sacarse el pijama para ponerse el traje?

b) ponerlo más temprano para poder hacer fiaca antes de salir de la cama. Como la computadora, entre que se prende y que está lista para funcionar pasa un tiempo. En mi caso se trata de una computadora con Windows 95.

c) ponerlo a la hora que se tiene que levantar. Aunque estrambótico, quizás haya gente que lo haga. Hay de todo en la viña del Señor.

Ya lanzado al mundo exterior, me dirigí hacia el subterráneo. Si bien descarto viajar sentado, sé que depende del día de la semana y la hora, podría viajar en modalidad "caramba, somos sorprendentemente pocos", en modalidad "somos bastantes pero cada cual tiene su metro cuadrado" o en modalidad "estamos violando las leyes de la física y -si alguien hace un mal movimiento- podríamos estar violando a secas". Hoy me tocó la segunda opción (ya deben ser como 5 los exámenes que podría haber corregido) y, como cuando está fresco, la temperatura del subte era agradable. Quizás eso me permitió reflexionar en que , no sólo en el subte sino que en cualquier transporte público, uno suele coincidir con otras personas que realizan "actividades de viaje" de las que uno, a veces con intención y otras sin ella, puede participar.



Cuando viaja en transporte público ¿a qué cosas presta atención?

a) trata de leer las noticias del diario que lee el pelado que está al lado suyo. Algunos con ver algún título se conforman. Otros casi que se fastidian si les pasan la página antes de tiempo.

b) trata de escuchar qué música oye el muchacho del MP3. Dejo de lado al infeliz que directamente comparte sus gustos musicales con el resto de los pasajeros.

c) se contorsiona para tratar de ver el título del libro que lee la chica que está a metro y medio. ¿Qué quieren que les diga? Me provoca curiosidad. Incluso puede generarme simpatía o antipatía dependiendo de lo que esté leyendo. Lectores de Stamateas y Dan Brown, abstenerse.


Si bien indudablemente le prestaría atención,

dudo que me sumase (más de estos aquí)

Todas las opciones son desaconsejables si usted viaja en auto. Sobre toda la de hacer aros. La cuestión es que finalmente llego al trabajo. Me siento en mi escritorio, prendo la computadora y veo que me esperan los citados papeles. Nos situamos aquí en un momento que divide tipos de personas.

Cuando llega al trabajo, usted:

a) Establece las prioridades del día y va sacándolas una a una eficientemente. si yo le dijese que una de sus prioridades es corregir finales de ética (5 preguntas, todas de desarrollo) ¿qué me diría?

b) Se acuesta sobre su escritorio y le dice a su jefe que lo despierte para ir a almorzar. ¿El escritorio no es algo duro? ¿no tienen alfombra en su oficina? ¿qué tal es Narnia?

c) Si bien en un rato empieza con todo, como una computadora con Windows 95, necesita acomodarse en el día y por eso hace una breve recorrida por blogs como Kairós. Que lo disfrute con salú.


8 exámenes y medio. Deséeme suerte.

martes, 3 de agosto de 2010

Viaje al séptimo circulo del infierno



El viernes, mientras el cielo se caía sobre la ciudad de Buenos Aires, yo me encontraba en el centro de documentación de la Policía Federal Argentina. Corrijo, mientras el cielo se caía sobre la ciudad de Buenos Aires, yo caminaba hacia el centro de documentación. Siguió cayéndose mientras estaba adentro, pero ya no me importó tanto.

A nadie escapa lo que implica una visita a una dependencia oficial. La palabra 'burocracia' se abre paso en nuestra cabeza como un hipopótamo en un cumpleaños. En un cumpleaños de niños. De niños humanos, por supuesto. Porque los hipopótamos no festejan los cumpleaños. ¿Usted está tomando algo? la cosa es que uno sabe que visitar uno de estos lugares, por más que ya lo haya hecho anteriormente, implica mucha confusión, búsqueda de información donde generalmente no la tienen, papeles faltantes y tiempo, mucho tiempo.

Esta vez, decidí que sería distinto; el Leviatán no me vencería. Asesorado por páginas oficiales y acompañado por la impresora y la fotocopiadora del trabajo, me hice presente con todo lo necesario para decir "tengo todos los papeles, Sí, ese formulario también" mientras arrojo el sobre encima del mostrador con gesto dramático y aire de suficiencia. El plan era infalible: viernes antes de empezar las clases. Los que se fueron de viaje ya tienen que haberlo hecho. Las condiciones climáticas invitan a no salir a la calle sin una canoa. Pim pam pum.

La refutación tomo forma de hormiguero humano. Sin saber en qué mostrador debía arrojar el sobre con gesto dramático y aire de suficiencia, me desorienté un poco. Pero no me vencería. No esta vez. Vi una fila y entré en ella. Media hora más tarde, me encontraba cara a cara con una empleada con expresión de que yo había hecho algo mal: "¿Para qué trámite?". "Pasaporte. Traje tod...". "A este formulario le falta la parte de atrás. Tomá este y te llaman por el número".

Casi. Maldito formulario. Pero ya tenía número: el 1181. Miro la pizarra: 811. O sea que estaba a...me llevo uno...menos ocho... ¡370 números! de mi gesto dramático. Agarré el aire de suficiencia que tenía y me lo gasté yéndome a comer una pizza en las adyacencias mientras el cielo... ¿ya dije que el cielo se caía? Volví a la hora y pico, cuando la ansiedad había conseguido arruinar mi suficiencia.

945.

Me volví a ir, de guapo que soy. Fui a una universidad a preguntar algo, me encontré con una amiga y volví ya para el 1010. En aquél lugar donde el tiempo no puede entrar, lejos de mis mejores tiempos en el Sudoku de mi celular y sin fuerza vital para leer los libros que había llevado (básicamente por el cansancio que me había ocasionado acarrearlos mientras el cielo...si, veo, ya entendió) me dediqué a ver los televisores de las salas de espera. Y debo decir que todo mi recorrido me permitió reflexionar sobre las apariciones en TV.

Los resultados de mi investigación arrojan que para aparecer en TV y ganar plata de ello no hace falta tener talento.

Prueba A

La primer televisión proyectaba el programa "Este es el Show" de José María Listorti. Ante todo, hay que aclarar que se trata de un programa que habla sobre otro programa. Es como si uno pintase una pintura de otro; después tomase esa pintura, la arrojara en un chiquero durante una pelea de cerdos salvajes; posteriormente levantase la pintura destruida junto con el cerdo perdedor, los clavase en la espalda de un jorobado y lo pusiese a bailar; luego filmase al jorobado danzarín y por último hablase sobre la cinta. Sólo que sin la pintura. Ni el cerdo. O el jorobado. Ni nada interesante.

Por lo que pude recabar, allí "debatían" Rocío Marengo y Pamela Sosa. Si hay algo peor que escucharlas debatir es verlas...y no escucharlas. En un desafío a la dinámica tradicional, la TV no tenía sonido. Por los gestos ampulosos y la duración del debate, claramente éste debía rondar en torno al futuro del euro y la necesidad de moralizar la economía después de la experiencia reciente. Pero entonces la pantalla se partió en tres y apareció este enano de mandíbula prominente que encarna en sí la superficialidad misma, mientras habla como si fuese un estadista. Él seguro que hablaba de cosas cholulas e intrascendentes.


Te odio, baldón de los hobbits.

Pero entonces llegó mi turno. Con emoción me abalancé sobre el mostrador presentando todo. Miraron los papeles, pusieron un sello... y listo.
"¡No! Esperé mucho tiempo para llegar aquí, así que ahora voy a hacer preguntas sobre todos los documentos posibles y sobre 70 contravenciones que harían que me los confisquen en países de Europa del este" dije, mientras me sacaba la gente de seguridad. Hice el pago en un trámite singularmente rápido y me encontré en la sala de espera número 2. Allí se respiraba otro aire; sólo estaba a 80 números de mi turno y habían dos televisiones, una de las cuales tenía sonido.

Peor.

Prueba B

La televisión de la derecha, que no tenía sonido, nos regalaba "Bañeros 3: superpoderosos". Claramente, la producción le había prohibido la participación a quién hubiese tomado alguna vez clases de actuación. Los jefes de los malos tenían un puchero de enojo que indicaba que su madre los había dejado sin postre; el ejército de los malos eran ¡ninjas! que... eran ninjas, man, pará un poco; los buenos eran una mezcla entre los papeles de Bill Murray en los 80 y los del Dinosaurio Barney en los 90. Pero siempre se puede estar peor. Como en el televisor de la izquierda. Se trataba de momentos culminantes en la telenovela "Mi Pecado". Mi pecado fue el de no cerrar los ojos, y el de ellos fue dedicarse a actuar en lugar de cargar bolsas en el puerto. Un muchacho-de-nombre-compuesto-que-a-este-fin-llamaremos-Carlos-Alfredo* discutía con su madre. De pronto: flashback (pantalla en blanco y negro) Carlos Alfredo discute con su tiránico padre quién le pone la mano en el rostro y lo tira. La caída de Carlos Alfredo se asemeja a la de quién quiere acostarse sin ensuciarse el pantalón. In-cre-í-ble. La madre busca consolarlo mientras él la aparta violentamente y dice que va a ir a buscarlo al padre, que a esa altura ya hizo de chofer en una telenovela paralela. Pataleta de Carlos Alfredo. Llanto de la madre. Llanto de todos los que no nos avivamos de romper la televisión 10 minutos antes.


Un profesor de teatro a la derecha, por favor.

Justo cuando la madre descubre que Carlos Alfredo había matado a su padre (que se lo merecía por no sacrificar a Carlos Alfredo mientras era niño) me toca ir a sacarme la foto.

Con respecto a las fotos de los documentos, tengo una teoría: la calidad de la foto es inversamente proporcional al tiempo de duración del documento. Si se trata de una licencia de conducir de 5 años, la foto puede ser aceptable, pero si se trata del DNI que tendrá que mostrar por el resto de su vida, Cuasimodo -con un cerdo envuelto en una pintura clavado en la espalda- será un galán comparado con usted. Lo cierto es que, además, no soy fotogénico. Al ver fotos juveniles lo atribuí a la seriedad, pero la sonrisa me confirmó que claramente el problema era otro. Dispuesto a evitar los infames extremos en el caso actual, opté por una ligera mueca de sonrisa que tan bien me había funcionado en los pasaportes anteriores. Cansado como estaba, con el pelo aplastado por la lluvia (porque, si no se entendió, el cielo que se cae es una matáfora para la lluvia torrencial) y con esta mueca, el resultado fue la foto del perfil del psicópata en las series norteamericanas. Lo peor, lo que me atormentará hasta que vuelva a renovar el pasaporte, es que viendo la foto impresa me percaté que tenía el cuello del saco doblado. No sabe hasta qué punto esto me perturba.

Después de dejar mis huellas dactilares y descubrir que el jabón no surte tanto efecto cuando se lo acompaña sólo de toallas de papel y no de agua, gané la calle esperando que el monzón me ayudase a lavar mis dedos y mi contaminada alma. Pero la lluvia había cesado. Con tinta en los dedos y Carlos Alfredo en la memoria, dejé el centro de documentación tras casi 5 horas. Me sentía como si hubiese estado en un cumpleaños y un hipopótamo me hubiese pasado encima.


Que lo disfruten con salú.



* acabo de averiguar que el erpsonaje de Carlos Alfredo en realidad se llama Carmelo.

lunes, 17 de mayo de 2010

Día de oficina




9:10 Entro a la oficina. Seamos sinceros, entre entrar a las 9 y hacerlo a las 9 y 10 prácticamente no hay diferencia. 10 minutos, si quiere ponerse en auditor.

9:14 Luego de unos saludos de rutina, prendo la computadora.

9:15 Saludo cordialmente al resto de mis compañeros en esta épica aventura de transformar diariamente al país.

9:25 Termina de prenderse la computadora.

9:30 Ya tengo todo listo y funcionando. Estoy en condiciones de empezar a trabajar: el outlook, el teléfono IP, los archivos prestos a ser abiertos sin trabarse porque la máquina recién está calentando, todo. Pero recién acabo de llegar. Nadie espera que empiece de lleno. Con ese ritmo trepidante no llego al mediodía. Es un sobreentendido que la primera hora no se trabaja. Aprovecho para revisar mis mails, ver de qué viene la cosa en algún diario on-line, visito un par de blogs cercanos, dejo algún comentario, abro otro diario para poder comparar el tratamiento de la información.

10:42 Termino de hacer la recorrida matinal. Me pregunto si me habrán contestado alguno de los comentarios que deje. Hago una rápida pasada por algunos de los lugares donde estuve y sumo algunos blogs de mi segunda línea de seguimiento al recorrido.

11:27 Finalizada una infructuosa segunda vuelta, me pongo de lleno en el trabajo.

11:29 Se me ocurre una idea para un post. Anoto las ideas principales para no olvidarme y después, cuando tenga tiempo, lo escribo.

12:20 Termino de anotar las ideas. En el entusiasmo casi casi terminé el post. Teniendo en cuenta que a las 13 horas me voy a almorzar ¿qué esperan que haga en sólo 40 minutos? Es tiempo perdido. Para hacer tiempo releo el primero de los diarios que abrí.

13:34 ¿Ya la una y media? Eso me pasa por entrar a la sección espectáculos. Como la mañana ha sido larga, me voy a tomar mi merecida hora de almuerzo.

14:50 Vuelvo del almuerzo. Es evidente que uno no puede abocarse al trabajo hasta haber digerido. Me haría mal y podría morir. Ah, no, eso es si te metés a una pileta. Peor, yo no estoy en una pileta sino en una oficina. Y ni siquiera tenemos una hora de siesta como en España o Tucumán. No, si yo soy un mártir. En compensación, emprendo una nueva vuelta por los blogs. Respondo a las respuestas a mis comentarios, comento otro poco, descubro un blog nuevo que parece entretenido, leo sus posts viejos.

15:21 Termino. Ahora sí me pongo todas las pilas para sacar un tema tras otro.

15:22 Promediando el primer tema me doy cuenta de que no reviso mi mail desde la mañana. Eso me pasa por estar a mil.

15:24 Encuentro un mail con un attach divertido.

15:28 Envío el attach a varios amigos. Nos trenzamos en una picaresca ida y vuelta de mails.

16:05 Son las 4 de la tarde. Y yo casi no he cortado. Me voy a tomar un café.

16:53 Vuelvo. Reviso el status quo de la web. Todo en orden. El diario tienen una nueva noticia sobre algo en la India, pero no me meto. Con estas cosas hay que medirse para no perder el tiempo.

17:08 Entramos en la última hora laboral. Lo que no se hizo hasta ahora dificilmente se pueda hacer ahora. ¿Me habrán contestado mi contestación? ¿qué será de aquella cuenta de hotmail?

17:52 Cierro todo. Hasta que llegue a la puerta ya van a ser las 6 y yo no estoy para andar regalando mi tiempo. Me voy con el orgullo de haber participado en esta épica aventura de transformar diariamente al país.


viernes, 1 de enero de 2010

Promesas incumplidas (un regalo de navidad)


Ante todo, le doy la bienvenida a este espacio en este reluciente año que estamos estrenando. En un hecho por demás significativo, nos reencontramos después de un hito cronológico. Usted no es el mismo, se lo puedo decir. Por ejemplo, está mucho más achinado de lo que lo recordaba. ¿Cómo? Ah, entiendo. Sí, sí, también me han dicho que mezclar no hace bien. Pruebe con Alical.

En fin, como este año todavía no ha traído nada demasiado substancioso, tendremos que vivir de las rentas de lo que nos quedó del año pasado. De lo último, eso sí. Es un relato casi sin uso. Pertenece al limbo que se arma entre Navidad y año nuevo.

Para Navidad mi jefe me regaló un pack en el que venían dos desodorantes y un gel de baño. Como principio, que una persona con la que trabajás te regale un desodorante parece un llamado de atención. Pero resulta que no, que lo hizo porque la fragancia contenida en los dos desodorantes y el gel de baño al parecer atrae hordas de mujeres en bikini hacia la persona que la use. Ahora bien, con ese gesto me puso en un brete ya que, aunque lo que pude ver en la publicidad es que las muchachas que forman parte de la horda en cuestión son bastante agraciadas, yo estoy casado. Y mi mujer no creo que entienda que verme sepultado entre féminas ligeras de ropa sería simplemente un gesto de buena educación de mi parte. Después de todo, es mi jefe caramba. Pero no, al parecer tiene un problema con las hordas. Es más, de vez en cuando me pregunta con desaprobación: "¿Estoy horda?".

La cuestión es que el otro día me estaba bañando y lo vi. El gel de baño estaba ahí. Tomé el frasco y lo inspeccioné. Acostumbrado al jabón (de glicerina generalmente, de crema una vez por lustro) lo que vi me llamó la atención. Sobre todo una leyenda en la parte superior del anatomiquísimo frasco: "25 usos".

¡¿25?! Para enjabonarse: 1. Para ¿lavarse el pelo?: 2. Ponele que para afeitarte o como after shave: 3. Para... (vacío mental)

Con algunas ideas ligeramente extrañas y otras francamente ilegales, llegué a recolectar 18 usos posibles para un gel de baño. Comparto algunos:

Uso posible nº7: para jugar al fútbol en el recreo del colegio cuando falta una pelota.

Uso posible nº11: si estás atrapado en un refugio cubierto por 4 metros de nieve y en la despensa hay solamente dos frascos de gel de baño, entonces podés comer este, que tiene aroma a chocolate.

Uso posible nº14: para aliñar una ensalada Caesar.

Uso posible nº 17: para enjabonarse. ¿Ya lo dije? ¡diablos!

La cosa es que -aún desaprovechando un misterioso potencial- usé el bendito gel de baño. Cuando salí de bañarme me sentí culpable. Debía blanquear la situación antes de que una horda de muchachas en bikini lo hiciera. Encaré a mi mujer y le dije: "Querida, usé el gel de baño. Perdón". Quizás porque no dimensionó el problema o porque éste la apabullo, la cosa es que se quedó mirándome extrañada. Pensé que lo mejor era dejarla reflexionando mientras yo enfrentaba a la multitud de mujeres desesperadas por entrar en contacto conmigo para explicarles que fue un error o un gesto de buena educación para con mi jefe, que me había regalado el gel de baño.

Salí a la calle y miré alrededor. Todo estaba en aparente calma. Cerré los ojos a fin de percibir el murmullo de los pasos de un tropel de seres cromosómicamente XX pero lo único que escuché fue al 132. Presté atención a lo cercano, una chica estaba a dos metros caminando en dirección a mí. Me cubrí. Pasó de largo. Quién sabe, quizás no fuese una XX. Con las cosas que uno ve hoy en día. Pero pasaron varias más, ninguna me dio ni la hora. Lo que interpreté como un gesto de animosidad, ya que no cuesta tanto responder a una pregunta directa. Además, por no saber la hora terminé llegando tarde al trabajo.

Después de toda la experiencia, en mi cabeza quedaron dando vuelta dos pensamientos. En primer lugar, que al parecer las cosas no siempre son como las muestran las publicidades. En segundo... ¡¿Qué otros 24 usos puede tener un gel de baño?!

Que disfruten el 2010 con salú.

martes, 14 de abril de 2009

Todo tiempo pasado fue anterior



Más de una vez me he preguntado si no vivimos en tiempos poco propicios para la literatura. Para escribirla, digo. Cuando uno lee novelas sobre personas del siglo, pongamos por caso, XVIII, uno entra en una atmósfera que tiene algo de romántico: la vestimenta, la casa con chimenea, los caminos de tierra cercados por la bruma, las cartas con novedades importantes, las conversaciones profundas en tono afectado... Luego uno se vuelve hacia el hoy y se encuentra con seres de musculosa y jogging encerrados en un ambiente con aire acondicionado mientras expresan sus sentimientos en el chat a través de emoticones. Que quiere que le diga, yo con eso no puedo trabajar. Así que me propuse traer un poco de esa magia a nuestro prosaico tiempo, convirtiéndome a mí mismo en el héroe de esta emocionante aventura que llamamos vida.


¿Por donde empezar? me pregunté. Y me pareció que uno no puede tener aventuras como la gente si tiene que responder a un trabajo de 9 a 18 hs. Imposibilitado de obtener mi plata de las rentas de propiedades familiares o alguna herencia cuantiosa, concluí que lo más sabio era pedir una licencia con goce de sueldo en mi trabajo. Antaño los enfermos se embarcaban en viajes a Italia o Suiza porque el médico les recomendaba el aire, pensé. Y, sí; en Suiza el aire es otra cosa. No me va a comparar el aire suizo con el de, digamos, Laferrere. Es un aire muchísimo más fino. Con la convicción de que era parte de mi destino de grandeza literaria, encaré a mi jefe para comunicarle las nuevas:


Pablo: - Debo partir con premura hacia otros parajes.

Jefe: - ¿Eh?

Pablo: - Prescripciones médicas me obligan a ausentarme de estas tierras.

Jefe: - ¿Qué te pasó?

Pablo: - Siento una opresión en los pulmones por el aire del subte. Creo que unos meses en Pinamar serán reconstitutivos.


Se ve que no compartíamos convicciones sobre mi destino, porque exclamó cosas poco poéticas sobre mi madre, me invitó a realizar actos irreproducibles y finalmente me encargó que preparase una planilla de excel para no sé que reunión. Personas menos magnánimas se hubiesen desalentado, pero no un ser con destino de grandeza.


Habidas cuentas de que tendría que arar con aquellos bueyes supuse que -si no era el marco- sería el contenido lo que daría el matiz épico a mi relato. Y ¿qué son todas las grandes historias sino historias de amor? La búsqueda del amor esquivo estaría en el centro de mi epopeya. Era evidente que para tal fin mi mujer no servía. En principio porque la búsqueda sería más bien corta. La elegida debía tener algo de inalcanzable. Se imponía que hubiesen obstáculos de algún tipo: familiares, de condición social, algún otro hombre... El mundo en contra de nuestro amor.


Y fui por todo. Mi particular luminosidad intelectual me indicó quién debía ser la musa: Araceli Gonzalez. Piensenlo bien ¿quién podía cumplir mejor los requisitos que una famosa y adinerada actriz que está de novia y tiene un ex-marido poderoso? ¿soy yo o era demasiado evidente? Y aunque entendía que ella tal vez no estuviese al tanto de mi destino de grandeza, estaba seguro de que lo sabría en el momento en que un beso le abriese los ojos cual bella durmiente.


La intercepté a la salida del canal en que trabaja y le comenté de la mágica trama que se estaba desarrollando y que nos involucraba. Le produjo una gran alegría, o por lo menos eso dejó ver su sonora carcajada. Después pareció abrigar dudas. Pero yo estaba preparado para eso, así que le estampé un beso. Efectivamente hice que abriera los ojos. Como dos platos los abrió. Y después me pegó un rodillazo en la ingle. Y entonces la maquinaria se puso en funcionamiento: su novio me golpeó, unos señores que decían venir de parte del ex-marido también y, cuando estaba en el suelo, su madre escupió sobre mi cuerpo yacente. "Ya están los obstáculos, ahora viene la parte del encuentro" pensé antes de desmayarme. Pero todavía faltaban un par de obstáculos: la orden de restricción del juez y la pobreza absoluta en la que me dejó mi mujer cuando se llevó todo. Es verdad que estaba amparada en el ventajoso divorcio que sacó gracias al estado público que tomó la cuestión. Y también es verdad que esto último tampoco favoreció mi continuidad laboral, por lo que la pobreza se proyecta en el mediano plazo. En resumen, estoy donde quería.


He de ponerme en marcha. Y, aunque ahora tengo que despedirme abruptamente porque el dueño del ciber parece haberse percatado de que no tengo con qué pagarle el tiempo que he gastado en escribir esto usando mi brazo sano, sepan que la maquinaría se ha puesto en funcionamiento. En poco tiempo se habrá completado mi destino de grandeza.


miércoles, 1 de abril de 2009

Encuentro con un taxista


Cada vez que uno se sube a un taxi sabe que puede encontrarse detrás del volante con seres muy disímiles: ancianos laburantes, cancheritos de tablero tuneado, comentaristas políticos, batidores de justas (estoy convencido de que la palabra "taxativo" para indicar lo tajante , lo que no tiene discusión, debe ser un derivado de "la opinión de los taxistas"), disc jockeys de metro cuadrado, psicólogos heterodoxos, padres orgullosos, sociólogos de cafetín, técnicos de fútbol, conversadores amables o -en algún que otro caso aislado- conductores silentes. Y a esa azarosa ruleta se suma el hecho de que el humor que uno traiga puesto puede estar o no alineado con las características del conductor. Lamentablemente, la mayor parte de las veces no existe tal coincidencia. Sobre todo porque uno preferiría el silencio, lo que es, como dije, la opción más improbable.

Y traigo esto a colación porque el otro día me topé con dos taxistas de índole tan distinta que me pareció que merecían una mención. "¿Te tomaste dos taxis el mismo día? ¿con lo caros que están? ¿quién sos? ¿el Sultán de Brunei?" me podrá multipreguntar un lector. "No, desde ya que no. Dudo que el Sultán viaje en taxi" responderé. "Es un decir" agregará con impaciencia el ilustrado. "Ah, no había entendido" remataré yo. Y reiremos.

Que lindo momento...


¿De qué hablábamos? ¡Ah, sí! De los taxistas. La cuestión es que en el primer viaje se dio la siguiente conversación:

Taxista 1: - Está negro el día ¿no?

Pablo: - y...sí.

Taxista 1: - Esta mañana, cuando salí de mi casa, cayeron unos goterones grandotes. Así los goterones (acompaña con le gesto de una circunsferencia formado por la unión de dedos pulgares e índices de las dos manos)

Pablo: -Mirá vos.

Profundizamos un poco en las cuestiones climáticas y tocamos otros temas. Al llegar a un semáforo mira por la ventana, ve a unos recolectores en un camión de CLIBA y les pega el grito:

Taxista 1: - ESTÁ NEGRO EL DÍA ¿NO? CUANDO SALÍ DE CASA ESTA MAÑANA CAYERON UNOS GOTERONES GRANDOTES...

¡¿Cómo?! Pero ¡esa es nuestra conversación! Me sentí humillado, engañado en mi buena fe social. ¡Y en mi cara! Como tampoco soy Indiana Jones, me pareció una vivencia digna de ser contada. Lo que yo no sabía es que ese era sólo el aperitivo. Más tarde, a eso de las 6 de la tarde, ya vapuleado por un exigente día laboral que estaba lejos de terminar, me subí a un nuevo vehículo cuyo asiento delantero era ocupado en su totalidad por un voluminoso hombre cuyo tronco comenzaba en el respaldo y terminaba en el mismísimo volante. Rapado, con unos anteojos que dejaban ver un gran aumento y todo amabilidad, me preguntó por mi destino y se puso en marcha. Cruzando la Avenida Córdoba viniendo por Cerrito, una serie de colectivos hicieron más pesado el tráfico. Un poco más adelante, las combis que se estacionaban al costado del teatro Colón nos hicieron reprogramar la ruta, así que doblamos por Tucumán. Allí fue cuando se inició nuestro diálogo. Mientras este se estaba dando, en lo único que pensaba era en que debía retener las palabras textuales que me estaba regalando este buen hombre a fin de poder reproducirlas. Y se ve que pensaba demasiado en eso porque las palabras mismas se me escaparon como arena entre los dedos. Sólo pude retener un par de verbos significativos, a los que revestiré con los pobres ropajes de mi propia imaginación para tratar de dar cabal cuenta de este encuentro. Ahora me doy cuenta de que generé demasiada expectativa para algo que tampoco es el secreto de la felicidad, pero ya está hecho.


Taxista 2: - ¡Que barbaridad! Esto de tener que esperar en filas de a 3 o 4 es algo entendible en situaciones de emergencia, pero que sea la normalidad es inhumano.


Yo, que a esa altura no venía volando bajo sino lisa y llanamente arrastrándome, no sabía si me hablaba de la gente que esperaba para subir a las combis, de la fila de colectivos apelotonados o incluso de otra cosa que no descartaba ignorar. Me obligó a empezar la conversación remando desde atrás.


Pablo: - ¿A qué se refiere?


Taxista 2: - La vida en este lugar deshumaniza. Somos convocados a ganarnos el pan de la manera en que ellos creen conveniente. Y nosotros, claro, respondemos. Porque lo necesitamos, porque estamos atados. Y así, nos tenemos que romper el culo (porque también tenía un hábil manejo de la metáfora)


Fue entonces que recibí el segundo impacto de nuestra corta conversación. Giró un poco la cabeza, me miró de reojo y espetó: "¿Usted qué piensa al respecto?"


Y yo, que en lo que pensaba era en lo cómoda que es mi cama, frente a la solemnidad con la que hablaba tuve que hacerme cargo de una opinión. Y lo que es peor, de la mía.


Pablo: - Entiendo lo que usted me dice de la alienación...


Que quiere que le diga, no me iba a quedar atrás. Mis primeras palabras surtieron el efecto de devolverme al lugar de "persona humana capaz de entablar una conversación". Lo supe cuando lo escuché repetir para sí: "alienación...sí..."


Pablo: - ...pero entiendo que esta ciudad tiene características propias que nos se encuentran en otras ciudades del país. Es lo que pasa por estar en el centro-centro. Este nivel de aceleración es algo propio. Son los costos de vivir acá. Yo veo eso, y a veces me gustaría irme a vivir al campo o a una ciudad más chica (sobre todo cuando me tomo el subte), pero veo también las virtudes.


"Veo que te tienen agarrado ¿no?" me dijo con cierta complicidad. El uso del tuteo, algo que podía identificar como impropio en él, me comunicó que estábamos llegando al meollo del asunto.


Pablo: -Me parece que siempre está el espacio de la libertad personal. A mí lo que me costaría dejar es sobre todo el mundo de relaciones; y en segundo lugar los programas, la oferta, esa cercanía de todo que es a la vez virtud y vicio de la Capital.


Me lamenté, el viaje llegaba a su fin y la conversación se había opuesto de ida y vuelta. Pagué con la convicción de que esos menesteres eran simples formalidades, un pequeño tributo para el marco de nuestra charla. Cuando estaba por bajar, me dijo esa última frase que todavía resuena en mi cabeza:


"Disculpe. La última cosa que me gustaría pedirle es ¿podría convocar a esa pareja de ancianos para que aborde el vehículo?"



martes, 3 de febrero de 2009

Cosas que pasan por la cabeza


Que los hombres y las mujeres son distintos es cosa sabida. Las diferencias físicas son patentes*, y sobre las diferencias psicológicas tenemos abundante testimonio; pero lo que no siempre alcanzamos a ver es que tales diferencias se encarnan en cuestiones que parecerían ser muy semejantes, casi idénticas, a veces sólo diferenciables...por un pelo.

Sí mi agudeza literaria no hizo que lo viera venir, acá va el tema con toda claridad: la ida a la peluquería de los distintos sexos. En sustancia, uno pensaría que el fin que se persigue en ambos casos es el mismo, pero de hecho uno estaría equivocado si así lo pensase. Es más, eso le podría hacer pasar un mal momento a uno. Sobre todo a uno, porque en estos casos una sabe perfectamente lo que quiere. Pero uno no siempre está al tanto ¿por qué habría de estarlo? A uno le parece tan fácil, pero no. ¡Siempre hay que complicarlo! ¡UNO NO PUEDE SABER TODO! Disculpen, a veces se entusiasma uno.

¿De qué hablábamos? ¡Ah, sí! El fin. La mujer va a la peluquería principalmente por motivos estéticos: un casamiento, una fiesta importante, un cumpleaños... Hay ocasiones que exigen el emperifollamiento capilar. El hombre, en general, va más bien por motivos prácticos: la ceguera temporal que puede provocar el exceso de flequillo, los reproches laborales por las recurrentes llegadas tarde ocasionadas por el tiempo tratando de controlar el felino que retosa en nuestras cabezas y otros problemas semejantes acucian al hombre que se acerca a la peluquería.

Esta diferencia en los fines ha provocado, como una suerte de reflejo atávico, que los hombres vayan al peluquero mientras las mujeres visiten al coiffeur. Uno podría intentar un reproche por la diferencia abismal de tarifas por hacer "lo mismo", pero estaría jugando con laca. Una mujer, incluso aquella que no sabía bien que quería hacerse, tiene claro cuando el corte le quedó mal. El estado de enajenación que adquieren justifica con creces las tarifas de un trabajo que es claramente de riesgo. Un huracán de improperios sigue a la constatación empírica de esta desavenencia. Yo he escuchado putear a mi mujer como si tuviese síndrome de tourette por un flequillo que no llegaba a guardarse detrás de la oreja. Mi intento de animarla diciéndole que estaba linda duró el tiempo que tardé en darme cuenta que buscaba un elemento que fuera pesado y filoso a la vez.

De cualquier forma, este escrito pretende mostrar que son los hombres los que pasan por las peores cosas cuando deciden liberarse de excedentes capilares. Y no me vengan con el tema de la depilación. Eso es una elección libre. Si no quieren depilarse búsquense un hombre ciego y friolento y cásense con él. Es el hombre que se corta el pelo quién queda irremediablemente mal por 2 o 3 días. No importa cuan bueno haya sido el corte, los primeros días uno queda necesariamente con cara de nabo. Los profesionales dicen que son días de "acomodamiento". Para el mortal de a pie, son simplemente días de soportar comentarios vejatorios ("¿qué te hiciste?", "¿te cortaste el pelo o te creció la cabeza?", "a tu peluquero le dicen paloma, porque te caga la cabeza", etc...) que se repiten cíclicamente cada 3 meses.

Según entiendo, los peluqueros masculinos se pueden dividir en 3 grupos, cada uno con sus pros y sus contras.

El primero grupo lo forman los peluqueros que daremos en llamar "coherentes": hacen un sólo corte de pelo. Por un tiempo, yo me cortaba en un club cuyo peluquero ostentaba esta constancia en el estilo. Vez tras vez, la similitud del corte era sorprendente. Ahora, ese corte único puede quedarle bien o no. No es problema del peluquero.

Pro: si le queda, se asegura poder repetir el corte durante toda la vida (suya o del peluquero, la que termine primero)
Contra: generalmente no le queda.

El segundo grupo es el de los "incipientes": gente que está empezando en el negocio. Recuerdo cuando -escandalizado porque el corte había subido a $15 en donde me cortaba- dí con las "Academias de peluquería Oly", donde estudiantes bienintencionados cortaban por sólo $3. Recuerdo también la cara de horror del instructor al ver el producto final del esforzado imbécil que me había tocado.

Pro: como están haciendo sus primeras armas, ponen empeño y cobran barato.
Contra: la impericia hace que a veces sean, efectivamente, sus primeras armas.

Por último, encontramos el grupo de los "capos": hombres que llevan años desarrollando su técnica y que por su sillón han pasado más cabezas que en la Revolución Francesa. Eso sí, las indicaciones que uno les pueda dar son tomadas como simples consejos, pequeñas sugerencias desde las cuales armar su desafío.

Pro: saben lo que hacen.
Contra: hacen lo que quieren.

Mi amplia experiencia depositando sobrantes de cabello en pisos de peluquería, me permitió lograr un corte acorde a lo que pido: "A mi mujer no le gusta muy corto". O ha hablado con coiffeurs, o ha escuchado a mi mujer putear, pero los últimos cortes son razonablemente buenos.

*si tiene dudas al respecto, podrá apreciar las diferencias en el educativo video "Colegialas salvajes VI: tontas y exhuberantes" que puede adquirir en el kiosko más cercano.

martes, 9 de diciembre de 2008

Amor verdadero


- Mi amor ¿vos me querés?
- Por supuesto.
- Pero ¿me amás?
- Sí, negra ¿cómo se te ocurre preguntar?
- Y si engordara ¿me querrías igual?
- Obviamente.
- ¿Aunque engordara mucho?
- Pero negrita ¿que preguntas son esas?
- Más bien diría "¿qué respuestas son esas?". No me respondiste, gordo.
- Ya te dije que sí.
- ¿Y si tuviese un accidente cerebral y me tuviesen que poner un cerebro de mono?
- ¡¿Como?!
- Sí, sí. Ponele que yo estoy cruzando la calle y me atropella el 39...o el 60 mejor, que va por Ayacucho y llegando a Santa Fe casi no hay vereda y está lleno de gente. Bueno, ponele que me atropella y la única manera de salvarme es insertarme el cerebro de un mono. Bah, de una mona mejor dicho, tampoco sea cuestión de poner un escenario que no tenga sentido.
- No sea cuestión...
- En fin, la cosa es que a los pocos meses estoy 0 km. pero con un cerebro de mona. Mona que aprendió a hablar, a escribir y a tomar mate, desde ya.
- Y...la verdad es que me parece que así no.
- ¡¿Cómo que no?!
- Y, pero no sos vos. Sos un mono...
- mona.
-...sos una mona en tu cuerpo.
- Pero ¿no te das cuenta? ¡Soy yo atrapada en el cerebro de una mona!
- ¿Te parece?
- Por supuesto.
- Bueno, entonces sí.
- ¡Ay, que divino que sos, gordo! Yo sabía que mi cuchi-cuchi no me iba a dejar.
- No, no, claro.
- ¿Y si...?
- ¡Uy, Dió...!
- ¿Y si mi cuerpo rechaza el cerebro de mona y -para salvarme- tienen que volver a ponerlo en el cuerpo de mi amiga Pity?
- ¿La gorda?
- ¡No! No es gorda, es un poco robusta nomás. Además, perdió 27 kilos y está estupenda.
- (susurrando) ...la vi el otro día y parece que los encontró de nuevo...
- ¿Qué decís? Bueno, la cosa es ¿me seguirías queriendo o no?
-...
- ¡Gordo!
- ¿Qué? ¡Ah! Sí, sí. Obvio.
- Dudaste. ¡Que superficial que sos!
- No, no, me distraje. ¿Cuál era la pregunta?
- Si me querrías si el cerebro estuviese en el cuerpo de Pity.
- ¿O sea que serías vos encerrada en un cerebro de mona encerrada en el cuerpo de Pity?
- Sí.
- Y...dale que va.
- ¿Y si en vez de Pity fuera en el cuerpo de mi prima Raquel?
- ¿La que casi es vedette de Nito Artaza?
- Típica exageración masculina. Nito Artaza la vio en un restaurant y le dijo que le mandara unas fotos, no es que fue "caaaasi vedette de Nito Artaza".
- Bueno. Sí.
- ¿Ves cómo sos? ¡Yo sabía que le tenías ganas a esa trola!
- Pero si vos...
- No tenés códigos, baboso de mierda. Mi prima. Sabés que tenemos una relación sanguínea ¿no?
- Mi amor, si esto era...
- ¿Con qué cara te voy a llevar a un evento familiar?
- Me parece que estás...
- "Abuela, te presento a mi novio. Tené cuidado que en una de esas te tira los perros".
- No puedo creer que...
- (desencajada) ¡¡¡NO ME INTERRUMPAS!!! ¿Ves? Esto no da para más. ¡Me voy! Suerte con mis primas, sobrinas y familiares. ¡Perverso!

(se va furiosa y empieza a caminar sin rumbo fijo, a los pocos metros le suena el celular)

- ¿Hola? ¡Hola Raquel! Justo recién me estaba acordando de vos. ¿Querés que nos juntemos a tomar algo? Dale, boluda. Así nos ponemos al día.

martes, 21 de octubre de 2008

Suspiro limeño


Mirando hacia atrás en la vida, no puedo dejar de reconocer que he tenido la suerte de viajar bastante. Distintas situaciones en distintos momentos de la vida me han mostrado distintos países. Pero en toda esta diversidad de distinciones nunca había hecho un viaje "por trabajo". O sea, nunca alguien había pagado para que yo viaje (bueno, en realidad mis padres podrían objetar severamente este enunciado, pero no viene a cuento) y esto le dio a mi último viaje un condimento especial.


Como en el formulario de migraciones tuve que marcar el casillero "negocios" para explicar el motivo de mi viaje, llegué pensando que era el presidente de Coca-Cola. Sin embargo, 24 horas después me fui sintiéndome un accionista de Enron. ¿Por qué?¿qué pasó en el medio? Verán, los que me conocen saben que tengo un severo problema para decir que no. Entiendo que si alguien me plantea o pide algo es porque en su buen criterio lo pensó, elaboró y sopesó, con lo cual una negativa sería desvalorizar todo ese esfuerzo cogitativo. Creo que de haber sido mujer el embarazo adolescente hubiese sido casi inevitable. En fin, la cuestión es que Lima es un mal lugar para no saber decir que no.Si bien el viaje fue bastante corto (llegué una noche y me fui la noche siguiente), lo cual supuso un tiempo muy acotado para hacer turismo, ahora veo que fue en mi propio beneficio. Al término de mi primera hora de turismo ya me habían hecho mal el cambio de moneda y vendido un par de porquerías a un precio que no alcanzo a distinguir si fue conveniente o no (pero que sospecho que no) Si es verdad que los españoles les cambiaron oro por espejitos de colores, ya pueden respirar tranquilos: yo compré todos los espejitos de colores. Esta forma de relacionarse tiene que ver con la idiosincrasia peruana (como profundamente capté después de 1 día): las cosas no se definen taxativamente sino que todo tiene que ser negociado: los taxis no tienen contador, la ropa no tiene precio y los tiempos son relativizados. Esta obligación de tener que negociar todo hacía que, para mí, Lima fuese el infierno mismo con una linda plaza central.

Después de la derrota inicial me propuse no vender el hígado por una agarradera tejida de lana. Así, me refugié en lugares que tuviesen precios establecidos y evité el contacto visual con vendedores de todo tipo. Pero ellos me hablaban, me susurraban palabras tentadoras: que me vendían dos cosas al precio de una, que una cosa como la que me ofrecían no se conseguía en otra parte, me preguntaban de dónde era (responder es el principio del fin y yo ya lo sabía) Pero como Ulises, yo también resistí al canto de las sirenas. Ahora bien, para mantener mi dignidad todavía me quedaba un obstáculo a sortear : el viaje en taxi de vuelta.

Había logrado llegar al centro por 9 soles en un viaje que me habían dicho que costaba 12. Hasta ahí esa era mi única victoria y no podía permitir que me la empañasen. Para evitar perder en la negociación, había guardado sólo 10 soles para este viaje, así que aunque quisiesen no podrían conseguir mucho de mí. A los 15 minutos me dí cuenta de que yo tampoco iba a poder conseguir nada de ellos: "¿A Miraflores a esta hora por 10 soles? Nooo". No había contemplado esta opción que albergaba la dinámica de la negociación: la negativa pura y dura. Aunque a nosotros nos parezca extraño, un taxista evalúa si el viaje le conviene o no de acuerdo a criterios inexplorados para una mentalidad foránea. Recurrí entonces a mis exiguos conocimientos de negociación para constatar que mi MAAN (mejor alternativa al acuerdo negociado) era una maratónica caminata al anochecer por un país desconocido. En el balance general vi que me convenía cambiar algunos pesos más; en el balance particular vi que mi "haber" disminuía en 15 soles por motivos de "excesivo tráfico" de esa hora.


Cuando alguien quiere hacer notar que actuó de acuerdo a una virtud que no le es del todo conocida recurre a un misterioso "yo interior" en el que esas acciones estarían aprisionadas. Pues bien, yo sé de sobra que mi "Pablo interior" era en realidad el que me había dejado con tan poca plata encima, por lo que asumiré que algún tipo de "Pablo exterior" -más pragmático, con una mayor preocupación por las finanzas- logró lo que sigue: viendo que el tránsito era bastante liviano, me atreví a comentarlo. Y aún más, juntando todas mis fuerzas sugerí que esa coyuntura ameritaba una renegociación del importe. La respuesta fue inmediata: "Lo que es justo, es justo". Resultado: 12 soles por un viaje desde el centro a Miraflores. Hasta los accionistas de Enron tienen alguna alegría de vez en cuando.

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