jueves, 23 de febrero de 2012
En el amor y en la guerra...
lunes, 7 de noviembre de 2011
Enfermo
viernes, 16 de septiembre de 2011
Fermín
lunes, 13 de junio de 2011
Fantasía
lunes, 9 de mayo de 2011
La guerra del Golf
Segundo tiro: pif. La pelota avanza unos humillantes 15 centímetros.
"¡¡¡SWISHHHHHHHH!!!"
Muchachos, el martes vuelvo al fútbol. Que lo parió.
miércoles, 17 de noviembre de 2010
Sobreviviente

viernes, 15 de octubre de 2010
Procrastinación
Este.
Si bien indudablemente le prestaría atención,
8 exámenes y medio. Deséeme suerte.
martes, 3 de agosto de 2010
Viaje al séptimo circulo del infierno

Te odio, baldón de los hobbits.

Un profesor de teatro a la derecha, por favor.
* acabo de averiguar que el erpsonaje de Carlos Alfredo en realidad se llama Carmelo.
lunes, 17 de mayo de 2010
Día de oficina

viernes, 1 de enero de 2010
Promesas incumplidas (un regalo de navidad)

martes, 14 de abril de 2009
Todo tiempo pasado fue anterior

miércoles, 1 de abril de 2009
Encuentro con un taxista

Cada vez que uno se sube a un taxi sabe que puede encontrarse detrás del volante con seres muy disímiles: ancianos laburantes, cancheritos de tablero tuneado, comentaristas políticos, batidores de justas (estoy convencido de que la palabra "taxativo" para indicar lo tajante , lo que no tiene discusión, debe ser un derivado de "la opinión de los taxistas"), disc jockeys de metro cuadrado, psicólogos heterodoxos, padres orgullosos, sociólogos de cafetín, técnicos de fútbol, conversadores amables o -en algún que otro caso aislado- conductores silentes. Y a esa azarosa ruleta se suma el hecho de que el humor que uno traiga puesto puede estar o no alineado con las características del conductor. Lamentablemente, la mayor parte de las veces no existe tal coincidencia. Sobre todo porque uno preferiría el silencio, lo que es, como dije, la opción más improbable.
Y traigo esto a colación porque el otro día me topé con dos taxistas de índole tan distinta que me pareció que merecían una mención. "¿Te tomaste dos taxis el mismo día? ¿con lo caros que están? ¿quién sos? ¿el Sultán de Brunei?" me podrá multipreguntar un lector. "No, desde ya que no. Dudo que el Sultán viaje en taxi" responderé. "Es un decir" agregará con impaciencia el ilustrado. "Ah, no había entendido" remataré yo. Y reiremos.
Que lindo momento...
¿De qué hablábamos? ¡Ah, sí! De los taxistas. La cuestión es que en el primer viaje se dio la siguiente conversación:
Taxista 1: - Está negro el día ¿no?
Pablo: - y...sí.
Taxista 1: - Esta mañana, cuando salí de mi casa, cayeron unos goterones grandotes. Así los goterones (acompaña con le gesto de una circunsferencia formado por la unión de dedos pulgares e índices de las dos manos)
Pablo: -Mirá vos.
Profundizamos un poco en las cuestiones climáticas y tocamos otros temas. Al llegar a un semáforo mira por la ventana, ve a unos recolectores en un camión de CLIBA y les pega el grito:
Taxista 1: - ESTÁ NEGRO EL DÍA ¿NO? CUANDO SALÍ DE CASA ESTA MAÑANA CAYERON UNOS GOTERONES GRANDOTES...
¡¿Cómo?! Pero ¡esa es nuestra conversación! Me sentí humillado, engañado en mi buena fe social. ¡Y en mi cara! Como tampoco soy Indiana Jones, me pareció una vivencia digna de ser contada. Lo que yo no sabía es que ese era sólo el aperitivo. Más tarde, a eso de las 6 de la tarde, ya vapuleado por un exigente día laboral que estaba lejos de terminar, me subí a un nuevo vehículo cuyo asiento delantero era ocupado en su totalidad por un voluminoso hombre cuyo tronco comenzaba en el respaldo y terminaba en el mismísimo volante. Rapado, con unos anteojos que dejaban ver un gran aumento y todo amabilidad, me preguntó por mi destino y se puso en marcha. Cruzando la Avenida Córdoba viniendo por Cerrito, una serie de colectivos hicieron más pesado el tráfico. Un poco más adelante, las combis que se estacionaban al costado del teatro Colón nos hicieron reprogramar la ruta, así que doblamos por Tucumán. Allí fue cuando se inició nuestro diálogo. Mientras este se estaba dando, en lo único que pensaba era en que debía retener las palabras textuales que me estaba regalando este buen hombre a fin de poder reproducirlas. Y se ve que pensaba demasiado en eso porque las palabras mismas se me escaparon como arena entre los dedos. Sólo pude retener un par de verbos significativos, a los que revestiré con los pobres ropajes de mi propia imaginación para tratar de dar cabal cuenta de este encuentro. Ahora me doy cuenta de que generé demasiada expectativa para algo que tampoco es el secreto de la felicidad, pero ya está hecho.
Taxista 2: - ¡Que barbaridad! Esto de tener que esperar en filas de a 3 o 4 es algo entendible en situaciones de emergencia, pero que sea la normalidad es inhumano.
Yo, que a esa altura no venía volando bajo sino lisa y llanamente arrastrándome, no sabía si me hablaba de la gente que esperaba para subir a las combis, de la fila de colectivos apelotonados o incluso de otra cosa que no descartaba ignorar. Me obligó a empezar la conversación remando desde atrás.
Pablo: - ¿A qué se refiere?
Taxista 2: - La vida en este lugar deshumaniza. Somos convocados a ganarnos el pan de la manera en que ellos creen conveniente. Y nosotros, claro, respondemos. Porque lo necesitamos, porque estamos atados. Y así, nos tenemos que romper el culo (porque también tenía un hábil manejo de la metáfora)
Fue entonces que recibí el segundo impacto de nuestra corta conversación. Giró un poco la cabeza, me miró de reojo y espetó: "¿Usted qué piensa al respecto?"
Y yo, que en lo que pensaba era en lo cómoda que es mi cama, frente a la solemnidad con la que hablaba tuve que hacerme cargo de una opinión. Y lo que es peor, de la mía.
Pablo: - Entiendo lo que usted me dice de la alienación...
Que quiere que le diga, no me iba a quedar atrás. Mis primeras palabras surtieron el efecto de devolverme al lugar de "persona humana capaz de entablar una conversación". Lo supe cuando lo escuché repetir para sí: "alienación...sí..."
Pablo: - ...pero entiendo que esta ciudad tiene características propias que nos se encuentran en otras ciudades del país. Es lo que pasa por estar en el centro-centro. Este nivel de aceleración es algo propio. Son los costos de vivir acá. Yo veo eso, y a veces me gustaría irme a vivir al campo o a una ciudad más chica (sobre todo cuando me tomo el subte), pero veo también las virtudes.
"Veo que te tienen agarrado ¿no?" me dijo con cierta complicidad. El uso del tuteo, algo que podía identificar como impropio en él, me comunicó que estábamos llegando al meollo del asunto.
Pablo: -Me parece que siempre está el espacio de la libertad personal. A mí lo que me costaría dejar es sobre todo el mundo de relaciones; y en segundo lugar los programas, la oferta, esa cercanía de todo que es a la vez virtud y vicio de la Capital.
Me lamenté, el viaje llegaba a su fin y la conversación se había opuesto de ida y vuelta. Pagué con la convicción de que esos menesteres eran simples formalidades, un pequeño tributo para el marco de nuestra charla. Cuando estaba por bajar, me dijo esa última frase que todavía resuena en mi cabeza:
"Disculpe. La última cosa que me gustaría pedirle es ¿podría convocar a esa pareja de ancianos para que aborde el vehículo?"
martes, 3 de febrero de 2009
Cosas que pasan por la cabeza
martes, 9 de diciembre de 2008
Amor verdadero
- Mi amor ¿vos me querés?
- Por supuesto.
- Pero ¿me amás?
- Sí, negra ¿cómo se te ocurre preguntar?
- Y si engordara ¿me querrías igual?
- Obviamente.
- ¿Aunque engordara mucho?
- Pero negrita ¿que preguntas son esas?
- Más bien diría "¿qué respuestas son esas?". No me respondiste, gordo.
- Ya te dije que sí.
- ¿Y si tuviese un accidente cerebral y me tuviesen que poner un cerebro de mono?
- ¡¿Como?!
- Sí, sí. Ponele que yo estoy cruzando la calle y me atropella el 39...o el 60 mejor, que va por Ayacucho y llegando a Santa Fe casi no hay vereda y está lleno de gente. Bueno, ponele que me atropella y la única manera de salvarme es insertarme el cerebro de un mono. Bah, de una mona mejor dicho, tampoco sea cuestión de poner un escenario que no tenga sentido.
- No sea cuestión...
- En fin, la cosa es que a los pocos meses estoy 0 km. pero con un cerebro de mona. Mona que aprendió a hablar, a escribir y a tomar mate, desde ya.
- Y...la verdad es que me parece que así no.
- ¡¿Cómo que no?!
- Y, pero no sos vos. Sos un mono...
- mona.
-...sos una mona en tu cuerpo.
- Pero ¿no te das cuenta? ¡Soy yo atrapada en el cerebro de una mona!
- ¿Te parece?
- Por supuesto.
- Bueno, entonces sí.
- ¡Ay, que divino que sos, gordo! Yo sabía que mi cuchi-cuchi no me iba a dejar.
- No, no, claro.
- ¿Y si...?
- ¡Uy, Dió...!
- ¿Y si mi cuerpo rechaza el cerebro de mona y -para salvarme- tienen que volver a ponerlo en el cuerpo de mi amiga Pity?
- ¿La gorda?
- ¡No! No es gorda, es un poco robusta nomás. Además, perdió 27 kilos y está estupenda.
- (susurrando) ...la vi el otro día y parece que los encontró de nuevo...
- ¿Qué decís? Bueno, la cosa es ¿me seguirías queriendo o no?
-...
- ¡Gordo!
- ¿Qué? ¡Ah! Sí, sí. Obvio.
- Dudaste. ¡Que superficial que sos!
- No, no, me distraje. ¿Cuál era la pregunta?
- Si me querrías si el cerebro estuviese en el cuerpo de Pity.
- ¿O sea que serías vos encerrada en un cerebro de mona encerrada en el cuerpo de Pity?
- Sí.
- Y...dale que va.
- ¿Y si en vez de Pity fuera en el cuerpo de mi prima Raquel?
- ¿La que casi es vedette de Nito Artaza?
- Típica exageración masculina. Nito Artaza la vio en un restaurant y le dijo que le mandara unas fotos, no es que fue "caaaasi vedette de Nito Artaza".
- Bueno. Sí.
- ¿Ves cómo sos? ¡Yo sabía que le tenías ganas a esa trola!
- Pero si vos...
- No tenés códigos, baboso de mierda. Mi prima. Sabés que tenemos una relación sanguínea ¿no?
- Mi amor, si esto era...
- ¿Con qué cara te voy a llevar a un evento familiar?
- Me parece que estás...
- "Abuela, te presento a mi novio. Tené cuidado que en una de esas te tira los perros".
- No puedo creer que...
- (desencajada) ¡¡¡NO ME INTERRUMPAS!!! ¿Ves? Esto no da para más. ¡Me voy! Suerte con mis primas, sobrinas y familiares. ¡Perverso!
- ¿Hola? ¡Hola Raquel! Justo recién me estaba acordando de vos. ¿Querés que nos juntemos a tomar algo? Dale, boluda. Así nos ponemos al día.
martes, 21 de octubre de 2008
Suspiro limeño
Mirando hacia atrás en la vida, no puedo dejar de reconocer que he tenido la suerte de viajar bastante. Distintas situaciones en distintos momentos de la vida me han mostrado distintos países. Pero en toda esta diversidad de distinciones nunca había hecho un viaje "por trabajo". O sea, nunca alguien había pagado para que yo viaje (bueno, en realidad mis padres podrían objetar severamente este enunciado, pero no viene a cuento) y esto le dio a mi último viaje un condimento especial.
Como en el formulario de migraciones tuve que marcar el casillero "negocios" para explicar el motivo de mi viaje, llegué pensando que era el presidente de Coca-Cola. Sin embargo, 24 horas después me fui sintiéndome un accionista de Enron. ¿Por qué?¿qué pasó en el medio? Verán, los que me conocen saben que tengo un severo problema para decir que no. Entiendo que si alguien me plantea o pide algo es porque en su buen criterio lo pensó, elaboró y sopesó, con lo cual una negativa sería desvalorizar todo ese esfuerzo cogitativo. Creo que de haber sido mujer el embarazo adolescente hubiese sido casi inevitable. En fin, la cuestión es que Lima es un mal lugar para no saber decir que no.Si bien el viaje fue bastant
e corto (llegué una noche y me fui la noche siguiente), lo cual supuso un tiempo muy acotado para hacer turismo, ahora veo que fue en mi propio beneficio. Al término de mi primera hora de turismo ya me habían hecho mal el cambio de moneda y vendido un par de porquerías a un precio que no alcanzo a distinguir si fue conveniente o no (pero que sospecho que no) Si es verdad que los españoles les cambiaron oro por espejitos de colores, ya pueden respirar tranquilos: yo compré todos los espejitos de colores. Esta forma de relacionarse tiene que ver con la idiosincrasia peruana (como profundamente capté después de 1 día): las cosas no se definen taxativamente sino que todo tiene que ser negociado: los taxis no tienen contador, la ropa no tiene precio y los tiempos son relativizados. Esta obligación de tener que negociar todo hacía que, para mí, Lima fuese el infierno mismo con una linda plaza central.Después de la derrota inicial me propuse no vender el hígado por una agarradera tejida de lana. Así, me refugié en lugares que tuviesen precios establecidos y evité el contacto visual con vendedores de todo tipo. Pero ellos me hablaban, me susurraban palabras tentadoras: que me vendían dos cosas al precio de una, que una cosa como la que me ofrecían no se conseguía en otra parte, me preguntaban de dónde era (responder es el principio del fin y yo ya lo sabía) Pero como Ulises, yo también resistí al canto de las sirenas. Ahora bien, para mantener mi dignidad todavía me quedaba un obstáculo a sortear : el viaje en taxi de vuelta.
Había logrado llegar al centro por 9 soles en un viaje que me habían dicho que costaba 12. Hasta ahí esa era mi única victoria y no podía permitir que me la empañasen. Para evitar perder en la negociación, había guardado sólo 10 soles para este viaje, así que aunque quisiesen no podrían conseguir mucho de mí. A los 15 minutos me dí cuenta de que yo tampoco iba a poder conseguir nada de ellos: "¿A Miraflores a esta hora por 10 soles? Nooo". No había contemplado esta opción que albergaba la dinámica de la negociación: la negativa pura y dura. Aunque a nosotros nos parezca extraño, un taxista evalúa si el viaje le conviene o no de acuerdo a criterios inexplorados para una mentalidad foránea. Recurrí entonces a mis exiguos conocimientos de negociación para constatar que mi MAAN (mejor alternativa al acuerdo negociado) era una maratónica caminata al anochecer por un país desconocido. En el balance general vi que me convenía cambiar algunos pesos más; en el balance particular vi que mi "haber" disminuía en 15 soles por motivos de "excesivo tráfico" de esa hora.
Cuando alguien quiere hacer notar que actuó de acuerdo a una virtud que no le es del todo conocida recurre a un misterioso "yo interior" en el que esas acciones estarían aprisionadas. Pues bien, yo sé de sobra que mi "Pablo interior" era en realidad el que me había dejado con tan poca plata encima, por lo que asumiré que algún tipo de "Pablo exterior" -más pragmático, con una mayor preocupación por las finanzas- logró lo que sigue: viendo que el tránsito era bastante liviano, me atreví a comentarlo. Y aún más, juntando todas mis fuerzas sugerí que esa coyuntura ameritaba una renegociación del importe. La respuesta fue inmediata: "Lo que es justo, es justo". Resultado: 12 soles por un viaje desde el centro a Miraflores. Hasta los accionistas de Enron tienen alguna alegría de vez en cuando.
