París. 1789.
Revolucionario 1: - Bueno, muchachos. Si queremos que la cosa prospere vamos a tener que inventar un slogan con punch. Algo pegadizo.
Revolucionario 2: - "Nosotros somos buenos, ustedes son los malos. Tómense el buque porque si no los colgamos".
Revolucionario 1: - No, no. Tiene que ser algo inclusivo. Algo que se pueda repetir.
Revolucionario 3: - ¿Algo tipo "I want YOU for the french revolution"?
Revolucionario 2: - "Muy lindo todo".
Revolucionario 1: - Algo más particular.
Revolucionario 2: - ¡Ya sé! ¡ya sé! "Libertad y fraternidad".
Revolucionario 1: - Me gusta, me gusta. Pero sumaría alguna más. "Libertad y fraternidad" parece el nombre de un club de barrio.
Revolucionario 2: - Libertad, fraternidad y... ¿buena onda?
Revolucionario 4: - ¿y baguettes?
Revolucionario 5: - Muchachos. Vamos a ir a tomar la bastilla ¿se prenden?
Revolucionario 1: - Ahí vamos. Dale, dale que nos dejan. Poné cualquier cosa. Es igual.
Revolucionario 2: Libertad...fraternidad....y....ponemos....igualdad entonces. Listo. Sale con papas francesas.
Si bien entendemos la corrección política como una extraña mezcla entre la consideración y la hipocresía, lo cierto es que nosotros mismos muchas veces caemos en lugares comunes de tal tipo. Uno de ellos es afirmar casi como un reflejo cosas que después solemos denostar cuando se trata de casos específicos. Ciertos valores vagos se evaporan frente a las prácticas concretas, desenmascarando valores más profundos que subyacen como la tierra que está abajo de la arena. No digo que esto siempre sea negativo, el tema es que hay que reconocerlo. Y para eso estoy yo. Para que usted reconozca la tierra. Es metafórico, ya sé que usted reconoce la tierra. Hablo de los valores que están como la tierra bajo la arena. Sí, ya sé que puede reconocer la arena. Se trata... deje, en vez de sobre la tierra voy a hablar sobre valores. Sí, porque soy así de cambiante.
¿Que queremos decir cuando decimos, por ejemplo, que todos son iguales? Porque acordará conmigo que en principio afirmamos la igualdad como verdad indudable y necesaria. ¿Está de acuerdo? ¡Hipócrita! Voy a refrescarle algunas frases con las que se podrá identificar fácilmente:
- "Los hombres son todos iguales".
- "Los chinos son todos iguales".
- "Los Baldwin son todos iguales".
- "Los que usan anteojos son todos iguales".
- "Los delantales son todos iguales".
- "Los triángulos equilateros son todos iguales".
- "Los chinos con anteojos que usan delantales son todos iguales".
¡Ahá! Así lo quería ver. Cuando dice que son todos iguales apunta a una peyorativa indistinción que tapa las riquísimas diferencias entre los individuos concretos. Pues bien, no transaré con su hegelianismo de pacotilla. Resulta que no son todos iguales. Y es por eso que junto con los científico Hu Wan y Yin Meng hemos buscado a un nombre que no tenga nada en común con ningún otro hombre.
- Yin, por favor da los resultados de la investigación.
- Yo soy Hu.
- Bueno, es que son t...es que yo suelo confundir los nombres.
Yin...digo, Hu: - Buenas tardes, amables lectores. Luego de una exhaustiva búsqueda a través del mundo hemos dado con un hombre que no tiene nada en común con el resto de los hombres. Nacido en un avión sin bandera, es completamente apátrida. Si bien sus facciones son orientales, sus rulos dejan ver que es completamente rubio. No les podría decir su nombre porque no lo tiene. Y lo más llamativo de todo es que afirma ser hincha de Platense. No hemos registrado otra persona en el mundo que junte todas estas características.
El otro oriental apátrida rubio enrulado sin nombre es hincha de Villa Dálmine.






