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lunes, 9 de noviembre de 2015

Un recuerdo


“Islas, Clausen, Villaverde…”

6 de marzo de 1987. Todos tenemos recuerdos felices de la infancia. Son quizás, los recuerdos más felices. Y creo que lo son porque tienen algo de recuerdo y mucho de proyección: un momento de seguridad, sin grandes preocupaciones. Es decir, lo son porque los miramos con ojos adultos. Pero, si bien hay una trampa cronológica, existe algo en ciertos momentos que los hace brillar por sobre el resto. Y yo puedo situar ese algo en el 6 de marzo de 1987.

Comenzó con la vuelta de mi padre de la oficina a eso de las 7 de la tarde. Mi padre trabajó toda su vida en la Publicidad y ese día justificó para siempre ante mí su elección profesional: me trajo de regalo una cartuchera con forma de caja de chiclets Adams rellena con cajas de chiclets Adams. Lo placentero y efímero unido a lo perdurable y útil para guardar lápices. Pero quizás lo más llamativo fue que, mientras sacaba este don precioso de detrás de su espalda, me pareció percibir una sonrisa de plan, una mueca que no acababa en el hecho de dar a un chico de 7 años el libre acceso a una golosina que estaba fuera de sus límites regulares. No tardó en ceder a la mirada de extrañeza con una respuesta explosiva: “Vamos a ir a ver a Independiente”.

“…Ríos, Enrique, Reinoso…”

Los recuerdos felices suelen ser en realidad el culmen de una serie de pequeños momentos que no siempre perduran pero que preparan y sin los que no existirían esos grandes momentos. La vuelta de la cabalgata con el sol poniéndose el horizonte es significativa por todas las horas compartidas con ese caballo y porque la cotidianeidad nos ha hecho habitar ese paisaje bucólico del campo de los abuelos; el beso épico se sostiene en una infinidad de conversaciones incómodas, pensamientos contradictorios y charlas inconducentes que le dan la épica al momento de concresión. ¿Qué hechos justificaban que ese recuerdo del 6 de marzo de 1987 fuese un hierro caliente marcado en mi alma a tan corta edad? Para empezar, la elección de un equipo de fútbol debe ser una de las primeras decisiones que tomamos que nos constituye. A partir de ese día, uno ha elegido para toda la vida, sin saberlo, días de alegría y días de mal humor; ha elegido cómplices y eventuales némesis; uno ya se define como “algo” no sólo frente a sus pares sino aun ante los adultos (como ante el tío Daniel, que es gallina y va a ganar la copa de leche que se sortea en La Rural) Aun hoy me cuesta no mirar a quienes han hecho un cambio de club de preferencia como a quienes estuviesen diciendo que sus promesas matrimoniales fueron en realidad un chiste del momento. Yo era de Independiente. Y había tomado esa definición con toda la seriedad del caso: todos los domingos pedía una licencia especial en el lugar o el tiempo de mi cena para llegar a ver Fútbol de Primera; todos los martes caminaba hasta el kiosko de diarios de la esquina para preguntarle a Mauro si ya había llegado El Gráfico. Y, de repente, mi padre me estaba anunciando que vería a esos héroes mitológicos que yo estudiaba en mis papiros de tamaño A4 con poster central en vivo y en directo. Me costó procesarlo.

“¿Cómo? ¿A dónde?” – pregunté como quién descubre que el cerebro no le está funcionando. “Vamos a la cancha, Pablo” – confirmó mi padre. Me parece impotante aclarar que mi padre es ese tipo de personas que disfruta sinceramente de mirar deportes, con esos disfrutes que la pasión desbordada no alcanza a contaminar y a los que usualmente acompaña la objetividad, objetividad que me arrojó encima suyo para golpearlo el día del ominoso 5 a 0 de Colombia (que saco para ejemplificar y vuelvo a guardar ahora en el arcón de la negación).  “¡¿En serio?! ¡¿A la cancha?! ¿¡Ahora?!”. Mis preguntas no daba margen para la chanza. Pocas cosas en la vida me han despertado el entusiasmo y sorpresa combinados de esa propuesta hecha hace ya casi 30 años.

“…Marangoni, Giusti, Bochini…”

Los recuerdos se transforman en instantes. Entrando hacia la tribuna, viendo gente, mucha gente, siendo envuelto por los sonidos rítmicos de los bombos, por las silbatinas que cruzaban el aire, por los coros graves de voces de aliento, por las irrupciones espontáneas de consignas eternas (“¡¡¡Vamo’ Rojo todavía!!!”); después, sentado en los tablones de madera de la cancha de Ferro. ¿Qué dirían mis compañeros cuando les cuente? ¿qué diría el tío Daniel (que es gallina y va a ganar la copa de leche que se sortea en La Rural)? El césped nunca fue tan verde como en esa alfombra majestuosa que se tendía a tan sólo unos metros de mi lugar. Salieron los equipos y ahí nomás podía ver a esos titanes de la historia futbolística. Estirando las piernas y pateando casi con displicencia -casi humano- estaba Bochini. ¡Bochini! Alguien que, de tanto haber leído, pensaba que no podía existir. En ese momento, en aquél metro cuadrado que me fue asignado en ese estadio de Caballito, yo flotaba. Me derribó el rugido ensordecedor del festejo del primer gol de Independiente. No voy a fungir de macho, me pegué un cagazo tremendo. No sabía que la suma de las voces humanas podía generar una cosa así: intenso, furioso y explosivo, al mismo tiempo catarsis y éxtasis, el grito de gol es un momento donde es impertinente hablar de una pretendida distinción entre el alma y el cuerpo.

Seguí el resto del partido con las manos cerca de mis oídos, para que mis tímpanos tuviesen otra defensa que no sea la de Ferro frente a aquella maravillosa orquesta ofensiva. Salí del viejo estadio de Avenida Avellaneda 1240 transformado, con la clara conciencia de que era otro. Acababa de presenciar una batalla ya había sobrevivido para volver a mi vida de intercambio de figuritas en los recreos y distinciones de sujeto y predicado. Aquí es donde mi recuerdo y las estadísticas mundiales del fútbol se bifurcan. Para mí, el partido fue un 3 a 2 agónico; para los fríos contadores deportivos fue apenas un 2-2. No estoy de ánimo para discutirles. Menos cuando emprendimos la vuelta a casa y, antes de llegar, paramos en una vieja cafetería en la esquina de Constitución y San José para comer una fugazzeta de trasnoche. Para alguien con 3 hermanos en aquella época, lo que estaba pasando era especial, único y, en muchos sentidos, irrepetible.

“…Franco Navarro o Percudani y Barberón”


Han pasado 28 años y mis entusiasmos, aunque duren más, son menos intensos. Son menos las cosas que me pasan por primera vez pero más las cosas significativas que me pueden generar un recuerdo en cualquier momento. Y si eran 3 hermanas las que en esa medianoche dormían sin saber que en una pizzería yo hacía el balance de uno de los mejores momentos de mi vida infantil, este nuevo balance me encuentra con 3 hijas generando sus propios recuerdos de infancia. Y un varón, que con sólo 7 meses todavía no ha tomado decisiones que lo constituyan y ni siquiera vislumbra que uno pueda divertirse en un juego en el que no juega. A él este recuerdo, en la esperanza de que pueda alguna vez sorprenderlo y entusiasmarlo como me lo hicieron a mí el 6 de marzo de 1987.

jueves, 9 de diciembre de 2010

Física, metafísica y educación física


Para un observador neutral se trató simplemente de un hecho físico. O varios. Estaba en reposo cuando -súbitamente- empezó a moverse a gran velocidad. Todavía confundida, al girar sobre sí logró descubrir la causa agente que le permitía ahora moverse a más de 80 kilómetros por hora. Mientras la inercia hacía su trabajo, calculó que su trayectoria debía estar en un ángulo de 25°. "Pensar que con 20° o con 30° el destino sería totalmente otro". Y sonrió pensando que el equívoco de la palabra "destino" no hacía mella en su afirmación. Pero no alcanzó a pensar mucho más porque se topó con un obstáculo, obstáculo suave al principio pero a la postre inquebrantable. Entonces -como guiada por la conciencia de quién ha alcanzado su fin- se dejó caer, entregándose a la aceleración de 9,8 metros sobre segundos cuadrados hacia el centro de la tierra; hacia el movimiento que la devolvería al reposo absoluto.



Hasta aquí, un hecho físico. O varios.




Pero existe aquí también un hecho que bien podríamos clasificar como metafísico.









¡SOMOS CAMPEONES OTRA VEZ, CARAJO!




Que lo disfruten...como yo.

miércoles, 31 de marzo de 2010

Don´t cry for me, Didi Seven


Entre la cantidad abismal de cosas que escapan a mi comprensión, algunas lo hacen por la profundidad de su materia; otras porque la finitud del tiempo y la corrupción de la materia las sitúan en la frontera de lo que nunca alcanzaré a conocer. Un tercer tipo son aquellas que se presentan delante mío y sufren la afrenta de mi desprecio o la gelidez de mi indiferencia. Estas últimas pergeñan su venganza minuciosamente, y me atacan en momentos de indefensión. Para que se vea más claramente, me referiré a aquella cuestión que parece llevar el estandarte de la cosas ignoradas: el conocimiento tecnológico.

No es que lo rechace, de ninguna manera, sólo que disfruto de sus productos en un estado análogo a la papilla. O sea, procesados, más fáciles de digerir y con la colaboración de un adulto. Nunca aprovecharé todas las utilidades de un celular ni pasaré de las páginas más elementales de un manual de instrucciones. Gente cercana me ha reprochado con acritud esta dejadez 2.1. La cuestión se pone urticante cuando uno de esos conocimientos me vendría bien: cuando quiero mandar un mensajito a más de una persona sin escribirlo cada vez, quiero bajar una canción que me gusta o quiero que los cartelitos de actualización de Windows dejen de perseguirme. Y es ahí, con el rabo entre las patas, que recurro a los hermanos mayores en la tecnología para pedirles que subsanen aquellas cuestiones que se me aparecen como misteriosas.

Una de esas cosas, por ejemplo, tiene que ver con este blog. Desde hace un tiempo, en una de las entradas (siempre en la misma) aparece un comentario de un Anónimo promocionando algo, o vendiendo o quién sabe haciendo qué. Fui y borre como 10 comentarios, pero seguían volviendo. Entonces eché mano a mis conocimientos. No, no de computación, de mi mismo. Me dije que no faltaba mucho para que me dejase de importar. Y así fue. Pero hoy me encuentro con que uno de estos mensajes apareció en otra entrada, como si se tratase de una metástasis spamica. No sé qué hacer. No sé qué respuesta original darle al comentario. Estoy perdido.

Es por eso que, si en mi indolencia virtual este blog llegase a convertirse en un portal publicitario y yo pereciese entre ofertas de descarga gratis, algo deberá quedar para proteger mi memoria. Por eso puse unas fichas en un lugar seguro, donde gente competente se reune para burlarse de quienes sufrimos por estas cosas. En el día de la fecha he dejado un texto en Men in Blog para que pueda recordarme con una sonrisa mientras disfruta del Ab-abdominazer que adquirió gracias a un portal de compras que supo en algún tiempo remoto ser un blog de humor.


En serio, que lo disfrute con salú.

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ACTUALIZACIÓN

Aunque parezca paradójico, este mismo blog ha sido una muestra constante de mi impericia tecnológica. En el camino, varios son los que me han apuntalado haciéndome notar que podía desactivar la verificación de la palabra, indicándome cómo se ponían la negrita y la itálica en los comentarios y otras tantas cosas. Pero si hay alguien a quién debo mucho en este aspecto es a Mariano, quién no sólo logró cambiar la planilla para que mi blog no tuviese el ancho de la factura de compra del Coto, sino que me ha pemitido cambiar el engendro pixelado en mala hora nacido de un powerpoint que hacía las veces de banner* por esta maravillosa versión surgida de su talento que pueden apreciar arriba. Sólo me queda cambiar el empapelado del fondo y estoy hecho.

Por esa generosidad mayúscula y su criterio estético, vaya mi reconocimiento a Mariano.


* La verdad sea dicha, le guardo cariño por la cuestión artesanal. Es como el cenicero de plastilina o el collar de fideos. O sea, inservible, pero con valor sentimental.

lunes, 28 de diciembre de 2009

Algunos apuntes sobre las fiestas



Aquí está usted. Todavía arrastra cierto cansancio físico de la Navidad y ya vislumbra el de año nuevo. Un poco por eso y otro porque algunos ya se fueron de vacaciones, siente que estos días son prácticamente parte de ellas. Por eso se permite conversar sin culpa con compañeros de trabajo; por eso puede leer este blog sin que lo pinche el bichito de que debería estar trabajando. ¿Cómo? ¿que ese bichito se retiró hace tiempo por la fatiga, las constantes lesiones y el sentimiento de impotencia? De cualquier forma, aquí está usted. Y me parece que es el momento para, aún a riesgo de ser impopular, hablar de ciertos aspectos que rodean estos días.


Ante todo decir que el mote "felices fiestas" me parece perezoso. Es cierto que tenemos dos eventos significativos separados por pocos días, pero eso no autoriza a aunarlos irresponsablemente. Imagine que se recibe pocos días después de su cumpleaños. Si alguien le dijese "felices acontecimientos", usted sonreiría protocolarmente mientras destroza al enunciador en su fuero interno. Pues bien, esa vaguedad es la que no aguanto. "Feliz Navidad y próspero año nuevo". ¿Ve? Mucho mejor. Distingue las fechas y desea cosas buenas para las dos. Bien.


La vaguedad parece ser la característica principal de estos días. "Los mejores deseos para estas fiestas" nos dicen. Ya ni siquiera nos desean algo, sino que nos desean deseos. El metadeseo es la expresión más cabal de esta vaguedad a la que hago referencia.


"Te deseo lo mejor" escuchamos de parte de quienes se hacen cargo de algún deseo. Ahora ¿que quiere decir esto concretamente? Si un masoquista me desea lo mejor, quizás me esté deseando que una pandilla me golpee salvajemente, me deje quebrado y lleno de heridas sobre unas brasas ardientes mientras uno de ellos me echa limón encima. Si un workoholic me desea lo mejor, probablemente se alegre de verme en la oficina a las 3 de la mañana de un sábado. Indague mejor qué corno es lo que le están deseando o si no después no se queje de que el año no es lo que usted pensó.


Su interlocutor, apurado ahora, echará mano a conceptos difusos como paz, salud y amor. No se amilane. Todavía no le ha dicho nada. Vamos por partes.


¿Paz? ¿me desea a mí que se solucionen los problemas en medio oriente? ¿y yo que tengo que ver con ese deseo? ¿me desea paz interior quizás? ¿y eso que es? Porque seamos sinceros, la idea de paz interior se asocia con una sonrisa imbécil en posición de loto y la estoica despreocupación por todos los quilombos que lo rodean. Lo que le está deseando no es paz sino Alplax o Rivotril.


¿Salud? La salud puede ser considerada una condición para disfrutar más de las cosas buenas de la vida, pero difícilmente sea un valor en sí. ¿Por qué le desea salud y no algo que pueda aprovechar con esa salud? Es como decirle "espero que tengas una valija con 5 millones de dólares (y estés en medio de una isla desierta)". No se deje engañar por la sonrisa y el tono melifluo. Desconfíe.


¿Amor? Llegamos al centro del asunto. Todos queremos amar y ser amados. Pues bien ¿por qué se lo desea sólo para este 2010? Sospechoso. "Que en este 2010 todos encuentren amor". Si usted está en ese lugar con su pareja sospeche doblemente. Porque al parecer todavía no encontró el amor y porque -lo que es más preocupante- parece que su pareja tampoco. Sí, sí, quizás deba posponer su viaje de bodas de oro. Para el muchacho del brindis usted está mal. En el caso de que usted esté solo, la cosa no mejora. ¿Por qué restringe al 2010? ¿cómo sigue la frase? Quizás el que ahora eleva su copa sea un sociópata que piensa: "Que en este 2010 todos encuentren amor... solo para que se eleven y en el 2011 caigan como un piano y se les desgarre el corazón tortuosamente. Muejejeje". Que los pianos no tengan corazón no hace a la cuestión. Ahora entiendo por qué está solo.


Por eso le pido, querido lector, que si bien ya patinó en el brindis de Navidad, trate de recuperarse en año nuevo. Levante su copa y diga algo como la gente. Como la gente que dice cosas inteligentes, por ejemplo. Se aceptan propuestas.



Que lo disfruten con salú (no, esta no se puede. Ya está tomada)


viernes, 4 de diciembre de 2009

Complot


Señores, todo esto es sumamente raro. Más que raro, llamativo. O lo que es todavía peor: curioso. Lo que en el colmo del paroxismo podríamos considerar intrascendente.


Estamos en diciembre (no, no voy a volver sobre el tema) y no lo parece. Diciembre: un mes que no tiene autoridad para exigirnos nada; un mes en el que uno empieza a ser más informal con la vestimenta, más laxo con la exigencia, menos ambicioso con los proyectos; mes para cerrar empresas más que para acometerlas; un mes para evaluar y para proyectar, pero difícilmente para hacer; mes -a fin de cuentas- para no hacerse mala sangre con el laburo sino con el presupuesto de las vacaciones y con las decisiones sobre con quién pasar las fiestas.


La cosa es que, justo en este mes de morondanga, resulta que me veo envuelto en un complot.


Así como lo escucha: un complot. Con todas las letras. O con 6, que con eso nos alcanza. Al principio no lo percibí por la misma dinámica del complot, pero con el tiempo se fue haciendo evidente. Primero fue una mayor carga laboral entrecruzándose con un par de trámites impostergables. Sospechoso. Tuve entonces que relegar este espacio y otros espacios circundantes que suelo visitar (no, no Parque Chas. Otros blogs digo. No sea literal, hombre) Cuando logré hacerme unos minutos para pasar por los espacios circundantes que suelo visitar, lo que encontré fue la huella del caos y la desesperación; encontré la agonía y la zozobra; encontré la inquietud y el desasosiego; encontré la esquina de Pampa y la vía. Y también me encontré con que varios cofrades tenían problemas para publicar: problemas de tiempo, problemas de inspiración, problemas...


Y entonces algo en mí hizo click. Fue el cuello. Creo que tiene que ver con tanto estar con la computadora o corrigiendo. Me agarró una especie de tortícolis. Sí, probé con calor pero no hay caso. ¡Reflexología dice? Veremos, veremos. No obstante, la inmovilidad me permitió detenerme a pensar. Y fue en ese momento que todo se me hizo claro, casi prístino: existe un complot contra los integrantes de Men in Blog.


(Pausa dramática)


Es así. ¿No me cree? Vaya a darse una vuelta por los blogs de los involucrados. La última semana ha sido sanguinaria. Y eso porque usted no recibe mails de sus integrantes, sino podría atestiguar lo que yo desde mi posición privilegiada: que no estoy recibiendo mails de sus integrantes. Un momento. Esto no suena del todo bien. Bueno, no importa. Retenga lo importante: yo soy un privilegiado. Los de MIB no mandan mails. Activia hace bien para el tránsito lento (no, no creo que le sirva en Panamericana a las 6 de la tarde)


Ahora bien, quedan por resolver dos preguntas: ¿cuál es la causa del complot? ¿quién está detrás?


La causa es clara: somos formadores de opinión. Para darse cuenta basta con darse una vuelta por el blog y verá como los textos publicados llevan a la gente a opinar casi compulsivamente:


"Opino que este blog es una bosta".


"Opino que la persona que les pague un suedo debe ser un filántropo o un imbécil".


"Opino o roble. Uno es más resistente pero el otro es más suave. Si no puede ser araucaria. Me fijo si tenemos".


Se sabe: un lugar donde las opiniones son tan esfervecentes puede desbordar en cualquier momento. Ese es el problema de la esfervecencia, que se vuelca todo. Y después quedás con el vaso lleno de la porq...¿cómo? ¡ah, sí! Eso, las opiniones. La cosa es que hay gente preocupada. Muy preocupada.


Habida cuenta de lo publicado hasta el momento, esa gente podría ser:


- El Gobierno: una fija.

- Los editores de cuentos infantiles: es importante recordar que la versión original de Caperucita de la Francia decimonónica se parece más al penal de Sierra Chica que a lo que ellos venden.

- Los Iluminatti: que se yo, es una posibilidad. Sobre todo una de convertir esto en un libro que venda mucho.

- Mujeres despechadas o sobreexigidas

- La hinchada de Nueva Chicago: cuando uno es jodido, ni siquiera necesita razones para ser jodido. Sepan que -mientras se mantenga en el plano virtual- nosotros nos la bancamos.

- Los nuevos dueños de autos Toyota modelo Kabul

- La secretaría de Turismo

- El Rotary Club: un club en el que no se hace ningún deporte es siempre sospechoso.

- El fan club de Ricardo Orestes Valdivia

- El mayordomo: habría que encontrar alguno. Pero seguro que fue él.

- Un ejército de duendes: sabemos que vienen marchando. A paso recortado.

- La defensa de Boca del '89: Hrabina, Stafuzza, Abramovich y Cuciuffo (Genghis Kahn era suplente por blando)

- Los hombres miserables: el paso de las reacciones miserables a las acciones miserables es corto. Como la marcha de los duendes.

- Achmed, el terrorista muerto: ¡He will kill us!


Eso es lo que tengo por ahora. Estamos tras la pista. Bugman piensa que son los noruegos. Viejex dice que son los abogados. Yoni y Briks dicen que no son los abogados. Mariano que son los enanos. Renegado que quizás sean enanos noruegos. Para F son los nacionalistas. Para los nacionalistas es Bugman. Todo es muy confuso.

Lo que sé es que estoy al borde de descubrir la verdad.


¿Quién es usted? ¿cómo que me van a cortar internet? De ninguna manera va a impedir q

lunes, 26 de octubre de 2009

Haga historia


Cuando pensamos en los grandes movimientos históricos nos hacemos la idea de oscuras fuerzas destinales que rigen el devenir casi con necesidad, dejando de lado el componente humano de la historia. Nos olvidamos que son personas concretas en momentos concretos que hacen cosas concretas que terminan afectando la historia de una forma concreta. Es verdad, parecen gotas que se pierden en la inmensidad del océano, pero la materia de ese océano no es algo distinto que esas personas a las que hacíamos referencia.

¿Qué hubiese pasado si Gavrilo Princip no hubiese asesinado a Francisco Fernando? ¿qué sería de Francia si Napoleón hubiese tenido una mejor digestión? ¿o de Inglaterra si Enrique VIII hubiese sido un poco más templado?

Ahora bien, hasta aquí todavía podríamos pensar que la historia cuenta sólo "la gesta de los reyes", pero hay estudios históricos en la línea de una corriente que podríamos llamar "microhistoria" que revalorizan el papel de un Juan de los Palotes que simplemente vivió en tal época y no hacía más que jugar al fútbol los jueves y coleccionar estampillas.

¿Y a cuento de qué viene todo esto? Hay que devolverle el peso histórico a los individuos comunes y silvestres. Ahora bien, usted es un individuo común y silvestre. Yo le voy a devolver su peso histórico. Le voy a permitir colaborar en un pequeño giro de la historia contemporánea para que después le cuente a sus nietos. Hoy, le doy la oportunidad de dejar su voto (único, concreto) en favor de Bugman en el concurso de bitácoras.com

"¿Eso?" me dirá con un poco de decepción. Sí, empecemos con eso, después vemos como le va con la participación en revueltas políticas, descubrimientos fenomenales y cosas del estilo. Para que vea el impacto histórico que puede tener, haremos un poco de proyección histórica: usted vota a Bugman en las categorías "Mejor blog de humor" y "mejor blog personal". Bugman clasifica para la selección final del premio. Los jurados -incapaces de dejarlo con las manos vacías por segunda vez- le dan el premio. Bugman gana notoriedad. Gente de todo el mundo entra a su blog. También al que comparte con otros muchachos de los que algún historiador sagaz sabrá que soy parte. Se convierte en un boom (quiero decir que se hace muy popular, no que se inmole como hombre bomba) Men in blog logra alcanzar su fin de lucro. Dejo mi laburo para dedicarme al blog. Usted empieza a leer artículos un poco más elaborados. Los disfruta. Es un poco más feliz.

Pero puede pasar que su reacción sea: "Ya he leído muchas invitaciones a votarlo en estos días. Me cansé". En ese caso, hagamos otro poco de proyección histórica: resoplando y de mal humor por una nueva invitación a votar a Bugman en las categorías "Mejor blog de humor" y "mejor blog personal" golpea el monitor. Este cae sobre su café, que se vuelca sobre el teclado. El teclado empieza a echar chispas. En pocos segundos su casa está en llamas (no sé si fue por las chispas, la cosa es que su casa está en llamas) Usted logra escapar de milagro, pero se queda sin casa. Desde un cibercafé se entera que Bugman no clasificó. Bugman se deprime. Lleno de rencor, logra convencer al resto de los Men in Blog de que un suicidio masivo simulando ser parte de una nueva secta es una publicidad fantástica. La publicidad es ignorada y Men in Blog se queda sin redactores. El resto de los bloggers dejan de escribir por miedo a terminar como Bugman. Usted ahora no tiene casa ni blogs que leer desde el cibercafé. Es un poco menos feliz.

Pienselo. Yo sólo dejo esto acá.


Piense en sus nietos.


sábado, 11 de abril de 2009

Un paso


"Hoy rompe la clausura
del surco empedernido
el grano en él hundido
por nuestra mano dura

y hoy da su flor primera
la rama sin pecado
del árbol mutilado
por nuestra mano fiera.

Hoy triunfa el buen Cordero
que, en esta tierra impía,
se dio con alegría
por el rebaño entero;
y hoy junta su extraviada
majada y la conduce
al sitio en que reluce
la luz resucitada.

Hoy surge, viva y fuerte,
segura y vencedora,
la Vida que hasta ahora
yacía en honda muerte;
y hoy alza del olvido
sin fondo y de la nada
al alma rescatada
y al mundo redimido. Amén".

(Domingo. Cuarta Semana del Salterio, I° Vísperas)

¡Feliz Pascua de Resurrección!

miércoles, 31 de diciembre de 2008

Post que no debería estar



Si está aquí es porque apretó un link a algo que no debía.

Este post ha sido publicado con una fecha ficticia y no tiene contenido importante. Simplemente es un lugar para que usted reflexione sobre los links a los que entra.


No se preocupe, con voluntad, estudio o una ducha de agua fría todo se puede encausar.





(Mentira, es usted un perverso)
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