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lunes, 9 de noviembre de 2015

Un recuerdo


“Islas, Clausen, Villaverde…”

6 de marzo de 1987. Todos tenemos recuerdos felices de la infancia. Son quizás, los recuerdos más felices. Y creo que lo son porque tienen algo de recuerdo y mucho de proyección: un momento de seguridad, sin grandes preocupaciones. Es decir, lo son porque los miramos con ojos adultos. Pero, si bien hay una trampa cronológica, existe algo en ciertos momentos que los hace brillar por sobre el resto. Y yo puedo situar ese algo en el 6 de marzo de 1987.

Comenzó con la vuelta de mi padre de la oficina a eso de las 7 de la tarde. Mi padre trabajó toda su vida en la Publicidad y ese día justificó para siempre ante mí su elección profesional: me trajo de regalo una cartuchera con forma de caja de chiclets Adams rellena con cajas de chiclets Adams. Lo placentero y efímero unido a lo perdurable y útil para guardar lápices. Pero quizás lo más llamativo fue que, mientras sacaba este don precioso de detrás de su espalda, me pareció percibir una sonrisa de plan, una mueca que no acababa en el hecho de dar a un chico de 7 años el libre acceso a una golosina que estaba fuera de sus límites regulares. No tardó en ceder a la mirada de extrañeza con una respuesta explosiva: “Vamos a ir a ver a Independiente”.

“…Ríos, Enrique, Reinoso…”

Los recuerdos felices suelen ser en realidad el culmen de una serie de pequeños momentos que no siempre perduran pero que preparan y sin los que no existirían esos grandes momentos. La vuelta de la cabalgata con el sol poniéndose el horizonte es significativa por todas las horas compartidas con ese caballo y porque la cotidianeidad nos ha hecho habitar ese paisaje bucólico del campo de los abuelos; el beso épico se sostiene en una infinidad de conversaciones incómodas, pensamientos contradictorios y charlas inconducentes que le dan la épica al momento de concresión. ¿Qué hechos justificaban que ese recuerdo del 6 de marzo de 1987 fuese un hierro caliente marcado en mi alma a tan corta edad? Para empezar, la elección de un equipo de fútbol debe ser una de las primeras decisiones que tomamos que nos constituye. A partir de ese día, uno ha elegido para toda la vida, sin saberlo, días de alegría y días de mal humor; ha elegido cómplices y eventuales némesis; uno ya se define como “algo” no sólo frente a sus pares sino aun ante los adultos (como ante el tío Daniel, que es gallina y va a ganar la copa de leche que se sortea en La Rural) Aun hoy me cuesta no mirar a quienes han hecho un cambio de club de preferencia como a quienes estuviesen diciendo que sus promesas matrimoniales fueron en realidad un chiste del momento. Yo era de Independiente. Y había tomado esa definición con toda la seriedad del caso: todos los domingos pedía una licencia especial en el lugar o el tiempo de mi cena para llegar a ver Fútbol de Primera; todos los martes caminaba hasta el kiosko de diarios de la esquina para preguntarle a Mauro si ya había llegado El Gráfico. Y, de repente, mi padre me estaba anunciando que vería a esos héroes mitológicos que yo estudiaba en mis papiros de tamaño A4 con poster central en vivo y en directo. Me costó procesarlo.

“¿Cómo? ¿A dónde?” – pregunté como quién descubre que el cerebro no le está funcionando. “Vamos a la cancha, Pablo” – confirmó mi padre. Me parece impotante aclarar que mi padre es ese tipo de personas que disfruta sinceramente de mirar deportes, con esos disfrutes que la pasión desbordada no alcanza a contaminar y a los que usualmente acompaña la objetividad, objetividad que me arrojó encima suyo para golpearlo el día del ominoso 5 a 0 de Colombia (que saco para ejemplificar y vuelvo a guardar ahora en el arcón de la negación).  “¡¿En serio?! ¡¿A la cancha?! ¿¡Ahora?!”. Mis preguntas no daba margen para la chanza. Pocas cosas en la vida me han despertado el entusiasmo y sorpresa combinados de esa propuesta hecha hace ya casi 30 años.

“…Marangoni, Giusti, Bochini…”

Los recuerdos se transforman en instantes. Entrando hacia la tribuna, viendo gente, mucha gente, siendo envuelto por los sonidos rítmicos de los bombos, por las silbatinas que cruzaban el aire, por los coros graves de voces de aliento, por las irrupciones espontáneas de consignas eternas (“¡¡¡Vamo’ Rojo todavía!!!”); después, sentado en los tablones de madera de la cancha de Ferro. ¿Qué dirían mis compañeros cuando les cuente? ¿qué diría el tío Daniel (que es gallina y va a ganar la copa de leche que se sortea en La Rural)? El césped nunca fue tan verde como en esa alfombra majestuosa que se tendía a tan sólo unos metros de mi lugar. Salieron los equipos y ahí nomás podía ver a esos titanes de la historia futbolística. Estirando las piernas y pateando casi con displicencia -casi humano- estaba Bochini. ¡Bochini! Alguien que, de tanto haber leído, pensaba que no podía existir. En ese momento, en aquél metro cuadrado que me fue asignado en ese estadio de Caballito, yo flotaba. Me derribó el rugido ensordecedor del festejo del primer gol de Independiente. No voy a fungir de macho, me pegué un cagazo tremendo. No sabía que la suma de las voces humanas podía generar una cosa así: intenso, furioso y explosivo, al mismo tiempo catarsis y éxtasis, el grito de gol es un momento donde es impertinente hablar de una pretendida distinción entre el alma y el cuerpo.

Seguí el resto del partido con las manos cerca de mis oídos, para que mis tímpanos tuviesen otra defensa que no sea la de Ferro frente a aquella maravillosa orquesta ofensiva. Salí del viejo estadio de Avenida Avellaneda 1240 transformado, con la clara conciencia de que era otro. Acababa de presenciar una batalla ya había sobrevivido para volver a mi vida de intercambio de figuritas en los recreos y distinciones de sujeto y predicado. Aquí es donde mi recuerdo y las estadísticas mundiales del fútbol se bifurcan. Para mí, el partido fue un 3 a 2 agónico; para los fríos contadores deportivos fue apenas un 2-2. No estoy de ánimo para discutirles. Menos cuando emprendimos la vuelta a casa y, antes de llegar, paramos en una vieja cafetería en la esquina de Constitución y San José para comer una fugazzeta de trasnoche. Para alguien con 3 hermanos en aquella época, lo que estaba pasando era especial, único y, en muchos sentidos, irrepetible.

“…Franco Navarro o Percudani y Barberón”


Han pasado 28 años y mis entusiasmos, aunque duren más, son menos intensos. Son menos las cosas que me pasan por primera vez pero más las cosas significativas que me pueden generar un recuerdo en cualquier momento. Y si eran 3 hermanas las que en esa medianoche dormían sin saber que en una pizzería yo hacía el balance de uno de los mejores momentos de mi vida infantil, este nuevo balance me encuentra con 3 hijas generando sus propios recuerdos de infancia. Y un varón, que con sólo 7 meses todavía no ha tomado decisiones que lo constituyan y ni siquiera vislumbra que uno pueda divertirse en un juego en el que no juega. A él este recuerdo, en la esperanza de que pueda alguna vez sorprenderlo y entusiasmarlo como me lo hicieron a mí el 6 de marzo de 1987.

miércoles, 29 de diciembre de 2010

Abalanzándose sobre el año


Antes que diga nada, ya sé, ya sé. 'Avalanzarse' va con 'v'. Pero lo que quiero hacer aquí es hacer un balance del año. Por eso nos vamos a abalanzar sobre él. Ya sé, no me diga nada, uno no debería hacer chistes que lo dejen mal parado a menos que los explique, lo que por otro lado le quita todo el chiste. No me diga nada, ya sé que estoy abundando demasiado en una explicación. En resumen, como norma general, no diga nada.

Recordar el año con un poco de perspectiva no por repetitivo deja de ser un ejercicio necesario. Creo que era Bauman quién decía que nuestro tiempo se asemeja a patinar sobre hielo muy delgado: hay que moverse muy rápidamente porque si uno se detiene se rompe el suelo sobre el que está parado. Pero no hay manera de engrosar ese hielo a menos que uno se detenga. No, es una metáfora, ¡no se deteng...! ¿ALGUIEN PUEDE AYUDAR AL SEÑOR QUE SE CAYÓ AL AGUA? Decía, si no hacemos pequeños balances los hechos nos pasan por al lado sin dejar huella, sin que podamos digerirlos, sin que nos ayuden a ser más sabios.

Por eso intentaremos hacer un furtivo recorrido por aspectos positivos y negativos de este año:


Aspecto positivo: por sus implicancias históricas, fue un año donde afloraron nuestros hondos sentimientos de pertenencia a la Patria.

Aspecto negativo: todo se fue al garete cuando Alemania nos clavó 4 goles.
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Aspecto positivo: el mundo entero se emocionó al ver emerger 33 hombres desde el fondo de una mina.

Aspecto negativo: el mundo entero ve emerger una envidia terrible cuando ve a estos muchachos ir gratis a partidos de la Premier League o la Liga Española, a las playas griegas, a Disney, a...

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Aspecto positivo: la película argentina "El secreto de sus ojos" ganó un premio Oscar, mostrando que en el país hay gente que puede hacer cosas buenas con contenido.

Aspecto negativo: se editó la revista Hola! Argentina mostrando... bueno, a Juanita Viale en la tapa.

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Aspecto positivo: Marcelo Tinelli se dio cuenta de que su programa degradaba intelectualmente a los argentinos y prometió renovar los contenidos para el año que viene de tal manera que no haya 30 programas reproduciendo peleas infantiles.

Aspecto negativo: lo que dije en el aspecto positivo es una expresión de deseo mía.

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Aspecto positivo: gracias a la fidelidad de un público que fue capaz de soportar una campaña de propaganda que envidiaría Stalin, con el blog colectivo Men in Blog llegamos a la final del concurso de la página española Bitácoras.com

Aspecto negativo: el jurado que elegía los ganadores no era parte de ese público fiel.

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Aspecto positivo: volvieron los Kes bun.

Aspecto negativo: volvieron los perejiles de Gran Hermano.

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Aspecto positivo: Independiente ganó la Copa Sudamericana.

Aspecto negativo: Independiente ganó la Copa Sudamericana (para la gente que no es de Independiente, claro está)

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Aspecto positivo: gracias a una filtracióna través de Wikileaks, nos enteramos de los chimentos sobre los grandes líderes políticos mundiales.

Aspecto negativo: nos enteramos que los chimentos sobre los grandes líderes políticos mundiales son iguales a los chimentos sobre el verdulero y su cuñada.

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Aspecto positivo: los lectores pueden agregar parte de su balance anual.

Aspecto negativo: todavía no salí de vacaciones así que probablemente les conteste.


Que lo disfruten con champagne.

domingo, 31 de enero de 2010

Memoria y balance


Cuando llega fin de año, la gente se amontona para hacer balances. Lo que hizo o dejó de hacer; lo que logró y lo que no; el estado actual de su vida dentro de una proyección estimativa de como viene... En fin, una suerte de informe de gestión de las propias aventuras y desventuras. Vaya y fíjese nomás. En blogs de distinta índole y con niveles dispares, algo de esto siempre hay. Ahora vuelva y tómese el trabajo de mirar qué comentan esas mismas personas por estos días. Verá que -si han escrito algo- no pasa de una serie de comentarios costumbristas o promesas de eventuales vueltas a la actividad bloggeril en un futuro vago. Para que tampoco se tenga que mover tanto, que usted nunca fue amigo de los ejercicios (en usted lo vago es el presente), vaya a mi último post. ¿Ve? Un robo a mano armada.

¡Por supuesto que esta situación tiene que ver con las vacaciones! No me diga: vio Sherlock Holmes y se entusiasmó con el tema de la deducción lógica. Bueno, apunte un poquito más alto. Que tiene que ver con las vacaciones me lo podría haber dicho Watson, el lateral derecho del Portsmouth, que ni siquiera terminó la primaria. La cosa es que poca gente se da cuenta de que el momento para hacer un balance es ahora. El balance no se debería hacer sobre el año, sino sobre las vacaciones.

Ventajas de hacer el balance sobre las vacaciones:

- Nadie espera demasiado de las vacaciones, lo que evita la caída de egos por un acantilado después de presenciar el acopio de proyectos no concretados.

- El material con el que se trabaja es menor, permitiendo recordar mejor los aciertos y justificar mejor los fracasos.

- Esa misma exigüidad del material permite exagerar los logros, argumentado que las cosas espectaculares o que valgan la pena nombrar están planificadas a partir de abril.

Pues bien, haciendo un balance y memoria de las vacaciones prontas a finalizar, comparto con ustedes algunos retazos de las mías a modo de ejemplo:

1) La cantidad de gin tonics ingeridos durante este tiempo supera la cantidad de páginas que pude avanzar en mi libro veraniego.

Algunos creen que estas dos variables estarían conectadas. No entiendo por qué, si nunca apoyé el vaso de gin tonic sobre el libro.

2) Hice 118 puntos de una en el Scrabble.

Esto se lo dedico a todos los que pensaron que el gin tonic estaba afectando mi capacidad con las letras. La palabra era "sfgiojhkerdzx". No importa que no aparezca en diccionario de la RAE, sé que significa algo. Malos perdedores.

3) Algunos pensamientos que me surgieron mientras el termómetro oscilaba entre los 35º y los 40º por más de 5 días:






4) Algunos pensamientos que me surgieron mientras jugaba al tenis a las 12 del mediodía con un sol que rajaba la tierra:

"Un momento, entonces ¿yo estoy sufriendo esto por propia voluntad? ¡¿y además pago por hacerlo?!"

"Ese que está al lado de Omar bailando sobre sus manos ¿es Rick Astley? ¿puede ser que tenga un bidón de agua fresca en la mano y me lo muestre burlonamente?"

"¡Maldito Rick Astley!"

"Creo que el calor me está afeeectandoooo. Calorcalorcalorcalorcalorcalor. Que lindo es el calor. Que lindo el sol, que según Lerner será testigo de nuestra historia de amor. No, Lerner no es lindo. Lindo es el sol ¿no lo dije ya? Arena y sol, y el mar azul, contigo yo-o-o, conmigo...caramba ¿qué será de la vida de Marta Sanchez?

5) Me metí al mar después de mucho tiempo y no barrené ninguna ola.

A mi favor digo que el agua estaba helada, que ya se había ido el calor cuando llegué a la orilla, que mi hija me demandaba atención y que la gente de la playa dijo que me demandaba si me volvía a tirar al agua con tan poca gracia. O sea, no logré ni hacer la prueba.


¿Ven? Acotado, simple e indoloro. Nada de que "debería haber hecho..." o "me propongo para este año". Pim pam pum. Listo. Y queda tiempo para ir a tomarse un gin tonic.

Faltaba más. Que lo disfruten con salú.


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