Que nos ayudan a elaborar cosas; que la vida es uno; que son imposibles de distinguir de la vigilia; que son hermanos de la muerte; que están regidos por el principio del placer y no por el de realidad; que serán ellos mismos pero que aquí se hacen realidad; que se alcanzan si uno los desea con suficiente fuerza...
Muchas cosas se dicen sobre los sueños. Pero lo que ni Freud, ni Descartes, ni los griegos, ni Berugo Carámbula ni los cantautores romanticones nos dicen es cómo lidiar con ellos cuando nos acechan en momentos no destinados para la actividad onírica. Cuando irrumpen, arrogantes, en medio de nuestra jornada; sin preguntar si el momento es apropiado; sin importarles que nos estén mirando o incluso dirigiendo la palabra. Y nosotros peleamos, a brazo partido, por conservar los párpados plegados sobre nuestros globos oculares, luchamos por no poner los ojos en blanco; por no sucumbir ante un ciclo REM que no hemos invocado; por no babearnos. Condenados a la derrota, vencidos antes de presentar batalla, vamos deformando nuestra mejilla contra la palma que intenta sostenerla.
Señores, este artículo es una reparación histórica. Hace ya mucho tiempo volqué en este blog mis elucubraciones al respecto. Y prometí una segunda entrega que tardó más en llegar que Volver al Futuro II. Bueno, no tanto, pero bastante. Y en este caso no tiene un nivel similar a la anterior. En ese sentido, esto sería más como Volver al Futuro III, Sí, la del Viejo Oeste (o del Viejo Este, como lo llaman los japoneses)
La cosa es que me gustaría bajar de la teoría a la práctica. Por eso, y simplemente para colorear lo ya sostenido, mostraré cómo (me) afecta el sueño en la rutina diaria cuando he dormido menos de 8 horas (que, desde hace 3 años y medio, eso implica los últimos 3 años y medio).
Caso 1: llegando al Nirvana en el laburo (o "¿te sentís bien, flaco?")
Mi rutina laboral se divide entre momentos de dictado de clases y otros de oficina. Estos últimos se desarrollan en una suerte de cubículo de paredes bajas conectado a otra serie de cubículos de paredes bajas. O sea, nos vemos todos.
Me encontraba yo en un momento de estudio y después...bueno, recuerdo que miraba fijamente un libro cuando el libro dejo de tener sentido. Las oraciones se sucedían sin que significasen nada, reproduciéndose en mi cabeza de la misma manera que lo hace el sonido de la heladera, que uno no percibe hasta que se corta. Poco después, las letras mismas dejaron de serlo para transformarse en extraños signos más propios de la piedra Rosetta que de una fotocopia de $6,50. Eso es lo último que recuerdo. Hasta que, después de vagar quién sabe por donde, mi alma volvió a mi cuerpo sacudiéndolo como quién se despierta luego de haber soñado que se caía. O quizás así haya sido. Lo cierto es que en todo momento yo estuve en la misma posición. Sentado y con la cabeza mirando hacia abajo.
Rato después hablaba con una profesora sobre otra cosa y me preguntó: "¿te sentís bien? No, porque te ví medio...cansado" (se ve que decir "dormido" le debe haber parecido muy fuerte). "No, estoy bien, sólo meditaba unas ideas".
Ideas que meditaba en esos momentos:
- ¿Como es posible que esté jugando a los tazos, si estoy en 1720?
- Si nado hasta Ushuaia, no paso por ningún supermercado.
- ¿Qué diablos hace aquí Graciela Borges, de nuevo?
Caso 2: los apuntes (o "¿qué quería poner cuando puse lo que puse o cuando no puse lo que debería haber puesto para que se entienda qué quería poner?")
Parte de la culpa de mi estado de constante ensoñamiento la tienen los dos años de cursada de una maestría. Terminada la cursada, repaso los apuntes en busca de pistas para trabajos que debo presentar. Las pistas son inequívocas: viví en un estado de constante ensoñamiento.
Si las líneas sismográficas que reemplazan a mi letra en determinados momentos no fuese suficiente indicio, los infinitos baches argumentales de mis apuntes son justificados eventualmente por autonotas del tipo "aquí me quedé dormido", "y aquí", "y aquí también", "definitivamente no fue una buena noche" o "¿por qué no me despertaron cuando terminó la clase?".
Lo que es importante que retenga es que he sobrevivido a esta protonarcolepsia y que eso nunca se ha interpuesto en la finalización de una actividad. Más bien todo lo contrario: me ha obligado a finalizarlas.
Ahora les dejo algo para que puedan disfrutar con sa...





